Una visita incómoda

Con la temperatura a 90 grados, dice la prensa local, Donald Trump llega este martes a un Puerto Rico devastado por María bajo la mirada indolente de Washington

Autor:

Marina Menéndez Quintero

EL «norte» acerca de cómo los puertorriqueños reciben hoy al presidente Donald Trump se podía percibir en el periódico local El Nuevo Día, al amanecer del lunes: la nota anunciando su llegada 24 horas después estaba ubicada debajo de los cintillos, en un tercer nivel de importancia después de varios titulares que pudieran ser ahora más relevantes para los boricuas.

Por ejemplo, que «Roselló (Ricardo, el gobernador) espera que el 25 por ciento de los abonados tengan luz en un mes», una información de peso, pues se ha dicho que las labores de restauración de la energía eléctrica tardarán todo un semestre; o la confirmación de que hay «emergencia en las montañas: tenemos gente con hambre», donde se daba cuenta de la calamidad que, 12 largos y azarosos días después del paso del huracán María, aquejaba a varios barrios incomunicados del municipio de Utuado, el tercero más extenso del país, y al que todas las raciones de agua y comida destinadas no podían llegar por «problemas de comunicación y coordinación».

Con ese trasfondo, y una temperatura social que estaba «a 90 grados» —describió el rotativo—, el arribo de Donald Trump este martes puede resultarle al ciudadano medio más o menos trascendente, a pesar de que él será apenas el sexto presidente que pise tierra puertorriqueña en una historia de dependencia de más de un siglo y, no obstante, el hecho de que las decisiones que asuma sobre el terreno dictarán el futuro económico y social de ese país.

Pero tal relatividad de la visita en la percepción del hombre común puede que no esté dada solo por la emergencia que ese ser humano vive, cuando aún muchas familias luchan por sobrevivir, no ya a las rachas del meteoro, sino a las penurias por la devastación.

La comida y el agua potable se dificultan y en muchos lugares apenas existen, pues no trabajan las plantas potabilizadoras, ni el país, virtualmente detenido, produce.

Además, la electricidad se restablece a cuentagotas (solo el cinco por ciento de los abonados la disfruta), lo que ha posibilitado que algunos nuevos hospitales funcionen con ella y prescindan de las plantas generadoras, pues también escasea el suministro de combustible.

Precisamente, la gasolina recién empezaba a hacerse más habitual en los expendios al iniciar la semana, pero seguían las colas para obtenerla, así como para extraer dinero de los cajeros; tampoco se había restablecido la telefonía (solo el 37 por ciento de los usuarios tenían activos sus celulares) y había 8 000 personas en refugios. El hecho de que una bomba todavía sacara agua de calles aún inundadas en San Juan puede retratar el panorama.

Pero junto a las necesidades y escaseces pesa, sobre todo, la manera alejada, fría y por momentos despectiva con que Trump ha asumido el drama de Puerto Rico después del azote del huracán María, la peor tragedia meteorológica sufrida por ese territorio en cien años y el décimo peor ciclón que haya vivido el país, según ha precisado Roselló.

Hizo falta lo que podría calificarse como una campaña espontánea de comunicación en la que han intervenido congresistas, personalidades de renombre en la cultura y autoridades boricuas clamando por asistencia para que llegara, de a poco, un auxilio encabezado por 900 efectivos al que siguieron, después, las botellas de agua y víveres distribuidos mediante la Agencia Federal para la Gestión de Emergencias y el atemperamiento en el tono de un Donald Trump que no ha parado mientes para externar en Twitter, sin miramientos ni pudor, sus sentimientos hacia Borinquen.

Aunque unas horas antes de su arribo se jactara en la red de redes de que «Estamos haciéndolo muy bien en Puerto Rico (…) Estamos abriendo las carreteras, estamos haciendo muchas cosas (…) estoy muy contento con eso» —aseveración acerca de la cual puede haber opiniones divergentes—, lo cierto es que dos días atrás, el Presidente de EE. UU. lanzó despiadadas e injustas ofensas sobre los puertorriqueños.

Enzarzado en una bochornosa disputa «verbal» mediante tuits con la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz, luego de que esta se quejara de la ineficacia en la distribución de la ayuda, el ocupante de la Casa Blanca respondió con un irrespetuoso y descomprometido: «Quieren que todo se haga por ellos».

María no solo ha sacado a flote lo que la lluvia arrastró. También puso de relieve lazos de dependencia establecidos por el estatus «Libre Asociado», que fungen como cadenas en esta situación. A la nación no solo le preocupa ahora comer y beber: hay incertidumbre acerca del futuro cercano. 

Lo peor es que Puerto Rico no tiene dinero; sus arcas, ha alertado Roselló, están virtualmente vacías. Hay 2 000 millones de dólares en caja que con esfuerzo se han puesto, dijo; pero se agotarán este mismo mes, quizá en pocos días.

La nación, paralizada pues sigue en estado de emergencia, no recauda ni puede pedir a terceros ya que su enorme deuda, calculada primero en 70 mil millones y que ahora se dice llega a los 120 mil millones de dólares, la ha hecho declararse en quiebra, a pesar de lo cual Washington la ha estado obligando a pagar mediante un ajuste que dicta, desde el año pasado, la denominada Junta de Control Fiscal.

En su primera reacción después del meteoro, Trump dijo que los boricuas, a pesar de la catástrofe, deberían lidiar con ella. Hoy, Roselló espera del mandatario, al menos, flexibilidad ante el apretado entorno económico en que se enmarca la emergencia.

Ante tanta desgracia, es de esperar que el visitante no se sienta compasivo sino tan incómodo como el pueblo boricua deberá estar, a estas alturas, con su presencia. Una cosa es cierta: Puerto Rico ya estaba en crisis cuando llegó el huracán María.

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