Nuestra verdad en otros ojos

Pese al asedio del bloqueo y el cerco de la mentira, las principales realizaciones de la Revolución Cubana son reconocidas por instituciones internacionales, ONG y personalidades que colocan a la Isla en la vanguardia del Tercer Mundo y, en muchos indicadores, le abren un espacio en el Primero

Autor:

Enrique Milanés León

Existencia larga y saludable, educación de calidad y nivel de vida digno, las aspiraciones —con frecuencia truncadas— de millones de terrícolas en miles de años, son quizás el mejor resumen, desde todo ángulo, de las conquistas que Cuba ha forjado en las últimas décadas.

Ese conjunto de variables socioeconómicas, que el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ha integrado en el concepto de Índice de Desarrollo Humano (IDH), ubica a nuestro país en el lugar 44 a nivel mundial, en el grupo de los que disponen de un IDH «muy elevado».

Tal rango despierta, cuando menos, suspicacias entre quienes al otro lado del muro mediático le cortan «la luz y el agua» a las verdades de la Revolución y aun aquí adentro —¿por qué no decirlo?— más de uno, de cara al real árbol de nuestras carencias, no quiere ver el vigoroso bosque de decoro que, unidos, hemos levantado.

Pero los resultados están ahí, y no es solo Cuba quien los describe. Numerosos organismos internacionales reconocen los avances de esta Isla obligada a sortear la más poderosa zancadilla económica, financiera y comercial que haya visto la Historia.

El PNUD mismo ha aclarado que más importante que el nivel ingresos de una nación es el empleo que se les dé y, ahondando en nuestro caso, señaló que las políticas sociales cubanas califican entre las mejores a nivel internacional.

Salud, cubana conquista

Además de mostrar la tasa de mortalidad infantil más baja de toda América, Cuba posee un sistema sanitario que la American Association for World Health —cuyo presidente de honor es el ex mandatario estadounidense James Carter— no ha dudado en calificar como «el modelo preeminente para el Tercer Mundo».

Otra organización del país que nos bloquea, la American Public Health Association, admite que los cubanos no enfrentan barreras raciales para acceder a la salud y destaca la voluntad política de un Estado empeñado en ofrecer «buena atención médica a todos sus ciudadanos».

Esa vocación de sanidad nacional ha repartido de Maisí a San Antonio un médico cada 148 cubanos, lo que nos coloca, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), como la nación mejor dotada del planeta. La muy prestigiosa revista médica New England Journal of Medicine ha hecho su propia lectura del dato: «El sistema de salud cubano parece irreal. Hay demasiados doctores. Todo el mundo tiene un médico de familia. Todo es gratuito, totalmente gratuito. A pesar del hecho de que Cuba dispone de recursos limitados, su sistema de salud ha resuelto problemas que el nuestro (se refiere al de Estados Unidos) no ha logrado resolver todavía. Cuba dispone ahora del doble de médicos por habitante que Estados Unidos».

No es fortuito que hace apenas cinco meses nos hayamos convertido en el primer país del mundo que la OMS validara por eliminar la transmisión del VIH y la sífilis de madre a hijo, paso que hizo desear «ardientemente» a Margaret Chan, la directora general de la organización, «que todos los habitantes del planeta puedan tener acceso a servicios médicos de calidad, como en Cuba».

La pequeña isla que produjo la primera vacuna contra el cáncer de pulmón no se guarda sus éxitos para sí. Desde que extendió su mano solidaria a Argelia en 1963, cerca de 132 000 médicos y otros especialistas de salud han colaborado en 102 países; dicho de otra manera, sin metáfora, en la mitad del mundo.

Se estima que médicos cubanos han atendido a más de 85 millones de personas fuera de su Isla. Solamente la Operación Milagro devolvió la visión a más de dos millones de pacientes de 35 países. Por sobre las deficiencias, que las cuenta —y cuya eliminación dará más lustre a índices indiscutibles—, cuánta fortaleza tiene un tejido sanitario que puede diagnosticar en casi medio planeta sin desatender a los suyos.

Las anécdotas están para enseñar. Cuando en 2005 el huracán Katrina azotó Nueva Orleáns, 1 586 médicos cubanos alistaron sus mochilas de auxilio y amor; si no partieron, fue por impedimento de George W. Bush. Y en el Haití devastado no hace tanto por un terremoto, nuestros especialistas atendieron al 40 por ciento de las víctimas. Después, como un temblor adicional, llegó allí el cólera y según Paul Farmer, enviado especial de la ONU, el mundo miraba a otra parte, «la mitad de las ONGs ya se habían marchado, mientras los cubanos estaban presentes».

El amor ilustrado

Este pueblo de cuerpo sano sana su mente también. La Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) reconoce que Cuba logró la más baja tasa de analfabetismo y la más alta de escolarización de América Latina, y en un informe sobre 13 países la ubica como primera en todas las asignaturas.

En el Índice de Desarrollo de Educación para Todos (IDE), que mide la enseñanza primaria universal, la alfabetización de adultos, la igualdad de sexos y la calidad de la educación, la Isla ocupa en el mundo el puesto 16 mientras la potencia estadounidense se ubica en el 25.

Y con un conocido programa nuestro —Yo sí puedo— hasta ahora aprendieron a leer, escribir y sumar más de cinco millones de personas de 28 naciones.

El país del mundo que dedica un porcentaje más alto de su presupuesto nacional (casi el 13 por ciento del Producto Interno Bruto) a la educación es también, como ha afirmado Juan José Ortiz, representante del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) en La Habana, un lugar donde los niños «no sufren las carencias de millones de niños de América Latina que trabajan, son explotados o caen en las redes de prostitución».

Sin ambages, Unicef ha calificado a Cuba como «un paraíso para la infancia». Y aunque puertas adentro cada familia conoce muy bien las tensiones para dotar a los bebés de una «canastilla» satisfactoria, también sabe que la salud del chiquillo está segura desde antes de su llegada. La ONG Save the Children coloca a la Isla en el primer lugar en cuanto a las condiciones de maternidad de todo el Tercer Mundo.

Es Cuba, la isla hermosa, imperfecta, donde cada vez más vale la pena vivir. En ella, cubanos cada vez más mestizos nacen con pleno derecho a buscar las ocho décadas y a conseguir canas con calidad. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) define al sistema de seguridad social nuestro como un «milagro», por el nivel de protección que ofrece al trabajador.

Es Cuba, el espacio donde cada persona cuenta. Wayne Smith, avezado diplomático que hoy dirige el Centro para la Política Internacional de Washington, lo ha visto en una de sus aristas: «La probabilidad de perder la vida en un huracán en Estados Unidos es 15 veces superior que en Cuba», dijo acerca de la Defensa Civil cubana.

Es nuestra Isla, a los ojos de serias organizaciones internacionales y personalidades extranjeras que no tienen por qué mentir.

Aquí adentro sabemos como nadie los índices exactos del sueño y la tensión de cada día, pero la existencia larga y saludable, la educación de calidad y el nivel de vida digno —este último adjetivo parece hecho a nuestra medida— se asumen como conquistas que deben perfeccionarse con civismo supremo, trabajo honrado y un amor sin límites a ese compatriota que, para defender de acechanzas esta tierra, es, más que igual, nuestra principal arma gemela.

El programa cubano de alfabetización Yo sí puedo ha hecho más plenos a más de cinco millones de ciudadanos de 28 países.

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