En Cuba no me puedo portar mal

El periodista Walter Martínez no tiene intenciones de actuar incorrectamente en lugar alguno, pero a la Isla lo unen lazos tan especiales, es tan nutrida su teleaudiencia, que no osaría ser desleal a esa confianza

Autor:

Alina Perera Robbio

CARACAS, Venezuela.— Porque la vida está llena de sorpresas, mientras íbamos tras una información en el Centro de Salud Integral Salvador Allende (conocido popularmente como Chuao), un suceso inesperado salió al paso: en algún recinto del hospital aguardaba Walter Martínez (Uruguay, 1941), el gran comunicador que a través de su    Dossier imparte clases magistrales, mapa mediante, sobre los temas más diversos y complejos del planeta.

En un arresto que no midió consecuencias esta cronista fue al encuentro de su colega, que aceptó la «invasión» con humildad y entusiasmo.

Todo fue rápido, de modo que muchos temas posibles quedaron fuera de la conversación entablada mientras Walter aguardaba pacientemente por los resultados de algunos exámenes médicos. En el centro, donde laboran misioneros nuestros, el interlocutor habló de «feliz coincidencia por estar aquí con los colegas cubanos».

Estaba en Chuao, explicó, dando cumplimiento a un «mandato de uno de mis padres espirituales: Fidel, quien me dio una sugerencia que, por supuesto, para mí fue una orden».

Cuando Walter mencionó al Comandante en Jefe recordé la visita, este año, a Puerto La Cruz, en el Estado de Anzoátegui. Allí, en una casa numerada con el 101, hicieron estadía en 2005, por cinco noches y cuatro días, Fidel y Chávez. Y en esa ocasión, en uno de los espacios de la casa, el corresponsal de guerra entrevistó para su Dossier, el 30 de junio de 2005, al líder de la Revolución Cubana.

Entonces Walter habló para las cámaras de un programa especial, de vivir momentos especiales, de que «naturalmente, los acontecimientos están en pleno desarrollo». Fidel abrió el diálogo con un elogio al espacio del periodista. Le comentó que se había vuelto aficionado al programa. Habló del momento excepcional que estaba viviendo nuestra especie, hizo alusión a temas apasionantes como la evolución de la inteligencia humana. Y la conversación derivó hacia tópicos como la Crisis de Octubre en 1962, el peligro de los armamentos nucleares y del medio ambiente en deterioro, factores que ya hacían pensar en el riesgo de extinción de la humanidad.

—¿Cuál fue el regalo espiritual más grande que le hizo Fidel a usted?, pregunté a Walter en el pequeño cuarto del hospital donde esperaba disciplinadamente.

—El regalo espiritual más grande que me hizo Fidel fue tratarme como si yo fuera su hijo o su hermano menor. Él me dijo: «Te veo todas las noches, en el canal ocho, y luego te vuelvo a ver en Telesur, y cuando no te puedo ver te mando a grabar. Tú tienes que mantenerte en ese puesto, en esa trinchera el mayor tiempo posible. Y te voy a decir algo: prohibido ir a las clínicas privadas».

Fidel le aconsejó que fuera a Centros de Diagnósticos Integrales, y que si necesitaba ayuda  de mayor envergadura fuera a la Isla. «Le debo hasta el modo de caminar, literalmente; y mi esposa también», dijo Walter cuando habló de su salud y del apoyo que el Comandante en Jefe siempre le ofreciera.

El comunicador se declaró hijo del Centro de Salud Integral Salvador Allende, porque «cada vez que tenemos un problemita venimos acá. Para mí sería muy bochornoso tener que poner en su lugar indirectas que estaría recibiendo de una clínica privada, porque el país está muy polarizado y dividido, y venir aquí es una manera de sentirnos un poco como nos sentimos cada vez que podemos ir a Cuba».

Hace algún tiempo, después de muchos años de trabajo, Walter eligió nuestro país para pasar sus vacaciones. Al preguntarle los motivos explicó que en su decisión primó el deseo de no tener que estar mirando constantemente por el retrovisor del automóvil, ni estar vigilando dónde fue que puso cada una de sus pertenencias. Su esposa mencionó el 2009 como el momento en que el periodista tocó suelo cubano por vez primera. Y él, al seguir hablando de un tema que le apasiona, comentó:

«A Fidel mi ritual era seguirlo por Radio Habana Cuba. Yo era un fanático de la onda corta cuando no existía internet y eso era un arma. Y a él lo acompañé cuando habló (en 1959) en la explanada municipal de Montevideo en Uruguay, que para ustedes viene siendo como la Plaza de la Revolución, pero a escala más pequeña».

Walter no pasó por alto su llegada a Venezuela en 1969. Contó que en aquellos días tenía pensado ir rumbo a Francia     pero desistió de la idea —«si me marchaba tan lejos, explicó, me iba a desarraigar». Casi parte a Europa por una denuncia que había hecho en su país natal:

«Yo había dejado la Fuerza Aérea. Estaba haciendo periodismo que era mi verdadera vocación alternativa, y tumbé con una denuncia al Ministro de Hacienda, algo con lo que además me llevé por delante al Banco Comercial más importante del país y afecté 62 compañías anónimas. Entonces el Ministro de Cultura de mi país, que había sido alumno del mismo colegio en que cursé estudios —un viejo colegio de 1877—, me dijo: “Está visto que te quieres suicidar porque acabas de tumbar al Ministro de Hacienda con tu denuncia”. “¿Pero acaso no dije la verdad?”, pregunté. “Sí, respondió el amigo, pero hay verdades que en estos momentos te pueden costar demasiado. Este país ya no es la Suiza de América”».

En ese trance, cuando Walter pensaba ir a Francia, estaba a punto de zarpar una embarcación que haría un largo recorrido. Él, junto con otro colega, fue invitado a la aventura. Así fue como cambió de rumbo y estuvo navegando 47 días. «Soy un caso raro, acotó risueño, pues llegué aquí por vía marítima y no por avión».

Tuvo la inolvidable experiencia de vivir tempestades en el Caribe que convertían 40 000 toneladas en una brizna sobre las olas. «Cuando clava la proa y embarca agua, tú dices: salimos o nos vamos por el ojo de agua». Contó haber dormido en el camarote de un oficial con dos cinturones de seguridad para no caerse; sentir el sonido de la hélice del barco vibrando en el aire y estremeciéndolo todo. Y así, contando y contando contra reloj, sabiendo que en cualquier instante entraría el médico a poner punto final a un diálogo intempestivo, el colega nos sumergió en el mar y en el encantamiento del mismo modo como hace desde Dossier, espacio que ya tiene décadas en Venezolana de Televisión y que, más allá de la noticia fría, obra la utilidad del análisis en los contextos, de la interconexión de los fenómenos.

Walter adora el mar —nació frente a él—, y adora los aviones. De muy joven quería ser marino y aviador, y lo desvelaba la posibilidad de conocer los portaviones. Por eso, entre otras causas, ingresó a la Fuerza Aérea, aunque dos años después pidió la baja. Su vocación de comunicar se impuso sobre las demás: ganaba concursos de teatro, era locutor en su colegio, ejercía como maestro de ceremonias de las actividades estudiantiles, participaba en concursos de redacción. «Nunca quería asumir que tenía que ser periodista. Al final —nos dijo— lo asimilé y lo he ejercido; y gracias a Venezuela pude darle la vuelta al mundo dos veces.

«Viví aventuras que no vienen al caso y algunas muy violentas. Llevo 40 años dando clases en las Fuerzas Armadas; nunca quise aceptar remuneración alguna; me pareció un deber para con la patria adoptiva, donde me quedé en vez de elegir la beca en Francia. Nunca tomé mejor decisión».

Entre esas aventuras de las que no habló se incluyen haber estado, en calidad de corresponsal de guerra, en Irak, El Salvador, Líbano, Nicaragua; haber dado cobertura a la invasión estadounidense a Panamá, a varios golpes de Estado, y a operativos de la OTAN durante los tiempos de la «guerra fría». Vivió en el Sahara, y en su ruta de vida cuenta con el orgullo de haber marchado, en 1961, hasta Punta del Este, Uruguay, donde el Che Guevara estuvo presente durante una asamblea de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Una de las fechas más emotivas de su existencia y que lo une a Cuba es el 14 de abril de 2014, momento en que le fue conferida la Distinción Félix Elmuza, que otorga el Consejo de Estado a solicitud de la Unión de Periodistas de Cuba (Upec), la cual recibió durante un acto en La Habana, por su relevante ejecutoria al servicio del Periodismo.

Sobre su labor en el presente nos comentó: «Mi deber es mantenerme en esa trinchera el mayor tiempo posible. Me dedico al trabajo y a la investigación, y trato de hacerle honor a quien honor merece. Sé, por ejemplo, la audiencia que tengo en Cuba».

—Es grande. Nosotros lo admiramos.

—En Cuba no me puedo portar mal, pues todos me conocen.

Se abrió la puerta y entró el médico. Terminó el diálogo con la invitación a que fuéramos a Venezolana de Televisión. Rato después, al montar en el automóvil que lo esperaba en las afueras del centro hospitalario, hizo su saludo militar como si en cualquier instante fuera a emprender viaje en un medio de combate. Y no está mal que así parezca: Walter es un soldado infatigable de la guerra más dura que vive el mundo: la de pensamiento.

 

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