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Temeroso del auge del ultraderechista partido UKIP, que amenaza con conquistar votos que favorecerían la victoria de los laboristas en las próximas elecciones, el Primer Ministro británico se agarra con fuerza a una agenda antieuropea y xenófoba

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

Si hace dos años el primer ministro británico, David Cameron, dudaba sobre la conveniencia de convocar a un referéndum en el que los británicos decidieran si quedarse o salir de la Unión Europea, hoy parece resuelto a dar luz verde a las exigencias de los euroescépticos.

Las presiones, dentro y fuera del Partido Conservador, decidieron al Jefe de Gobierno a dar el paso al frente. Incluso ya hay un cronograma: la consulta está prevista para la primera mitad de la próxima legislatura, en 2017, obviamente si Cameron gana las elecciones del año próximo.

Cameron pretende que determinadas políticas comunitarias regresen a la competencia del Parlamento de Westminster, lo que negociaría con Bruselas y los demás socios europeos. Luego, los británicos decidirían en referéndum si quieren continuar en la UE bajo las nuevas circunstancias o salir definitivamente del bloque.

Antes de mostrarse oficialmente decidido por incluir la salida de la UE en la consulta popular, el Primer Ministro solo pretendía renegociar la relación de Londres con Bruselas, y someter después el resultado a la consideración de los británicos.

Una idea que no caminaría mucho ante la negativa de Alemania, la locomotora de los 28, o de Francia, de aceptar una UE «a la carta» —palabras del canciller galo Laurent Fabius—. Hasta en el otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, causa estupor.

Aunque oficialmente Cameron no se ha referido a cuáles serían las políticas comunitarias cuyo regreso a Londres pretende negociar con Bruselas, en la lista de descontentos, quejas y argumentos de líderes británicos para sustentar la demanda de salida de la UE se destacan la inmigración y los subsidios a naciones que consideran irresponsables en asuntos financieros.

De acuerdo con esta postura, Reino Unido no tiene por qué seguir desembolsando dinero a países que no tienen disciplina presupuestaria, un criterio que se ha reforzado mucho después de la crisis económica que ha llevado a varias naciones del bloque a la recesión. Los conservadores no olvidan la célebre exigencia de Margaret Thatcher: «I want my money back», gracias a la cual el Reino Unido recibe de vuelta una parte del dinero destinado a la Política Agrícola Común (PAC), de la que no se beneficia tanto como otros (Francia, por ejemplo).

En cuanto a la inmigración, pretende restringir la libertad de movimiento dentro de la UE. Entre las propuestas de Cameron se encuentran exigir a un nuevo país miembro que alcance un determinado nivel de renta per cápita (producto interno bruto, PIB) antes de tener acceso. Así se evitaría tener que acoger a migrantes que toman camino al Reino Unido buscando mejores condiciones de vida que en sus naciones de origen.

También defiende la posibilidad de imponer cupos a la inmigración procedente de la UE cuando se haya alcanzado un cierto nivel. Propone, además, aplazar las conversaciones de nuevas adhesiones de países de los Balcanes.

En esencia, Londres estima que todo el mundo quiere ir al «paraíso liberal» británico, y el Gobierno no tiene potestad para decidir políticas al respecto porque ahora son competencia del bloque comunitario.

Este es un asunto sensible para gran parte de la ciudadanía británica y de los grandes en Europa de manera general, porque en tiempos de crisis, cuando se dispara el desempleo, se refuerza el discurso antiinmigrante, xenófobo y extremista, ante la creencia de que los extranjeros son unos «aprovechados» que «vienen a quitarnos el trabajo» y a favorecerse del sistema de bienestar que los nacionales pagan con sus impuestos.

Sin embargo, Cameron parece olvidar que la libre circulación de fuerza de trabajo en la UE es una parte indisoluble de otros tres puntos contemplados en la concepción del mercado común: libertad de circulación de capitales, bienes y servicios. ¿Por qué el Primer Ministro no habla, por ejemplo, de retirar las operaciones de los bancos británicos en otras naciones de la comunidad? ¿Cómo reaccionaría si cualquiera de los miembros le hiciera tal exigencia? Seguro que para eso la UE sí ha sido buena para la City de Londres. Habría que ver si este importante centro financiero podría seguir floreciendo desconectado de la UE, para lo cual tendría que buscar nuevos clientes a quienes facilitarles fondos.

Por otra parte, no se calculan las consecuencias de dejar el mercado único comunitario para un país donde el 50 por ciento del comercio es con sus vecinos de la UE.

Una apuesta electoral

De cara a las próximas elecciones, emergen asuntos tan apremiantes como la propia supervivencia de los conservadores en el poder. Con su propuesta inicial, Cameron no lograba despejar los verdaderos peligros que le quitan el sueño: la reticencia a su liderazgo en un sector del Partido Conservador y el auge del populismo del antieuropeo UKIP (United Kingdom Independence Party), una escisión de la derecha británica, constituida en 1993 y dirigida por el eurodiputado Nigel Farage.

El éxito de esta agrupación en las elecciones locales de mayo de 2013 fue un puñetazo para los partidos tradicionales ingleses, principalmente para los conservadores y los liberal-demócratas.

El UKIP se anotó 147 concejales, 139 más de los que logró en los comicios de 2009. Así se convirtió en el tercer partido más votado (23 por ciento) después del Partido Laborista (38 por ciento) y el Conservador (31 por ciento), quienes perdieron 335 y 124 concejales, respectivamente.

Incluso estuvo muy cerca de ganar un puesto en el Parlamento de Westminster, en la circunscripción de South Shields, un distrito en manos de los laboristas desde 1935. Aunque estos resultaron nuevamente ganadores de la plaza con el 50 por ciento de los votos, los del UKIP les siguieron con el 23 por ciento del respaldo popular, muy por delante de los conservadores, quienes solo consiguieron un 11 por ciento.

Evidentemente el UKIP ha hecho fisuras en la hegemonía de los tres grandes partidos británicos: el Conservador, el Laborista y el Liberal. Pero en el actual escenario, la que tiene mayores probabilidades de perder influencia es la agrupación de Cameron, porque los recién llegados podrían fraccionar el voto de la derecha.

El UKIP, si bien no superaría a los conservadores en los futuros comicios, sí podría quitarles electores y facilitar así la victoria de los laboristas. Además, los conservadores deberán enfrentar el voto de castigo de parte de la ciudadanía descontenta con la gestión económica de Cameron.

Por eso, ante el auge del grupo liderado por el antieuropeo Farage, los otros se ven obligados a tomar nota de las banderas antieuropea y antiinmigrante levantadas por el UKIP, que ganan cada vez más simpatizantes. Así, el discurso xenófobo y centrado en el futuro de la relación del Reino Unido con la UE gana el centro del debate de quienes quieren seguir en el poder y quienes quieren llegar a él.

En este contexto se inserta la cruzada del Jefe de Gobierno conservador y su gabinete para frenar la llegada de búlgaros y rumanos, toda vez que el 1ro. de enero se levantaron las restricciones de controles fronterizos para ciudadanos procedentes de esas dos naciones, las más pobres de la Unión. Su drástico plan incluye, entre otras medidas, la eliminación del derecho a solicitar beneficios sociales hasta que, pasado un período de seis meses, los inmigrantes puedan demostrar que tienen perspectivas de empleo, y la subida del umbral de ingresos para poder acceder a prestaciones sociales.

Tampoco se puede desestimar el sentir popular. De acuerdo con encuestas realizadas por las consultoras Cambre y Lansons a finales de 2013, por primera vez más de la mitad de los británicos —58 por ciento— deseaban abandonar la UE.

Otra señal de alerta que Cameron no puede ignorar es que algunos sondeos han mostrado la ventaja de los laboristas en intención de votos, y que muchos electores se inclinarían por el UKIP en 2014.

El giro de Cameron, al ceder a las presiones del ala más radical dentro de su partido, queda claro. De paso, el Primer Ministro y quienes le apoyan se garantizan ciertos «logros» para tranquilizar a los anti-Cameron en el Partido Conservador y en el Gobierno de coalición. Y lo que es más importante, tienen un eslogan con el que hacer campaña, pues no podrán escudarse en los impopulares recortes como receta para salvar la economía, como pensó el mismo Cameron cuando llegó a Downing Street en 2010.

Si tan convencido está el Prime Minister de su repentino euroescepticismo, ¿por qué no aprovecha ahora el sentimiento que expresan las encuestas? ¿Por qué planifica la consulta para 2017? Quizá porque más que sacar a Gran Bretaña de la UE, le interesa que quienes se lo creen, lo voten en 2015 como el «hombre necesario» para que no se malogre el referéndum…

Muy listo, ¿no?

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