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La madre que tiró su corazón al mar

En 1921 seis pequeños de la ciudad siria de Alepo eran enviados solos, para salvar sus vidas, con destino incierto, en un barco que terminó por dejarlos en La Habana. He aquí un relato apasionante que devela el más grande de los amores

Autor:

Luis Hernández Serrano

Salvar la vida de sus hijos era como hacerlo con la suya. Desesperada, la madre les dio un beso y un abrazo, y los montó a escondidas en un barco que salía con rumbo desconocido, tal vez pensando que nunca más los vería, o que algún milagro le permitiera reencontrarlos.

El suceso ocurría a fines de 1921 en Alepo, Siria. Lo cuenta por primera vez a un órgano de prensa la educadora, bibliotecaria y licenciada en Economía Salomé Nejme Franco, nacida en abril de 1946 en Cuba, hija de uno de aquellos niños.

«El barco —relata— navegó muchos días. Iba hacia otras tierras, pero hizo escala en La Habana, donde por una decisión de Elías, el mayor de los hermanos, de 14 años —encargado de cuidar al resto— se bajaron».

A un trabajador del puerto habanero, Justiz, le llamó la atención verlos sin la compañía de un adulto, se les acercó y supo que eran, como él, ¡coterráneos de Alepo!

«Los niños contaron cómo fue todo, y él calmó sus ánimos: “Están en Cuba. No se preocupen. Se irán conmigo para mi barrio. Mis amigos los llevarán para sus casas, no se van a quedar desamparados”».

El portuario vivía con su esposa española, Consuelo, en la localidad habanera de Santa Amalia, hoy municipio de Arroyo Naranjo. Llevaban casados ocho años. Al llegar, ella le dijo a su esposo: “¡Se quedarán viviendo con nosotros. Serán los hijos que no hemos tenido!”.

Los niños polizontes

Eran una escalerita de muchachos de pelos lacios y negros, piel tostada, ojos claros y miradas tristonas y melancólicas. Extrañaban mucho a su madre que, para salvarlos, los había montado en el vapor María, a riesgo de no verlos jamás, como ocurrió.

«A uno de seis años, Asís —el más astuto— le dio la madre su cartera de mano con todas las joyas de la familia, pensando que tendrían así cómo establecerse en cualquier lugar del mundo», especificó Salomé. Elías llevaba un morral con un porrón de agua, una frazada grande, y algo de comer».

Según Salomé, esta historia se repite desde hace más de un lustro en Siria, uno de los países árabes de más remota y bella historia.

«Siento orgullo por mis ancestros de Alepo. Crecí añorando a mis abuelos sirios. Son hermosos y tristes los recuerdos. Sentada con mis cinco tíos y con mi padre, escuché sus narraciones de esa ciudad y sobre mis amorosos abuelos guerrilleros que pelearon allí en la guerra contra Francia, a fines de 1920».

Salomé nació y creció en la calle Arnao, en la esquina del parque que lleva el nombre del barrio Santa Amalia, uno de los lugares de mayor asentamiento árabe en la provincia de La Habana, la mayoría del Líbano, Palestina y Siria. Cumplió los 15 movilizada como sanitaria en San Blas, Playa Girón, y alfabetizó en la Loma de la Vela, Sierra Maestra, hoy Granma.

«Mi padre me puso Salomé no por su origen bíblico, sino por el nombre de mi abuela, Salomé Saiegh, la horrorizada mujer que montó a todos sus hijos en aquel barco. Nació en Alepo y era de carácter firme, bella, de ojos verdes, grandes y expresivos, como todas las mujeres árabes. Y amó a mi abuelo Elías, hasta seguirlo en la guerra.

«Siempre le oí decir a mi padre Asís, que “hasta a las cosas malas, hay que buscarles el lado bueno”. Y cuando crecí comencé a analizar todo lo que vivieron, el horror de la guerra, la persecución enemiga por estar defendiendo su tierra. Y el lado bueno es la honra, el honor patriótico y el ejemplo.

«Doy gracias a la vida porque ellos tomaron la afortunada decisión de bajarse en La Habana. De lo contrario, me hubieran privado de nacer en Cuba, y de sentir el honor de tener un padre sirio de Alepo. Con el tiempo le decían “El Morito de Santa Amalia”.

«Y… ¡vaya coincidencia! De niña me convertí en “La Morita”. Y otra casualidad: entonces estaba de moda el danzón cubano La Mora, de Eliseo Grenet, que podría rendir homenaje a la juventud heroica de mi abuela Salomé, porque decía: “Allá en la Siria hay una mora, que tiene los ojos más lindos que un lucero encantador… acábame de querer, no me martirices más, que mi corazón está que se devora…”. Ese número recorrió el mundo y lo tocaron y cantaron populares artistas como Barbarito Diez.

«Por suerte, tengo los ojos grandes y verdes de mi abuela Salomé, que salvó a mis tíos y a mi padre, cuando en un instante de desesperación lanzó al mar su corazón, en aquel barco cuyo rumbo nunca supimos».

Destino de esos niños

Lo primero que hizo la familia que los adoptó fue poner nombres cubanos a los niños: a Elías (Juan); a Salomé (María); a Ahmed (Alfredo); a Yamilé (Olga); a Ivonne (Celia); y a Asis (Carlos), este último el papá de la testimoniante de esta historia.

«Mis abuelos Elías y Salomé fueron masacrados en la guerra, pero se salvaron sus hijos. Aunque no todo tuvo después un destino feliz. Olga, al conocer esa noticia trágica, se suicidó. Alfredo se casó, fue a vivir a Guanabacoa y casi nunca iba a ver a sus hermanos. Les reprochaba no haberse quedado a correr la misma suerte de sus padres. Murió de cirrosis hepática.

«Mi padre, Asís (Carlos) ingresó con 15 años a una asociación árabe en Bejucal. Siempre me mostraba el carné y el reglamento. La organización la encabezaba un tal Moisés, según él muy parecido a mi abuelo. Pero mi papá, cuando yo tenía nueve años, decidió viajar hacia Alepo para ver si encontraba familiares.

«Mi madre, Cayetana Belicia Franco Hermida, de Orense, España (fallecida el 25 de julio de 2012), se separó de él, pues no quiso seguirlo. María se casó con un judío que conoció en La Habana, dueño de una cadena de tiendas en Canadá, y se fue a ese país.

«La palabra de nuestro tío Juan era ley. Era sabio, como el “jeque” de la familia. Se casó con una española, Lola, pero no tuvo hijos. Y tía Celia —que tenía dos años cuando vino en el barco— se casó y tuvo dos hijos: Osvaldo Ortega y Anita. Él fue un destacado periodista de Prensa Latina, corresponsal en Beirut, que recorrió el Líbano, Egipto y Siria. Y a ella —hija de un casquito del ejército batistiano— la enviaron hacia Estados Unidos mediante la Operación Peter Pan.

«Los tres primos crecimos juntos: la casa de ellos al lado de la nuestra. Siempre estuve muy apegada a Osvaldo. Los dos fuimos las “ovejas rojas” de la familia. Y pese a que él era seis años mayor que yo, nos mecíamos en un columpio hecho por mi padre con muy buena intención, pero totalmente asimétrico. Le decíamos —en broma— que lo hizo así para parecerse a un camello de los árabes!

«Mi padre regresó a Alepo en busca de algún familiar, pero todos emigraron huyéndole a la guerra. Desde allá me mandó un álbum de música árabe y una foto muy borrosa junto a mis abuelos, Ivonne y él, muy niños.

«Cada vez que veo esa foto… me horrorizo, porque se parece a la historia actual de la Siria revolucionaria bombardeada y asediada por distintos enemigos, sobre todo por el llamado Estado Islámico.

«Alepo fue la mayor ciudad y el corazón económico de Siria. Hoy es uno de los principales frentes de guerra y el epicentro de los grandes combates. Cuenta la historia que allí el profeta Abraham apacentó su rebaño. Y se dice que en 1974, durante unas excavaciones en Ebla, al sur de Alepo, se descubrió la biblioteca de su palacio y entre 17 000 tablillas de arcilla estaba el primer diccionario bilingüe del mundo.

«¡La Alepo de hoy es una sombra! Más de cinco o seis millones de sirios han buscado refugio en el extranjero y más de siete millones están desplazados en su propio territorio. Han muerto cerca de medio millón de personas y en las aulas solo unos pocos cientos de niños reciben cuatro horas de clases al día. En fin, mi querida abuela Salomé prefirió no volver a ver a sus seis hijos, a sufrir su muerte en la guerra.

«Siento aversión por la injusta frase que reza: “La sangre se licúa”. ¡Eso es mentira! Un proverbio árabe afirma: “¡Lo que dentro se lleva, no se deja!”.

«Un ejemplo: mi nieto, hoy de 17 años, cuando tenía seis quiso que lo vistiéramos de árabe, sentado sobre una alfombra, junto a una espada. Y yo cuido con cariño la daga que trajo mi padre siendo un niño, en el barco aquel, y pese a los años, se mantiene intacta, como el recuerdo de mi familia siria, de mis tíos, de mi padre y de mis abuelos guerrilleros exterminados por los invasores franceses que hollaron su patria hace casi un siglo».

Nota: La idea de este trabajo nos la dio el Presidente de Honor de la UPEC, Tubal Páez Hernández. La entrevistada aportó su ponencia ¿Otra vez Alepo?, premiada por la Unión Árabe de Cuba.

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