Apuntes al pie de las imágenes

Tozudas, las estampas que atrapa la cámara toman ventaja, con todo, a cualquier narrativa. Y nos guían para meditar sobre la nobleza de una Revolución llamada a tocar hasta el último de los parajes

Autor:

Alina Perera Robbio

ESTADO DE TÁCHIRA, Venezuela.— ¿De qué parte del paraíso habrá caído Capacho Viejo? Es un municipio que vive muy en lo alto, que solo puede caminarse subiendo y bajando pendientes. De una belleza que no cabe en los ojos.

De aquí, sin embargo, mi camarita de aficionada no solo se llevará la perfección de la naturaleza, sino también estampas de familias que han inspirado otras preguntas: ¿A quién importarían esas personas humildes —muy frágiles las visitadas— si no es a otros semejantes formados con valores de humanidad? ¿A qué oligarquía podrían conmover esas vidas desgranando el tiempo en un paisaje de postal, pero también urgido de atención?

El obturador atrapa, inevitablemente, los detalles del entorno. Pero después se detiene en la despedida, desde su hogar, de Henry Germán Cánchica Morales, quien junto a su esposa e hijo pequeño nos dice adiós con los ojos de quien ha retornado desde la nada, tras un accidente automovilístico devastador.

Estalla la risa, porque al preguntarle la edad, Henry se quita 20 años en vez de sumarse cinco o diez. Su esposa Teresa Crespo, de 47, sonríe.

—¿Cómo lo tratan los cubanos? —preguntamos al anfitrión.

—Al pelo (quiere decir bien).

Henry era camionero, hasta el día de la mala suerte: «Quedó en la cama —recuerda la esposa—; no se movía, no hablaba, ahí en una cama clínica. Y empezamos con los ejercicios. Cuando se incorporó un poquito más, empezamos a llevarlo al Centro de Diagnóstico Integral (CDI) para las terapias. Pasaron dos años. Y ahí empezamos nosotros mismos con las terapias de rehabilitación. Los cubanos nos habían enseñado cómo hacerlas».

«Los quiero. Estoy orgulloso de ustedes por venir», dice Henry, con palabras fatigadas, desde su portal.

El muchacho se porta bien

Hay que dar pasos tranquilos, porque la pendiente del caminito asusta. El destino es la casa de Néstor Emiro Pico, de 69 años, camionero y comerciante. Allí vive él con su esposa, Carmen Teresa Suárez, ama de casa de 68 años.

Llevan 46 años de casados. Tuvieron tres varones y dos hembras. Todo marchaba normal en sus vidas hasta que los tres muchachos, cuando rondaron los 30, comenzaron a dar señales de padecer distrofia muscular progresiva, un padecimiento que las mujeres no sufren aunque puedan ser portadoras del mismo. «Empezaron a temblar, a caerse; los llevamos al hospital militar hace como diez años; ya tienen 44, 43, y 40 años», cuenta el padre.

—¿Se sienten acompañados? —indagamos con Néstor.

—Sí, porque Dios es grande y poderoso; toca muchos corazones.

Uno de los corazones tocados por la solidaridad es el del cubano y guantanamero Joelis Nápoles Moreira, de 34 años, colaborador de la Misión Barrio Adentro Deportivo, quien lleva dos años trabajando en Venezuela. Desde hace cuatro meses ayuda, con ejercicios asistidos, a los tres integrantes de la familia de Néstor Emiro.

«Nosotros, por la misión, hacemos la visita tres veces a la semana, lunes, miércoles y viernes, de 11 de la mañana en adelante. Los pacientes estaban en nota cero. Ya se percibe la mejoría. Y aquí estamos...», comenta Joelis Nápoles, quien trabaja junto a una doctora venezolana.

—¿Se porta bien el muchacho? —inquirimos al señor de la casa, quien ya nos ha dicho que los médicos les llevan los medicamentos necesarios.

—Él está aquí para todo.

La casita de Chávez

María Rosario y su casita.

Tiene mucho valor la imagen de María Rosario Cánchica, ama de casa de 60 años de edad, posando con su casita detrás. Allá, en la punta del monte, está su hogar. Y de ahí para más arriba, solo el cielo de Capacho Viejo.

«Estoy muy agradecida porque... ¿con qué derecho iba a tener yo una casa?: con nada. Se me cayó el rancho, se caía a pedazos. Estaba toda podrida la madera. Yo esa casita nueva la cuido hasta que me muera», afirma.

Está muy agradecida de Chávez, que fue quien mandó a hacer esa y otras muchas casas. Cayos, dice, le salieron cargando materiales, ayudando a los hombres que llegaron y que en un mes lo hicieron todo. Está feliz porque, además, la ven los médicos y le llevan medicinas. «Y los lentes, tengo que ir con mi hija allá abajo en Capacho, pues me los van a dar».

Ahora la suerte de María se acerca un poco más a la belleza del paisaje.

Acompañada

En días alternos María Chacón, de 47 años, debe someterse al tratamiento de hemodiálisis. Es hipertensa, tiene el azúcar alto. Está de mucho cuidado. Es madre de dos hijas y tiene a más de un familiar cerca.

María Chacón, con una salud de mucho cuidado, no está sola.

—¿Los médicos cubanos la ayudan?

—Sí, inclusive cuando yo me puse muy mala, que me llevaron al CDI, llegué y por tensión alta me dejaron esa noche. En la madrugada seguí sintiéndome mal.

«Me han dado ya dos parálisis faciales, y los médicos me han hecho las terapias. Yo los he utilizado bastante; no puedo hablar mal de ellos porque me han servido de mucho».

Una voz sale resuelta del grupo de los visitantes: «Y le vamos a seguir sirviendo...».

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