Al calor del amparo

La humildad y la gratitud van casi siempre de la mano. Eso es lo que confirman, desde la entrega diaria, nuestros misioneros en tierra hermana

Autor:

Alina Perera Robbio

BOLÍVAR, Venezuela.— El viaje parece eterno. Se deja atrás la capital; se atraviesa la parte este del estado de Miranda —vasto paisaje que solo puede ser vencido en largas horas— y luego se avanza por el estado de Anzoátegui. Son, sin tener percances, entre ocho y nueve horas de bregar. Los caminos se estrechan, serpentean, parecen no tener fin. La monotonía del llano y el calor inclemente son los personajes protagónicos de la travesía.

Vale, sin embargo, tener paciencia: el destino final son los disímiles espacios donde misioneros cubanos se entregan para ayudar a este hermano pueblo. El primer punto de encuentros es el Centro Oftalmológico del estado, donde Aliuska Naranjo Estrada, asesora de la Misión Milagro en Bolívar, nos recibe con deferencia.

«Me emociono todo el tiempo», confiesa la oftalmóloga de 36 años. Es de Santiago de Cuba, del municipio de Contramaestre, y desde hace tres años labora en esta misión de altísima sensibilidad.

«En el tiempo que he estado aquí —dice— unos 700 pacientes con cataratas han sido operados. Son cirugías que generan gratitud inmensa porque los beneficiados han sufrido, durante mucho tiempo, dificultades en la visión. Una vez que son operados y les quitamos las vendas ven a personas queridas, a las que no podían observar desde hacía años».

Muchos de los operados, a quienes se les atiende de otras dolencias relacionadas con la visión, son personas de la tercera edad, aunque también acuden jóvenes al Centro Oftalmológico. «Recientemente —cuenta Aliuska— realizamos un operativo quirúrgico en ciudad Tucupita que pertenece al estado del Delta Amacuro. Allí encontramos a una señora que desde hacía cinco años no veía de ninguno de los dos ojos. Luego de operarla, cuando le quitaron el vendaje, se emocionó y lloró mientras decía a un señor conocido que esperaba por ser operado: “Ay… te estoy viendo… ¿Desde cuándo no te veía?”».

El día de nuestra visita toca jornada de operación. En el Centro laboran diez cubanos y una venezolana. Aliuska explica que «la mayor parte de los pacientes son humildes, pero de un tiempo acá estamos recibiendo a personas que por lo que se ve no son tan pobres; tienen un nivel medio de vida. Es que han subido mucho los costos de las clínicas privadas y los pacientes acuden a nosotros. Luego se van felices, sin que les hayamos cobrado».

No lejos aguarda con sus espejuelos oscuros el venezolano José Manuel Bravo, de 65 años. Nos cuenta su historia: «Yo tenía problemas en mi vista. Me evaluaron en el Centro de Diagnóstico Integral (CDI) y me informaron que tenía una catarata. Me transfirieron acá (al Centro) y me operaron hace ya un mes. Todo excelente. Se notó el cambio. Ha sido un apoyo de primera. En ningún otro lugar creo que lo hubiera podido conseguir, salvo que tenga el chorro de dinero que exigen. Aquí es como una familia. Estoy muy agradecido de la ayuda, de la información, del seguimiento posoperatorio. Para mí es lo máximo todo el apoyo que me han dado».

A punto de entrar al quirófano, Eduardo Quiroz, de 54 años, nos dice: «Tengo una catarata en el ojo derecho y otra en el izquierdo. Hoy me operan una, y en los próximos días la otra. Desde hace cuatro años veo borroso. Me han tratado muy bien; de aquí en adelante espero sea mucho mejor, con el favor de Dios».

En el salón de operaciones, sin descansos, dos mujeres obran el milagro de poner luz en las miradas. María Luisa Morales, enfermera anestesista, es una de ellas. Antes de llegar a Venezuela trabajaba en Cuba en el hospital de San Cristóbal, en la provincia de Artemisa. Ostenta 41 años de experiencia. Esta es su cuarta misión internacionalista. Ya estuvo en Guinea Ecuatorial, Pakistán e Indonesia. Afirma feliz, a la altura de sus 68 años, haber salvado muchas vidas.

La otra mujer, de la provincia de Sancti Spíritus, es Daymí Darta Hernández, de 35 años. Ella es la cirujana, especialista en Primer Grado de Oftalmología. Desde hace un año y diez meses labora en Venezuela. «Generalmente operamos entre 15 y 20 pacientes diarios, y a veces más; realmente es una alta responsabilidad y un poquito estresante, porque la cirugía es muy delicada y su éxito depende en mucho de la cooperación del paciente; pero todos han salido bien, todos se han ido contentos, y generalmente todos han tenido muy buena evolución. Para mí es maravilloso cuando al otro día llegan con el parchecito sobre el ojo y una lo destapa. Los hay que no ven nada y que al otro día ya pueden ver todo. Son pacientes que no veían desde hacía tres, cinco, diez años… Un verdadero milagro».

Hermandad

Es de gran valor el Centro de Diagnóstico Integral (CDI) La Victoria, perteneciente a la Parroquia Vista al sol, municipio de Caroní. Su coordinador, el cubano Yosjan Hidalgo Madera, de 30 años y de la provincia de Pinar del Río, nos explica que el centro asistencial está ubicado «en una zona peligrosa, de mucha pobreza. Cuenta con 17 servicios, incluido el de cirugía».

«Nos ven como a hermanos», dice Yosjan Hidalgo Madera, coordinador del CDI La Victoria, sobre la presencia de los misioneros en Venezuela.

El joven médico destaca que ese es el único CDI con salón quirúrgico en toda la parroquia. «La relación de los pacientes beneficiados con los cubanos es excelente —comenta Yosjan—; ya somos considerados integrantes de la población. Nos ven como a hermanos».

Después, conversar con Andy García Pérez, guantanamero de 35 años, confirma los lazos que unen a los pueblos de Bolívar y de Martí. Él se graduó de Medicina en 2008, y continuó más años de superación hasta hacer la especialidad en Ortopedia y Traumatología.

Desde hace seis meses labora aquí como misionero. Esta etapa ha sido su gran escuela, la oportunidad de llevar a la práctica los saberes adquiridos. «Este es un estado que tiene minas de oro y diamante. Muchos pacientes que se accidentan en ellas llegan al CDI con procesos infecciosos avanzados». Explica Andy que guarda entre sus mejores orgullos haber salvado de amputaciones o de grandes peligros para la vida a numerosas personas.

El especialista, para quien «siempre es un placer entrar al salón», se ha percatado de que últimamente están acudiendo al centro de salud pacientes que pertenecen a la clase media, e incluso alta. Ya muchos no pueden pagar los precios de las clínicas privadas.

Para Andy, todos los necesitados son iguales ante su vocación de humanidad, incluso los que no están con la Revolución Bolivariana. Cuenta que la sensibilidad se le acrecienta mientras comparte su suerte con los venezolanos, que cuando ve niños resulta inevitable que los mire como si fueran sus hijos.

La jornada de visitas concluye en la avenida Gumilla, en la óptica de referencia a nivel de estado, cuya sede es el Instituto para Educación y Salud, en el municipio de Caroní. Allí nos reciben cuatro jóvenes cubanos: una brigada que es un ejército.

Arassay Hernández Bromfield, habanera de 32 años, explica que a la óptica, diariamente, acuden «aproximadamente más de cien personas a las que se les atiende de la mejor manera. Muchas de ellas no tienen poder adquisitivo para hacerse de unos buenos espejuelos. Entonces, con nuestros recursos disponibles, vamos dando solución a cada problema. Cuando no tenemos monturas los pacientes traen las suyas, y después se van muy satisfechos y contentos».

Una brigada que es un ejército. De izquierda a derecha: Arassay Hernández, Ivón Gudiña, Yasmani Coba y Hodeimis Rodríguez.

Ivón Gudiña Figueredo, granmense de 52 años, comenta que una jornada diaria puede tener para el grupo más de ocho horas: «Si el trabajo se hace de mala gana no sale. Hay que ponerle dedicación y amor». Y a Yasmani Coba Peña, tunero de 27 años, le han impactado muchas cosas: «Pacientes que llegan sin ver, que no tienen los recursos necesarios para comprarse sus monturas en ópticas privadas…. Ellos se emocionan y agradecen cuando son atendidos. Eso es lo que nos da la fuerza para seguir adelante. Estamos aquí inspirados en los ideales que nos enseñó el Comandante en Jefe Fidel: el humanismo y el patriotismo».

Como si fueran trofeos de la compasión y la solidaridad, el avileño Hodeimis Rodríguez Jiménez, de 40 años, ha colgado en la pared de la óptica patas de espejuelos que parecen hechas por niños traviesos: son de cartón, o de madera, o de metal, están empatadas con presillas. Sus dueños eran venezolanos que andaban con espejuelos remendados.

«Todo debe ser a su paso. Una mínima equivocación y el paciente no puede ver bien», habla Hodeimis, para quien la precisión con los cristales es regla de oro en las horas de trabajo.

—¿Por qué guarda las inusuales patas de espejuelos?

—Porque son recuerdos de pacientes que han llegado con serios problemas. Las he ido coleccionando como evidencias, viendo la importancia que tiene el servicio brindado. Las guardo para no olvidar cómo llegaron los pacientes, y cuán agradecidos y contentos se marchan.

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