A 55 años de Punta del Este

Otro capítulo de las agresiones de Estados Unidos hacia la isla caribeña, que refleja sus intenciones para con América Latina; capaz de hacer todo lo posible para no perder el control de su «patio trasero» y defendiendo el eslogan de «América para los americanos»

Autor:

Raúl Abreu Martin

Este 31 de enero de 2017 se cumplen 55 años de la expulsión de Cuba de la Organización de Estados Americanos (OEA). Catalogada por el Canciller de la Dignidad, Raúl Roa García, como el «ministerio de colonias yanqui», fue el instrumento perfecto para condenar el marxismo-leninismo y el comunismo, defendiendo su incompatibilidad con el sistema interamericano.

Cuba representaba la mayor amenaza para el gobierno norteamericano. Consciente de que su ejemplo podía inspirar a otras naciones a seguir el camino consolidado por el Movimiento 26 de Julio, Estados Unidos utilizó un andamiaje diplomático para impedir la participación de la isla caribeña en la OEA.

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Es un capítulo más de las agresiones de Estados Unidos hacia la isla caribeña, que refleja sus intenciones para con América Latina; capaz de hacer todo lo posible para no perder el control de su «patio trasero» y defendiendo el eslogan de «América para los americanos», declarado en la Doctrina Monroe.

Ministerio de Colonias al servicio de Estados Unidos

El surgimiento de la OEA se remonta a 1889, cuando los estados americanos deciden reunirse para dar forma a un sistema común de normas e instituciones. Pero fue una invitación del gobierno de Estados Unidos a la Primera Conferencia Internacional Americana, con sede en Washington D.C., del 2 de octubre de 1889 al 19 de abril de 1890, donde se dio el primer paso para su creación.

Con la participación de 18 naciones, se acordó establecer una Unión Internacional de Repúblicas Americanas, ubicada en la capital norteamericana. Posteriormente, este organismo se transformaría en la Unión Panamericana y, por último, en la Secretaria General de la Organización de Estados Americanos.

Finalmente, los 21 estados miembros que se dieron cita en la Novena Conferencia Internacional Americana (Bogotá, Colombia, 1948) adoptaron, luego de tres años de negociaciones, el nombre de Organización de Estados Americanos y también la Carta de la OEA.

Como mecanismo de dominación de Estados Unidos, la OEA hizo la «vista gorda» con respecto a las olas de terror desatadas en Colombia (1948), Puerto Rico (1950), Cuba (1952), respaldó el derrocamiento del líder guatemalteco Jacobo Arbenz (1954) y el del argentino Juan Domingo Perón (1955), y apoyó el ascenso del dictador François Duvalier a la presidencia haitiana (1957) y las acciones contra la triunfante Revolución Cubana.

El historial de la organización como mano derecha de Estados Unidos para la colonización de América Latina la convirtió en el perfecto instrumento «legal» que usaron las administraciones norteamericanas para asegurar su dominio e impedir la penetración del comunismo en la región; cuyo capítulo más vergonzoso es la separación de Cuba.

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Preparando el terreno

Antes de Punta del Este, ya se venía gestando en el seno de la OEA la condena a la Isla caribeña.

Apenas tres meses después del Triunfo de la Revolución, en abril de 1959, se efectuó en El Salvador una reunión de embajadores norteamericanos de los países del Caribe y Centroamérica, a la que había asistido Roy Rubboton, subsecretario de estado para América Latina y el Caribe.

«Como resultado del encuentro, se publicó una nota oficial, donde, entre otras cuestiones, se planteaba la necesidad de luchar contra el comunismo internacional y se hacían recomendaciones de cómo la Organización de Estados Americanos (OEA) podía ayudar a restaurar una atmósfera más tranquila en el área del Caribe, en abierta alusión a Cuba», escribe Arnaldo Silva León en su libro Breve historia de la Revolución Cubana.

Fue el primer mensaje directo de la administración de Dwight Eisenhower al organismo regional que, al año siguiente y a petición del gobierno de Perú, convocó a la VII Reunión de Consulta de Cancilleres de la OEA en San José, Costa Rica, del 22 al 29 de agosto de 1960.

La Declaración de San José de Costa Rica, en su apartado cinco, «proclama que todos los Estados miembros de la organización regional tiene la obligación de someterse a la disciplina del sistema interamericano, voluntaria y libremente convenida, y que la más firme garantía de su soberanía y su independencia política proviene de la obediencia a las disposiciones de la Carta de la Organización de los Estados Americanos».

Una advertencia al gobierno cubano, de renunciar a los ideales del marxismo-leninismo o asumir las consecuencias.

Además de emplear a la OEA como punta de lanza contra Cuba, el Departamento de Estado y el presidente Kennedy concibieron la llamada «Alianza para el Progreso», con el objetivo de promover en el resto del continente el modelo democrático estadounidense.

En 1961, en su discurso en la V Sesión Plenaria del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES), el entonces Ministro de Industrias, Ernesto Guevara, calificó a este mecanismo como «un vehículo destinado a separar al pueblo de Cuba de los otros pueblos de América Latina, a esterilizar el ejemplo de la Revolución cubana, y, después, a domesticar a los otros pueblos de acuerdo con las indicaciones del imperialismo».

Estados Unidos volvió a emplear la «política del garrote y la zanahoria», empleando como incentivo 20 mil millones de dólares para asegurarse el «apoyo» de la mayoría del continente al Plan Kennedy, que contó con la condena del gobierno cubano.

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El show de la OEA

Después de sentar las bases para erradicar la influencia del comunismo en América Latina, Estados Unidos utilizó su influencia en la región para lograr el objetivo: condenar a la oveja negra a la separación del más importante organismo regional.

En 1962, la OEA escogió Punta del Este, Uruguay, para llevar a cabo la VIII Reunión de Consulta de Cancilleres. El blanco de ataque fueron los ideales cubanos.

Según el acta oficial de la reunión, se convocó la misma a petición del gobierno de Colombia, «para considerar las amenazas a la paz y a la independencia política de los Estados Americanos que puedan surgir de la intervención de potencias extracontinentales encaminadas a quebrantar la solidaridad americana», en clara alusión al Campo Socialista y a China.

Aunque se hizo alusión a la «Alianza para el Progreso», el plato fuerte de la declaración final de Punta del Este era la Resolución VI: «Exclusión del actual gobierno de Cuba de su participación en el sistema interamericano».

Los diplomáticos suscribieron que «el actual Gobierno de Cuba, que oficialmente se ha identificado como un gobierno marxista leninista, es incompatible con los principios y propósitos del Sistema Interamericano» y «que esta incompatibilidad excluye al actual Gobierno de Cuba de su participación en el Sistema Interamericano».

De los 21 estados participantes en la VIII Reunión, Estados Unidos logró reunir los 14 votos requeridos para su aprobación (tuvo que comprar el voto de Haití para alcanzar la mayoría mínima). Cuba votó en contra y seis naciones se abstuvieron (Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia, Ecuador y México)

Todavía insatisfecha, la nación norteamericana siguió en su empeño de aislar a Cuba y, en la IX Reunión de Consulta de Cancilleres de la OEA celebrada en Washington D.C. en 1964, instó al resto de los gobiernos del continente a romper relaciones diplomáticas y consulares con Cuba, que todos cumplieron, excepto la nación azteca.

La declaración final de Washington también expresaba la necesidad de que los gobiernos de América interrumpieran su intercambio comercial, directo e indirecto, con Cuba y también pusieran fin al tráfico marítimo con la Mayor de las Antillas; excluyendo situaciones de ayuda humanitaria para ambos casos.

Con OEA o sin OEA ganaremos la pelea

Ante las presiones de Estados Unidos, usando a la OEA como marioneta, el gobierno y pueblo cubanos no se quedaron cruzados de brazos. El Che Guevara, el ministro de Relaciones Exteriores Raúl Roa y el presidente de la República de Cuba, Osvaldo Dorticós; manifestaron su rechazo a la actuación de los gobiernos de la región.

Roa, también conocido como el Canciller de la Dignidad, alzó su voz en Costa Rica, durante la VII Reunión de Consulta, en 1960, para denunciar al gobierno de Estados Unidos y el papel de la OEA hacia Cuba.

«Digámoslo ya sin ambages. El Gobierno Revolucionario de Cuba no ha venido a San José de Costa Rica como reo, sino como fiscal. Está aquí para lanzar de viva voz, sin remilgos ni miedos, su “yo acuso” implacable contra la más rica, poderosa y agresiva potencia capitalista del mundo», expuso Roa.

« (…) dejamos constancia de que la cuestión más grave y apremiante que encara nuestra América, en estos momentos, no provenía de una hipotética amenaza  extracontinental, sino de la amenaza efectiva que constituían, para la seguridad y la paz hemisféricas, los continuados actos de hostigamiento, represalia y agresión de que es objeto Cuba por parte del Gobierno de los Estados Unidos», expuso Roa, citado por Sánchez Parodi en su libro Cuba-USA. Diez tiempos de una relación.

Representante de Cuba en la Reunión de Punta del Este (1962), el entonces presidente Osvaldo Dorticós tomó el relevo del canciller para asegurar la continuidad de la Revolución:

« (…) si lo que se intenta es que Cuba vuelva la espalda a países que le han demostrado una amistad sincera y un respeto cabal; si, en una palabra, se intenta esclavizar a un país que ha conquistado su libertad total después de siglo y medio de sacrificios, sépase de una vez: Cuba no capitulará», refleja el antiguo sitio web del Ministerio de Relaciones Exteriores cubano.

Además de lo expresado por el presidente y el canciller, otros líderes cubanos junto al pueblo condenaron la declaración de 1960 y la de 1962.

La Primera Declaración de La Habana, en respuesta al acta final aprobada en Costa Rica; «condena en todos sus términos la denominada Declaración de San José de Costa Rica, documento dictado por el imperialismo norteamericano y atentatorio a la autodeterminación nacional, la soberanía y la dignidad de los pueblos hermanos del continente», refleja Sánchez Parodi.

[Puede ver aquí un video de lo que sucedió en 1960]

En la Plaza Cívica, actual Plaza de la Revolución, el pueblo respaldó la Primera Declaración de La Habana. Entre aplausos, el eterno líder Fidel Castro expresó: «ahora falta algo. Y con la Declaración de San José, ¿qué hacemos?» y exclamó el pueblo allí reunido « ¡La rompemos!, ¡la rompemos!» Fidel tomó en sus manos el documento y lo rompió ante la multitud.

La expulsión de Cuba de la OEA también tuvo respuesta por parte del gobierno y pueblo cubanos. La Segunda Declaración de La Habana criticó la decisión, apeló a la necesidad de unidad de Latinoamérica y ratificó su postura de impulsar la Revolución en América Latina al expresar: « ¿Cuál es la actitud del gobierno yanqui? Disponerse a librar una guerra colonial con los pueblos de América Latina, crear su aparato de fuerza, los pretextos políticos y los instrumentos seudolegales suscritos con los representantes de las oligarquías reaccionarias para reprimir a sangre y fuego la lucha de los pueblos latinoamericanos».

El pueblo respaldó el documento, uno de los más radicales de la historia cubana, con una masiva concentración en la Plaza de la Revolución.

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Final ¿feliz?

Cuba ha reiterado en más de una ocasión que no planea volver a la OEA. El gobierno ha apostado por fortalecer mecanismos como el ALBA y la CELAC antes que regresar al alguna vez llamado Ministerio de Colonias yanqui a pesar de que desde 2009 los representantes de las naciones en la OEA acordaron el regreso de Cuba a la organización.

Cuba participó por primera vez en una Cumbre de las Américas (reunión de los mandatarios del continente), en Panamá  en el año 2015. Un paso de avance en el que todas las naciones del continente dialogaron como iguales.

Sin embargo, el Presidente del Consejo de Estado y de Ministros, Raúl Castro, aseguró que «en nuestra opinión, la OEA desde su fundación fue, es y será un instrumento de dominación imperialista y que ninguna reforma podría cambiar su naturaleza o historia. Por eso Cuba jamás regresará».

A pesar de la insistencia de los dos últimos Secretarios Generales, José Miguel Insulza y Luis Almagro, Cuba se ha mantenido firme en su decisión de no regresar al organismo que una vez sirvió para condenar sus ideales.

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