Buen año de comienzo, pero el bloqueo no ha terminado

Si juzgamos por los muchos encuentros, rondas de conversaciones, visitas de funcionarios, gobernadores, legisladores y empresarios, el proceso para la normalización de las relaciones Cuba- Estados Unidos avanza sobre rieles, pero…

Autor:

Juana Carrasco Martín

Cuando el 17 de diciembre de 2014 los Presidentes Raúl Castro y Barack Obama, al unísono —pero con diferentes discursos y posiciones de principio—, anunciaron a sus pueblos y al mundo que se restablecerían las relaciones luego de casi seis décadas de enfrentamientos, coincidieron solo en otro punto: se abría un camino largo y complejo.

A partir de entonces casi no ha faltado un día en el cual no fuera noticia algún paso relacionado con ese proceso que debe llevar a la total normalización de la convivencia pacífica, de respeto mutuo y en plano de igualdad soberana, tan deseada y apropiada entre vecinos bien cercanos geográficamente, tanto como lo son en la historia y la cultura.

Si bien fue una sorpresa aplaudida por la inmensa mayoría de los cubanos y los estadounidenses, así como por la humanidad consciente, el 17D era colofón de no pocos otros intentos en diferentes momentos de la prolongada existencia y resistencia de la Revolución y del pueblo cubano, de entablar negociaciones en busca de la normalidad. Sin embargo, hasta esa ocasión no se había podido llegar a un término concreto.

Finalmente, el reconocimiento por Washington de la ineficacia del bloqueo para lograr sus propósitos, abrió las puertas para una nueva lectura de las relaciones con Cuba, siempre desde la permanente intención de promover sus intereses, y lo que llaman sus «valores», focalizados en los acápites de democracia y derechos humanos.

¿Qué valores?, los del mejor estilo del american way of life que imponen al mundo, los del intervencionismo político y militar en los asuntos internos de otros, los de la impune violencia policial letal aplicada fundamentalmente contra negros y latinos en Estados Unidos, los de los derechos civiles recogidos por la Constitución de ese país y conculcados por un Estado de vigilancia extrema bajo la sombrilla de la guerra contra el terrorismo…

Una lista que pudiera alargarse más aun.

Cuba tiene su visión en estos capítulos de democracia y derechos humanos que también debe perfeccionar, pero en esos planes no está renunciar o hacer dejación de los principios de justicia social, solidaridad y humanismo en que basa su defensa de todos los humanos con derechos.

En más de una oportunidad, el Presidente Raúl Castro ha reiterado lo expresado desde su alocución del 17D, cuando reconoció las profundas diferencias entre Cuba y Estados Unidos en esos dos temas —también en otros como la soberanía nacional y la política exterior—, pero apuntó bien claro que tenía la voluntad de dialogar sobre todo ello.

Y se ha hecho. Aun cuando se abordó en más de una de las rondas de conversaciones, una de ellas estuvo dedicada precisamente a los derechos humanos; fue un diálogo respetuoso y sobre bases de reciprocidad, en el que Cuba expuso lo alcanzado en el país y también su contribución a la mejoría de estos derechos en otras partes del mundo.

En julio de 2014, ya Cuba había propuesto ese diálogo bilateral sobre este tema, y la iniciativa fue reiterada en enero de 2015. A finales de marzo se daba el encuentro en Washington.

Sin embargo, tales diferencias de políticas y criterios no constituyen un impedimento para proseguir en el acercamiento necesario que puede ser mutuamente beneficioso, fundamentalmente en lo económico, el comercio y las finanzas, tres puntos obstaculizados por el bloqueo, y donde no se aprecian resultados.

Estados Unidos tiene mucho que hacer, porque se trata de asuntos de su responsabilidad. En primer lugar, levantar ese injusto bloqueo, que impide que se llegue a una normalización completa de las relaciones, y a lo que se suman como elementos esenciales para ese propósito la devolución del territorio ocupado por la ilegal Base Naval de Guantánamo, el cese de los programas dirigidos a promover la subversión y de las transmisiones ilegales de radio y televisión contra Cuba y la política migratoria que estimula los viajes ilegales.

Las nuevas relaciones crean retos nuevos para ambos países. Raúl saludaba la valentía de la decisión del Presidente Obama, quien en enero pedía al Congreso de su país que comenzara a trabajar para poner fin al «embargo», como llaman al bloqueo. «Estamos poniendo fin a una política que debería haber terminado hace tiempo», decía el mandatario al reconocer que «Cuando uno hace algo que no funciona durante 50 años es hora de probar algo nuevo».

Esa respuesta necesaria no ha llegado todavía, pero cada vez son más los políticos y hombres de negocios que se mueven en apoyo al levantamiento de la terrible política, y precisamente este 16 de diciembre acaba de anunciarse la creación de un grupo bipartidista de legisladores dispuestos a dar esa batalla en el Capitolio de Washington.

También las numerosas delegaciones que han estado visitando la Isla este año hacen ver con cierto optimismo la posibilidad del debate en la institución, que pueda poner fin a una política que atenazaron convirtiéndola en ley. Destacamos la presencia de los gobernadores de Nueva York, Arkansas y Texas, y la visita de tres miembros del gabinete de Obama, el secretario de Estado John Kerry —para oficializar la apertura de la Embajada de los Estados Unidos en agosto—, la de la Secretaria de Comercio y la del  Secretario de Agricultura.

A pesar de ello, el ejecutivo cuenta con prerrogativas que  pueden ir distendiendo el encierro del bloqueo y pueden ser mucho más grandes y decisivos los pequeños pasos que hasta ahora ha dado Obama con sus iniciativas que, por demás, están maniatadas por el propio bloqueo y sus regulaciones extraterritoriales.

A la cuenta buena pueden incorporarse la continuación de las conversaciones sobre temas migratorios, en las que se analiza cómo propiciar una emigración legal, segura y ordenada entre nuestros países, pero en las que a Cuba preocupa en especial la política de pies secos-pies mojados, el Programa de Parole para los Médicos que prestan servicio en terceros países y la Ley de Ajuste cubano, que atentan precisamente contra los acuerdos migratorios.

Positiva ha sido la creación de la Comisión Bilateral Cuba-EE.UU., para controlar y programar y dinamizar el proceso hacia el avance de la normalización de las relaciones, como también la emisión por parte de Obama, el 14 de abril, de la Certificación de rescisión de la designación de Cuba como Estado patrocinador del terrorismo.

En ese camino, de pasos todavía cortos, hay que situar los acuerdos en telecomunicaciones, y en otros temas de cooperación bilateral como el cuidado del medio ambiente, de las áreas marítimas, y los intercambios en el enfrentamiento al narcotráfico, entre otros.

Falta mucho todavía, aunque la voluntad existe en ambas partes y, como piensan no pocos conocedores en Estados Unidos y en Cuba, el proceso puede y debe ser irreversible para que podamos sentirnos más que enemigos o amigos: vecinos dispuestos a la convivencia que dé beneficios mutuos.

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