¿En marcha la tercera guerra en Iraq?

Poco a poco las tropas estadounidenses retornan, en una «nueva fase» mientras los halcones están dispuestos a ir al escenario bélico

Autor:

Juana Carrasco Martín

Una «nueva fase» en la guerra contra el autodenominado Estado Islámico, EIIL (Estado Islámico de Iraq y el Levante) o Dashe, como quiera llamársele, entró en el escenario bélico, según acaba de anunciar la Casa Blanca cuando habló del plan de doblar el número de tropas terrestres estadounidenses en Iraq.

Para algunos analistas esto significa que está en marcha la tercera guerra en Iraq, las dos primeras fueron de los Bush, el padre y el hijo, y ahora esta recién comenzaría.

Los jefes militares estadounidenses dijeron a su vez que las nuevas tropas desplegadas en el terreno podrían ocupar la línea del frente en la disputada provincia de Anbar, a pesar de que la administración continúa asegurando que sus uniformados no entrarían en combate.

Un comentario en Antiwar.com apuntaba que estas eran dos versiones diferentes de la historia sobre la nueva guerra, porque por un lado se afirmaba en las declaraciones públicas que no habrían soldados norteamericanos pisando otra vez el suelo mesopotámico, mientras que se le aseguraba a los congresistas halcones que tomarán posesión el próximo enero —en un Capitolio de genuino sello republicano— que la escalada ya estaba en ejecución.

Las fuerzas extras elevarían por ahora a 3 000 el número de soldados norteamericanos en Iraq, y ello ha generado un debate que —según reporta FAIR (Fairness and Accuracy In Reporting), una organización neoyorquina progresista de análisis de los medios—, está silenciado en los más importantes canales y programas de la televisión estadounidense.

El estudio evalúa programas de discusión tanto en la TV directa o por cable, como State of the Union y Situation Room, ambos de CNN; Face the Nation de la CBS, This Week y Special Report de Fox News, Meet the Press de la NBC, NewsHour de PBS, y Hardball de la Msnbc.

Su conclusión, son escasos los invitados que se oponen a la guerra, y las cifras lo demuestran: de un total de 205 fuentes consultadas sobre las opciones militares para Iraq y Siria, solo seis rechazaron la intervención militar de EE.UU., y es fácil de explicar la ausencia de antibelicistas cuando la mayoría de los presentes en esos espectáculos de opiniones son políticos y militares que están dentro del establishment.

Por supuesto, este sesgo de los criterios tiende a manipular la opinión pública y mientras tanto, las tropas avanzan.

En esta coyuntura es obligado recordar que el 14 de diciembre de 2011, en una ceremonia en Fort Bragg, por supuesto rodeado de los uniformados de esa instalación militar, una de las mayores y más comprometidas en la guerra de Iraq, el presidente Barack Obama dijo que la guerra había terminado y que había traído de regreso a todas las tropas estadounidenses en ese país.

Resulta ahora premonitorio que entonces el mandatario señalara: «Es más difícil poner fin a una guerra que comenzar una», a lo que agregó una afirmación que en estos momentos también es remarcable: «…Iraq no es un lugar perfecto. Tiene muchos retos por delante. Pero estamos dejando atrás un Iraq soberano, estable y autosuficiente, con un Gobierno representativo que fue elegido por su pueblo. Estamos construyendo una nueva asociación entre nuestras naciones. Y estamos terminando una guerra no con una batalla final, sino con una marcha final hacia casa. Este es un logro extraordinario, casi nueve años para hacerlo».

Sin embargo, casi tres años después el Pentágono  está otra vez en el lugar.

Una cronología reveladora

Christopher Brauchli, en la publicación CounterPunch, sacaba a relucir una cronología indicadora de la escalada o el déjá vu iraquí del Pentágono, ese reconocimiento de «lo ya visto».

A comienzos de junio de 2014 Estados Unidos envió 300 consejeros a Iraq para evaluar la situación del ejército de ese país y para el 12 de agosto el secretario de Defensa estadounidense, Chuck Hagel, anunciaba 130 marines como asesores adicionales para la región kurda. Según Brauchli, estos se unían a 90 que ya estaban en Bagdad y a los 160 que trabajaban con las fuerzas de seguridad iraquíes en Irbil.

Apenas un mes después, en septiembre, Estados Unidos enviaba otros 475 efectivos a Iraq y a finales de ese mismo mes ya sumaban 1 500 los asesores militares en el complejo escenario, mientras su aviación —fundamentalmente los drones— bombardeaban selectivamente tanto en Iraq como en la vecina Siria, el otro territorio escogido por el terrorista Estado Islámico para entronizar su califato.

Hace apenas un mes, en octubre, las declaraciones de los más altos mandos militares estadounidenses, como el general Martin Dempsey, Jefe del Estado Mayor Conjunto, preparaban el terreno para la progresiva intervención, cuando afirmaba que los golpes aéreos serían más efectivos si las tropas estuvieran en el lugar, justificando que todavía las fuerzas iraquíes no estaban listas para la ofensiva contra el EI. Otros militares repetirían esa visión castrense, aunque a su vez, la asesora de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Susan Rice, era el eco del Presidente: «No vamos a estar en una guerra terrestre de nuevo en Iraq. No es lo requerido por las circunstancias que enfrentamos, e incluso si se fuera a dar ese paso, que el Presidente ha dejado claro que no vamos a hacer —subrayaba—, no sería sostenible».

Pero… ahí está la «nueva fase», anunciada por la Casa Blanca recién el 7 de noviembre, que dobla el número de las tropas yanquis en Iraq, cuando se afirmó que como parte de la estrategia para el fortalecimiento de los socios sobre el terreno, se había autorizado «el despliegue de hasta 1 500 efectivos militares adicionales de Estados Unidos en un papel no combatiente para capacitar, asesorar y ayudar a las fuerzas de seguridad iraquíes, incluidas las fuerzas kurdas… Las tropas estadounidenses no estarán en el combate, pero estarán mejor posicionados para apoyar a las Fuerzas de Seguridad de Iraq en la lucha contra el EIIL».

El jueves 13, el general Dempsey, que también es el más alto consejero militar, regresaba al Congreso para decirle al Comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes que estaban considerando activamente desplegar un número limitado de tropas para acompañar a los soldados iraquíes que avanzaban hacia Mosul y otras áreas bajo control del EI con el propósito de reconquistarlas. Como caminando en punta de pie para no asustar a las palomas, aclaró: «No voy a predecir en este momento que yo recomendaría que tendrían que ser acompañadas por las fuerzas estadounidenses aquellas fuerzas (iraquíes) en Mosul y en la frontera, pero sin duda se está pensando en ello».

El Contraalmirante John Kirby, portavoz del Pentágono, dijo a la Radio Pública Nacional dónde estarían y cuáles misiones tendrán las fuerzas estadounidenses: entrenarán 12 brigadas, incluidas nueve brigadas del ejército iraquí y tres brigadas de los peshmerga (los combatientes kurdos de las fuerzas de seguridad que durante largo tiempo han defendido la región kurda autónoma en el norte de Iraq).

Aunque en 2014 Estados Unidos no posee ya las 53 bases que llegó a tener en Iraq durante el punto clímax de su ocupación, nadie dude de que tienen no pocas opciones para esta guerra al EI: una presencia significativa de contratistas militares privados y la embajada más grande del planeta, además del Centro de Operaciones Conjuntas en Bagdad y una base en Irbil, la capital del Kurdistán iraquí, además de las ya mencionadas instalaciones para las tropas que regresan, ubicadas en Bagdad y en la provincia de Anbar.

«Sabemos que tenemos un enemigo de tipo diferente. La estrategia es diferente», consideró Obama.

Tras haber visto cómo se ha ido transformando la situación, tome nota de otro elemento adicional: a este número de soldados con las botas puestas, se pide al Congreso 5 000 millones de dólares más para los gastos pertinentes.

Otros propósitos inherentes al imperio

Junto con el anuncio de que doblaba el número de sus efectivos en suelo iraquí, durante la primera conferencia de prensa tras lo que se ha dado en llamar el «martes negro» —el día electoral que le dio a los republicanos el control de la Cámara de Representantes y del Senado—, el jefe de la Casa Blanca apuntó que estaba buscando del Congreso una nueva Autorización para el uso de la fuerza militar (AUMF, las siglas para Authorization for the Use of Military Force) para participar en la guerra contra el Estado Islámico.

Recordemos que la guerra de Bush, el hijo, fue autorizada por una AUMF aprobada el 11 de octubre de 2002 y Obama espera otro tanto para esta situación.

Sin embargo, existe la posibilidad cierta de que con ello esté abriendo fácilmente la Caja de Pandora, porque el cuerpo legislativo que se estrena en enero de 2015 tiene un fuerte componente de halcones, quienes piensan mucho más allá de las peticiones de la administración demócrata y están dispuestos a darse su propia guerra.

Por ejemplo, el próximo jefe del Comité de Servicios Armados del Senado será el senador John McCain, quien ya está dispuesto a discutir una nueva agenda de seguridad nacional con dos de sus colegas republicanos que también encabezarán los importantes Comité de Relaciones Exteriores y el selecto Comité sobre Inteligencia, Bob Corker y Richard Burr, respectivamente. Y en una entrevista el pasado miércoles McCain indicó: «Con Burr y Corker estaremos trabajando muy estrechamente en todo. Por ejemplo, armas para Ucrania (el gobierno), examinando nuestra estrategia para el Medio Oriente, nuestros intereses respecto a Putin (el presidente ruso) en la región, y con China».

McCain agregó que su primer punto en la agenda será ponerle fin a la normativa en el presupuesto que llaman «secuestro» y que ha requerido que los militares de EE.UU. recorten sus gastos. «Quiero comenzar el examen de nuestras políticas en el mundo y averiguar si tenemos la capacidad para cumplir con estas expectativas».

Y en esos intereses a defender está también la vasta red de bases militares de EE.UU. en el Medio Oriente, que comenzó a construir a comienzos de 1980 para controlar las riquezas de Eurasia y la economía mundial.

Chalmers Johnson, un experto en la estrategia estadounidense y sus bases, lo describía así en 2004: «Estados Unidos ha estado adquiriendo inexorablemente enclaves militares permanentes, cuyo único propósito parece ser el dominio de una de las zonas de mayor importancia estratégica del mundo».

Por supuesto, nadie en los círculos de poder de Estados Unidos puede sustraerse de ese signo imperial.

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