¿Último cambio (climático) en París?

En medio de impresionantes medidas de seguridad, estadistas del mundo asisten a una reunión de la ONU que muchos definen como el ahora o nunca sobre medio ambiente

Autor:

Enrique Milanés León

Como si estar pendiente de uno no fuera ya bastante complicado, Francia vive en estos días extrema tensión por los dos climas que marcan a su capital: de una parte, acogerá desde el 30 de noviembre al 11 de diciembre la Conferencia de la ONU COP21; de otra, tanto los recientes atentados en París como la condición de sede del evento que inicia mañana han generado una mezcla de zozobra y preocupación por la seguridad que se traduce en un dispositivo policial sin precedentes.

No asombra entonces que, si el terrorismo logró en la última quincena relegar a un segundo plano mediático la exitosa campaña que París venía haciendo de la vigésimo primera Conferencia de las Partes (COP21) para reunir a los 195 países firmantes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), ahora, a resultas, los efectivos de seguridad sean tan relevantes para el éxito del encuentro como los estadistas y asesores científicos.

Unos 11 000 policías fueron movilizados para garantizar el blindaje de la conferencia, sumando los 8 000 agentes y gendarmes desplegados en las fronteras —acogida a una de las prerrogativas del Acuerdo Schengen, Francia restableció temporalmente el control de sus accesos europeos— con los 2 800 que serán destacados en Le Bourget, el sitio de la reunión, ubicado en un suburbio norteño de la capital. Si se añade, como es menester, el patrullaje de las calles del país, serán 120 000 los militares que garanticen la paz del diálogo.

Ni las precauciones ni el presupuesto de 183 millones de euros que el Parlamento francés aprobó para la Cumbre están de más, considerando que se espera la asistencia de 147 jefes de Estado y/o de Gobierno y que las decisiones a tomar involucran no solo a la humanidad actual, sino, más que a ella, a la que habrá de arribar en siglos venideros.

Para impedir que se repita el fracaso de 2009 en la Cumbre de Copenhague —cuyos acuerdos concretos escaparon al aire por la chimenea de la desidia internacional—, estarán además en París unas 2 000 Organizaciones No Gubernamentales y alrededor de 14 000 representantes de la sociedad civil, enfrascados en alentar, en los tonos que haga falta, que los responsables del mundo sellen el primer acuerdo global para frenar el cambio climático.

COP21 aspira a establecer un protocolo que sustituya al también ignorado de Kyoto y que se empezaría a aplicar a partir de 2020. Incluiría la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero para mitigar el daño acumulado y fijaría el objetivo de que para el año 2 100 la temperatura planetaria no exceda los dos grados centígrados en relación con los niveles preindustriales (siglo XIX). Naciones más amenazadas, como las isleñas (para las que «el agua al cuello» no es solo una metáfora) abogan por bajar ese ascenso a 1,5 grados, pero esa aspiración parece poco menos que imposible.

Otro objetivo a atender es la adaptación al cambio climático, para lo cual se prevé crear el llamado Fondo Verde para el Clima, que deberá disponer, desde 2020, de 100 000 millones de dólares anuales aportados por las naciones más desarrolladas.

Aun las pobres llegan a París con un compromiso voluntario de reducción de emisiones, para alivio del planeta, las superpotencias arribarán con sus responsabilidades en agenda.

La valía del intento, claro está, radicará en la obligación que emane o no de los compromisos adoptados en París. La Unión Europea defiende un protocolo en el que, al menos, varios apartados —por ejemplo, los compromisos de reducción de emisiones de cada país— sean vinculantes, pero está por ver si potencias complejas donde muchas fuerzas «mandan» —verbigracia: Estados Unidos— podrán sostener en casa lo que se acuerde en Francia.

La apreciación de los perjuicios del cambio climático tiene un gran obstáculo: el No cambio cultural. No faltan políticos, entidades y hasta personas de presunta preparación académica que niegan sus efectos y ven en esta lucha una maniobra de desvío de atención de otros asuntos.

Pero desde los ’70 del siglo XX hasta ahora, las pruebas están a la mano. Desde que en 1880 se dispone de registros fiables, el 2015 va camino de ser el año más cálido conocido, rompiendo el efímero récord del 2014. Y este quinquenio del 2011 al 2015 es el más tórrido que ha vivido nuestro planeta.

No es cosa del futuro; es ahora: el cambio climático mata a decenas de miles de personas, tanto por la mutación de patrones de las enfermedades como por los fenómenos meteorológicos extremos, la degradación de la calidad del aire y de los abastecimientos de agua y la afectación a los alimentos.

Los más fuertes, que son los que más humo echan a nuestra atmósfera, al fin parecen coincidir. Xi Jinping, el gran líder de Asia, ha iniciado un inmenso programa de reforestación llamado la Gran Muralla Verde, para evitar el avance del desierto del Gobi y ha admitido que «mitigar el cambio climático es sumamente importante para China».

Barack Obama, en tanto, reconoce que «somos la primera generación que siente las consecuencias del cambio climático y la última que tiene la oportunidad de hacer algo para detenerlo. No hay plan B». Esperemos entonces que, en los días de París o en una fecha más tarde, a ningún poderoso se le ocurra dilatar el abecedario de la supervivencia humana.

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