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Para no pintar de gris los Derechos Humanos

Las «intervenciones humanitarias» como las que han realizado EE. UU. y otras potencias esconden, tras el velo de ayudar a los oprimidos, el verdadero cariz de la dominación

Autor:

Marylín Luis Grillo

Pocos conceptos, leyes o normas guardan mayor universalidad que los Derechos Humanos (DD. HH.), quizá por aquello de que son inherentes a todos, «sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición».

Así lo explicita, en su Artículo 2, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, uno de los primeros acuerdos de Naciones Unidas, adoptada en 1945 cuando el mundo buscaba desesperadamente enmendar errores. Tras la Segunda Guerra Mundial, el documento —inspirado en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, hija ilustre de la Revolución Francesa— era un hálito de esperanza en medio de la devastación.

Los DD. HH. surgieron tardíamente, ya en la contemporaneidad, como si hubieran necesitado miles de años de evolución para quedar en una versión mucho más pura.

Pues, claramente, en los siglos XVIII o en el XIX cuestiones como la esclavitud o el trabajo infantil o los derechos de las mujeres apenas se podían considerar «legales», por lo que el Artículo 1 de la Declaración no podría expresar categóricamente que «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos (…)».

Pero la libertad y la igualdad (e incluso la fraternidad) pueden ser manipuladas, y la defensa de los ideales ocultar las pretensiones expansionistas, o los intereses políticos.

Politizar los derechos humanos imprime de tonos grises uno de los mayores hitos de la historia de la humanidad.

Una mirada opaca

Un cariz complejo sobre la defensa de los Derechos Humanos lo ofrece la cuestión de las intervenciones humanitarias, estrenadas en 1999 en Kosovo.

Para el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), se trata de intervenciones extranjeras coercitivas, pero que son justificadas en caso de que se produzcan en el Estado ocupado, asesinatos en masa y genocidio, entre otras violaciones a la vida.

No obstante, «a raíz de las múltiples atrocidades cometidas en el último decenio del siglo XX, en particular las relacionadas con la intervención de la OTAN en Kosovo, el tema de las intervenciones humanitarias está en el candelero político y doctrinal», reconoce el CICR.

Y es que, las matemáticas no fallan: según el Global Peace Index, de los diez países más violentos en el mundo, nueve fueron objeto de una intervención con fines humanitarios de Estados Unidos, y el país restante, República Centroafricana, ha sido «socorrida» por Francia, España y las tropas de mantenimiento de la paz de la ONU, los llamados cascos azules, quienes además fueron responsables de múltiples casos de abuso y violencia sexual.

Si viéramos la lista de las naciones que sufren de manera más cruel la violencia, en la cima del listado se encuentra Siria, donde hace siete años aliados de Occidente generaron una guerra civil.

El Estado levantino ofrece por igual otro claro ejemplo de la manipulación de los derechos humanos. Los recientes bombardeos de Estados Unidos, Francia y Reino Unido encontraron justificación en las agonías que supuestamente somete a su pueblo el presidente sirio Bashar al-Assad: los ataques químicos a la población civil.

Sin esperar dictámenes ni confirmaciones —incluso el secretario de Defensa estadounidense James Mattis declaró que solo cuentan con los videos difundidos por algunos medios de prensa, a los cuales Rusia tacharía luego como montajes— los misiles surcaron sobre Damasco y Homs, aunque en esta ocasión sin causar grandes daños.

Pero la devastación de Siria es ya una realidad, pese a la avanzada de las tropas gubernamentales, junto a Rusia e Irán, frente a los grupos terroristas que (des)pueblan el país.

Kosovo y las lecciones de la historia

Sin embargo quizá nada sea tan emblemático como la intervención de la OTAN en Kosovo.

«Tras un cuidadoso análisis del derecho relativo al empleo de la fuerza en las relaciones internacionales y de la práctica de los Estados desde 1945, el autor concluye que la Carta de las Naciones Unidas no autoriza una “intervención humanitaria” en los asuntos internos de un Estado. Así pues, en su opinión, la intervención armada de la OTAN en los Balcanes, en la primavera de 1999, carece de fundamento jurídico de conformidad con la Carta de la ONU», reseña parcamente el CICR.

Pero un artículo de la Red Voltaire no teme al declarar que la intervención en la ex Yugoslavia fue la prueba de fuego de Estados Unidos: demostró que «podía actuar impunemente sin el consentimiento de la ONU, porque sabía que el Consejo de Seguridad no iba a aprobar la invasión a los Balcanes».

Aunque se trató de un ataque conjunto de la OTAN, en la práctica el 95 por ciento de las tropas fueron estadounidenses. La destrucción de Kosovo fue devastadora. «Esa guerra “aérea” y de los “misiles inteligentes” cargados de bombas de uranio empobrecido y “bombas de racimo”, destruyó hospitales, escuelas, colegios, puentes y centrales de energía eléctrica.

«¿Alguien podría afirmar, razonablemente, que la “intervención humanitaria” por Estados Unidos y la OTAN en Yugoslavia, protegió algún derecho humano, convalidó algún principio del derecho internacional humanitario, o la prevalencia de las Naciones Unidas?», preguntan en el artículo el Tribunal Dignidad, Soberanía y Paz Contra la Guerra, que integraron al inicio de la última invasión de Estados Unidos a Irak, intelectuales y representantes de organizaciones sociales de Ecuador.

El pretexto de las armas de destrucción masiva, los programas nucleares, la violación de los derechos humanos… siempre aplicados estratégicamente, socorren las necesidades de expansión, de eliminar un gobierno contrario, de tenencia de recursos. Las intervenciones humanitarias dibujan un triste mapa geopolítico-belicista, mientras, en otros rincones del mundo, pueblos enteros padecen del exterminio sin que ninguna potencia salga en su defensa.

Poco, casi nada, se ha hecho por los rohinyás de Myanmar, aunque la ONU haya valorado como exterminio la represión contra la etnia musulmana por parte del Gobierno de ese país asiático, en su mayoría budista. Y en las últimas semanas, decenas de palestinos han muerto en marchas pacíficas por la soberanía de su tierra, a manos incluso de francotiradores israelíes, sin que las denuncias afecten a Tel Aviv.

Y una mirada especial merece la cuestión de los «daños colaterales», que introdujo a la luz pública el expresidente de Estados Unidos, George W. Bush, como si solo con definirlo quedaran justificadas las muertes y los atropellos de civiles, atrapados en medio de un conflicto en el que no tuvieron nada que ver.

«La guerra es la negación absoluta de los derechos humanos y de la soberanía de los pueblos, y una de las guerras de mayor cinismo es la denominada “intervención humanitaria” que no es otra cosa que la intervención militar que desata una potencia o un grupo de potencias en contra de un Estado libre y soberano, con el pretexto de impedir o eliminar la violación de los derechos humanos», describe el Tribunal Dignidad, Soberanía y Paz Contra la Guerra.

Las lecciones están dadas: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros».

Cuba tiene mucho que mostrar al respecto, así lo demostrará en la próxima semana cuando presente su tercer Examen Periódico Universal y ante delegaciones de todo el mundo demuestre cómo en la Isla se respetan, a todo color, los derechos humanos.

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