El amor de vuelta

Dos médicas venezolanas están dando a la comunidad que les vio nacer todas las esperanzas que una revolución de humanidad puso y seguirá poniendo en ellas

Autor:

Alina Perera Robbio

ESTADO LARA, Venezuela.— Una vez, cuando le preguntaron por la incandescencia del protagonismo, el Comandante Hugo Chávez habló del «candelorio» de los pueblos. Eso último, dijo, era lo que realmente le desvelaba, más allá de cualquier relevancia individual. Y tenía mucha razón, porque un hombre solo, sin la fuerza histórica de millones de seres, no puede hacer nada.

En estos días, mientras llego hasta diversos parajes y converso con tantos hijos del país sudamericano, comprendo que el liderazgo o la voluntad para transformar las circunstancias habitan en una dimensión sin límites, y solo despiertan y entran en acción si la necesidad llama. En estas horas constato que hombres y mujeres buenos no le faltarán a la Historia para luchar en pos de nuestra especie.

Hay que ver lo que puede encontrarse en el alma de la gente cuando se está buscando el espíritu de una Revolución. Descubrir, por ejemplo, en el municipio de Iribarren, en el Consultorio Popular La Rinconada, cuánta claridad habita en las concepciones de dos médicas que están devolviendo a su país todas las esperanzas sembradas en ellas.

Antes de conversar con los «personajes protagónicos» de esta historia, escuchamos detalles de gran valor en voz de Agustín Inerarity Quesada, cubano de 51 años, licenciado en Enfermería y coordinador del Centro de Diagnóstico Integral (CDI) Hermanos Quintero.

De Villa Clara, natural de Camajuaní, Agustín nos cuenta que está en Venezuela desde 2013, momento en que comienzan los cursos de formación de Médico General Integral (MGI) destinados a los venezolanos.

Agustín recuerda que los CDI se convirtieron en módulos para la docencia y que la universidad para formar médicos ha resultado ser absolutamente comunitaria. Los especialistas cubanos han sido los maestros. «Durante tres años, explica sobre los jóvenes venezolanos, ellos han estado con nosotros. Ya habían vivido seis años formándose como médicos. Fueron adquiriendo responsabilidades como residentes de MGI. Poco a poco les hemos ido dando sus espacios para que sean ellos quienes continúen con la tarea que comenzamos en 2013. Inicialmente la comunidad tenía sus dudas, pero han ido desapareciendo los prejuicios».

Los profesionales venezolanos han tenido que irse ganando sus espacios y prestigio en las comunidades. Solo han podido hacerlo demostrando que están aptos profesionalmente. «Ahora —afirma Agustín— hay muchos consultorios donde ellos trabajan con tanta excelencia como los médicos nuestros».

Agustín confiesa estar «contento y satisfecho» con el grupo de venezolanos que ha ayudado a formar. «Ellos mantienen el sistema de estudio cubano. Muchos están impartiendo clases a quienes van llegando».

El consultorio La Rinconada, además de ser emblemático por cómo funciona, tiene su historia: es fruto del pedido de los habitantes de la zona, cuando Chávez visitaba el lugar, para tener un espacio donde cuidar la salud de los pobladores. Agustín relata que el líder bolivariano mandó a construir el local, que se ha ido perfeccionando, y nos muestra un consultorio donde reinan la limpieza y el orden, el que por su estilo nos recuerda a uno de la Isla. «Este funciona desde diciembre último y tiene un médico, a tiempo completo, desde el mes de enero. La comunidad está muy agradecida por lo que se ha hecho, porque es un lugar que merecía, por la memoria del Comandante, tener su propio médico».

Hasta 2 000 habitantes podrán beneficiarse con las consultas que se ofrezcan en esa casita pequeña y de paredes blancas.

Heredera de la bondad

Leidys Almario Meza, MGI de 31 años, es colombiana de nacimiento, pero llegó a Venezuela cuando tenía tres años de edad. «Estudié toda la vida aquí —rememora—; no podía ser nacionalizada, había mucho protocolo para eso. En 2004, con nuestro Comandante Chávez siendo presidente, finalmente me nacionalizaron. Por fin…

«Quería estudiar Medicina, pero concretar ese deseo era muy difícil. Solo pude hacerlo en 2005, cuando el Presidente sacó el programa de formación en Medicina Integral Comunitaria, con lo cual dio oportunidades a quienes habían sido rechazados en las universidades tradicionales.

«Soy del primer grupo que se incorporó al programa. Los maestros fueron cubanos, desde el inicio hasta hoy. Y desde el primer año de la carrera ya estábamos de casa en casa, por las comunidades. Como MGI nos graduamos el año pasado, y como médicos integrales comunitarios, en 2011. Estamos trabajando en la comunidad donde nos conocen desde pequeñas. Aquí nos formamos y aquí seguimos y seguiremos trabajando. Tengo una hija de 13 años, que ha crecido con la carrera».

Sobre el consultorio, Leidys expresa su gratitud por Chávez, quien «dio el asfaltado y el acueducto para que todo pudiera funcionar mejor en una zona tan apartada, donde hay seres humanos que necesitan de nuestra atención».

Creer

«Estudié Contaduría Pública, pero nunca ejercí como tal», expresa Ámbar Álvarez Aguirre, MGI de 37 años. Ella soñaba con ser médico pero eso era solo un sueño, hasta que llegó la Revolución de Chávez y ella pudo lograr lo que parecía imposible.

«Gracias a nuestros doctores cubanos, que desde el principio han estado con nosotros, pudimos acceder a la formación necesaria —expresa Ámbar. Me encanta lo que hago, me siento muy satisfecha con mi labor, sobre todo ahora, con el auge que ha tomado la medicina preventiva en nuestras comunidades».

Ámbar quisiera especializarse en Medicina Interna, pero aclara que también sería feliz si logra un posgrado en MGI. A los maestros cubanos los califica de excelentes, y cuando Hugo Chávez y su desaparición física aparecen como tema en la conversación, reflexiona:

«Fue un gran líder que se instaló en el corazón de los venezolanos. Ya no está. Pero nos dejó un legado, muchas enseñanzas; nos dejó estas personas maravillosas que son los cubanos, quienes nos han enseñado lo que es humildad, humanismo, empatía.

«Nada se ha detenido a pesar de la ausencia física, y a pesar de todas las cosas que hemos tenido en contra. Yo a Chávez, en lo personal, le agradezco enormemente la operación de mi papá mediante la Misión Milagro. Recuerdo que hace 13 años una operación de un ojo era algo muy costoso, y mi papá necesitaba un cristal. Entonces fuimos, hicimos la diligencia, pero era imposible de pagar, y en eso Chávez saca la Misión. Son cosas para toda la vida, que no tienen precio.

«Yo veo a un abuelo con una necesidad, que viene a mí en busca de ayuda, y me imagino que ese es mi padre. Son muchos gestos para agradecer; y en cuanto a ustedes, estarán siempre en nuestros sentimientos, en la memoria».

Traviesos, los niños entran al Consultorio Popular La Rinconada, donde se les pesa y mide la talla física.

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