Muros

Como si el planeta no padeciera ya demasiadas barreras, una nueva se levanta en Francia para cerrar, en Calais, el paso hacia Reino Unido de inmigrantes desesperados que solo son «culpables» de huir de situaciones cuyas raíces, casi siempre, radican en decisiones tomadas en el Primer Mundo

Autor:

Enrique Milanés León

Parece que no basta con que Estados Unidos haya levantado 1 050 kilómetros de muro diverso en su frontera con México y que uno de los políticos más irresponsables que ha producido aquel país amenace con alargarlo otros 1 600 kilómetros —«pagado por los mexicanos»—, o con que en las ciudades españolas de Ceuta y Melilla los alambres de cuchilla sigan cortando a inmigrantes e Israel haya impuesto 721 kilómetros de valla de poder en Cisjordania, o con que en el Sahara Occidental Marruecos plantara una barrera de arena contra el Frente Polisario de 2 700 kilómetros, y la India y Bangladesh se separen por una alambrada de 4 000 kilómetros, o con que la capital de Chipre esté partida en dos por una pared de 180 kilómetros y Kuwait se defendiera de Irak con otra de igual tamaño…

El mundo no aprende, y los más «lentos» de la clase son los que poseen mejores «materiales escolares»: los países desarrollados, aquellos desde los cuales se aplaudió frenéticamente el derrumbe —nunca sencilla «caída»— del muro de Berlín y que en cambio se acreditan la mayor parte de las tapias actuales. Porque si en noviembre de 1989, en el momento de los mandarriazos que desde Alemania sacudieron la Historia contemporánea, el planeta tenía 16 muros fronterizos, ahora padece 65, entre los terminados y los que se levantan.

«La gran muralla de Calais», que en esa ciudad francesa erigen Francia y Reino Unido, es otro ejemplo de la diferencia entre una salida y la solución a un problema.

La salida, lo fácil… Europa blinda sus fronteras como si cada inmigrante fuese un tanque de guerra. Ahora mismo, Londres y París levantan dos muros de cuatro metros de altura y un kilómetro de largo en el puerto de Calais, junto al campamento de casuchas de inmigrantes conocido, y no por gusto, como La Jungla.

Vaivenes económicos aparte, para el Primer Mundo no es difícil meter la mano en la billetera. Amber Rudd, la secretaria de Interior británica, lo dejó entrever en una frase que puso a Francia como si fuera una antigua colonia tercermundista: «Apoyamos a los franceses con dinero. Ahora depende de ellos cómo asegurar su frontera en Calais y los alrededores».

Una vista de La Jungla, el campo de inmigrantes de Calais.

Reino Unido aportará los 2,3 millones de euros que costará la obra y que forman parte del fondo de 17 millones que en marzo ofreció a Francia para que impida, quién sabe cómo, el paso de migrantes a la costa británica.

La nueva muralla estará lista a fines de año para sellar el último tramo de la autopista E-15 con el puerto y completar un panorama de vallas y alambradas capaz de filtrar, al menos en el proyecto, a viajeros ilegales.

Pese a las críticas, el secretario británico de Inmigración, Robert Goodwill, dijo en el Parlamento que esta es la única forma de evitar que los inmigrantes entren dentro de camiones y otros vehículos al Canal de la Mancha. La única forma… Nada, que las «células grises», aquel atributo inteligente del que alardosamente hablaba el inspector belga Hércules Poirot en las novelas policiales de la británica Agatha Christie, parecen estar a la baja, aplastadas por el hormigón.

Estos alambres serán reforzados en Calais con el nuevo muro.

Una víctima de los alambres de cuchilla de Ceuta.

Lo estratégico sería resolver la situación de quienes están varados en La Jungla y de todos los migrantes de este mundo, pero eso entra en el capítulo de lo dificultoso. En La Jungla —para la que no se proyecta solución, sino un fulminante desmantelamiento— viven unas 7 000 personas en condiciones precarias.

Varios activistas que trabajan en el campamento han cuestionado la efectividad de la muralla argumentando que, para burlarla, los inmigrantes solo tendrán que moverse más lejos, pagar cifras adicionales a los traficantes o elevar el riesgo, aumentando con él las tragedias derivadas del caso. Todo ello ha sido aprovechado por la derecha francesa, muy dada a criminalizar personas solo por su origen étnico y a indisponer a la población local, ciertamente afectada por el caos no resuelto por sus autoridades.

La vida es un mural repleto de paradojas. Mientras el Gobierno británico se ocupa de las cuentas del muro, activistas de ese país donan provisiones a los inquilinos de La Jungla y hasta han entregado al ejecutivo de la primera ministra Theresa May los nombres de unos 400 niños atrapados en Calais —178 de ellos con familiares en Reino Unido— que podrían ser acogidos del otro lado.

Del desbarajuste, levantado sobre la base del sufrimiento de disímiles pueblos a miles de kilómetros de Calais, sacan provecho los traficantes de personas que gestionan con los choferes de camiones —de manera violenta, ya se infiere— los pasajes de los interesados al costo de unos 5 000 euros que varían según los detalles del asalto.

El fracaso de esta, como el que llegará alguna vez a todas las barreras que trancan el diálogo en el planeta, es previsible. Siempre que la salida sea levantar muros, la respuesta será burlarlos. Dicen que, a lo interno, a la vista de los conductores y pasajeros, muchas flores y plantas en las paredes reducirán el impacto visual de la obra. A lo externo, en la extensa pared de la sensibilidad humana, no habrá nada que pueda hacerlo.

Otra vergüenza: el muro de Israel en Cisjordania.

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