Una tarde y una noche en Miraflores

En un encuentro inolvidable asomó el estadista que, sin temor a exagerar en la definición, ha probado en el tiempo que sí puede y que Chávez no se equivocó en pasarle el sable de la batalla política, a un nivel tan alto como el de gobernar Venezuela

Autor:

Alina Perera Robbio

CARACAS.— Se agolparon muchas emociones en el pecho, este 2 de febrero, cuando al filo de las cuatro de la tarde comenzó el acto que en Miraflores recordó los 18 años de que el Comandante Hugo Rafael Chávez Frías se juramentara por vez primera como presidente constitucional de Venezuela tras haber ganado, por contundente mayoría, las elecciones del 6 de diciembre de 1998.

Tal vez hubiera bastado, para sentirse privilegiada en la acción reporteril, con estar sentada allí, a solo metros de las empinadas escaleras por las cuales, en abril del 2002, descendió Chávez arropado por el pueblo y por militares fieles, en un desenlace milagroso que lo devolvió con vida tras un secuestro que el enemigo —oscuras tramas del Norte incluidas— no tuvo coraje de llevar hasta las últimas consecuencias.

Pero hubo más: cuando el actual presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, salió por la Puerta Dorada hasta el recinto justo frente a las escaleras mencionadas, se produjo un estallido entre los presentes, acompañado de música llanera, de saludos naturales, de niños encrespados y sonrientes, de miembros del gabinete presidencial, de intelectuales, artistas, diputados del  bloque de la Patria; de jóvenes venezolanos que son artífices de misiones sociales, las que buscan tocar lo más profundo del clamor popular; de representantes de las misiones cubanas en el hermano país.

A todos, con cariño y paciencia, Maduro les extendió un saludo. Y a quienes estaban más cerca, como el embajador de Cuba en la nación sudamericana, Rogelio Polanco, y el coordinador de todas las misiones cubanas en Venezuela, Víctor Gaute, les tendió la mano y un abrazo.

Ese fue el preámbulo de una tarde, que después fue noche, preñada de intensidades y develación: lo primero, porque discurriendo múltiples ideas en voz del Presidente, quien con una resistencia de corredor de fondo habló de lo diverso durante más de cuatro horas. Y lo segundo, porque debo dar la razón a quienes afirman que Maduro acrecentó en estos años su liderazgo: es un estadista, sin temor a exagerar en la definición, de estatura admirable, que ha probado en el tiempo que sí puede y que Chávez no se equivocó en pasarle el sable de la batalla política, a un nivel tan alto como el de gobernar Venezuela.

Comenzó a hablar Maduro y afloró el hombre de memoria intachable, amante de la historia. Sus primeras palabras fueron para Chávez, de quien dijo que, cuando entró al Palacio, fue cuando entonces, por primera vez, entró Venezuela. Seguidamente Ezequiel Zamora y sus 200 años cumplidos este 1ro. de febrero, motivaron una disertación larga y exquisita sobre un patriota que a los 13 años vivió la amargura de saber que la causa de Bolívar había sido traicionada, y que en 1846 se convirtió en el líder insurreccional de la revolución campesina.

«A él lo nombraron General del Pueblo Soberano —narró Maduro—; hizo como Chávez: se fue a las calles». Su sueño de una Revolución Bolivariana nunca lo abandonó; tremenda revolución hubiera hecho si una bala no hubiese impedido su llegada a Caracas, pues era un hombre que sabía de la política popular y que elegía en las asambleas a los dirigentes de a pie. La oligarquía lo llevó al Panteón, para intentar olvidarlo definitivamente. Aquella bala postergó la victoria por 140 años, hasta que Chávez llegó al Palacio.

Maduro no fue el único en hablar. Pedía a algunos de los allí presentes, que hablaran de Zamora, de la Revolución Bolivariana tantas veces traicionada y postergada. María León, una mujer amada en Venezuela por sus convicciones, dijo que Zamora le llegaba hasta los huesos. Y la ministra de Prisiones, Iris Varela, me hizo recordar una frase que aquí he visto en una pancarta: «El tiempo huye…». Por aquello de que 18 años no son nada, por el hecho de que Chávez se haya ido tan pronto por cuenta de una emboscada —así le llama Maduro— que le tendió la vida.

Que la Revolución Bolivariana se haya mantenido en pie, afirmó Iris, no es obra del milagro: «Lo que hemos hecho es seguir las líneas de Chávez». Y la clave está, según lo aprecia esta reportera, en hacerlo creativamente, ajustándose a las nuevas necesidades históricas.

Maduro, por ejemplo, hablando del Carné de la Patria mientras mostraba el suyo, decía que ahora sería muy difícil ocultar si en verdad, o no, las misiones estaban tocando las puertas de los más vulnerables, porque ese carné es un camino de comunicación en rieles de la mejor tecnología, la oportunidad para que los necesitados hagan escuchar su voz.

«Me lleno de angustia cuando veo las imágenes de hace 18 años y veo todo lo que hay que hacer todavía. Pero me lleno de fuerza moral», confesó el Presidente. Y luego habló de la lealtad diaria, de trabajar siempre, de la honestidad permanente, de que no se nos corroa el alma, de no decir una cosa y hacer otra. Y recordó a Fidel, de cómo dijo en uno de los últimos encuentros sostenidos en su casa, en calidad de excepcional anfitrión: «Estamos en el mundo de los humanos, y este mundo hay que transformarlo todos los días».

Los diálogos iban en todas direcciones. Los tonos a veces eran de reflexión, de análisis concienzudo de la realidad nacional. Otros eran evocativos de etapas muy críticas, de absoluta arremetida del imperio que lo apostó todo para destruir esta Revolución. Parecía que el acto terminaría a eso de las seis de la tarde, porque «los Águilas de Zulia» estaban jugando en el partido que acontecía en México. Pero hubo un punto de giro inesperado: se produjo una cascada de ideas alusivas a la importancia de hacer política, pues ella es el ejercicio del poder; a la trascendencia de que la juventud tenga el poder político en la mano y no las oligarquías; a entender que gobernar es hacer justicia; a cómo es de importante la cultura universal.

Hasta del rock y de sus manifestaciones en los años 70 del siglo XX habló Maduro, porque allí había un cantante emblemático y hasta amantes del género. Compartió, sencillamente, una clase magistral sobre el tema, y después siguió a otros tópicos. La música llanera entraba y salía de la escena como un personaje poderoso y popular. El dirigente pedía su acompañamiento.

Ante esta reportera se desenvolvía un hombre que domina y disfruta el lenguaje de la calle, que baila, que se levantaba de su asiento y dejaba ver sus espaldas sudadas, pues hacía calor. Un hombre que puede explicar las ideas más complejas del modo más sencillo. Firme y de mente abierta.

«Debemos ser muy creativos en enfrentar las nuevas fórmulas del 2017 en adelante», expresó para luego añadir: «Sigamos haciendo nuestro trabajo; tengamos fe en lo que estamos haciendo, porque estamos con el pueblo, porque estamos construyendo poder».

Con música llanera terminó el encuentro. Maduro entró a conversar con un grupo de personas que ya estaban de pie. Este hombre que habla de socialismo, de «jamás podrán con la Revolución», de un antimperialismo frontal, que no tiene miedos, lo está haciendo muy bien, como lo había vislumbrado Chávez.

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