Un avión sin alas llamado Mukumbarí

A bordo del teleférico más alto y largo del mundo, 4 765 metros encima del mar, el cronista cubano se da un baño de paisaje, aire espeso, amor… y fríooo

Autor:

Enrique Milanés León

Mérida.— Después de que uno se pellizca y termina por creerse que, en efecto, ha vencido frente al abismo la zigzagueante Carretera del Páramo, que conecta Barinas con esta ciudad, lo primero que hace es preguntarse y preguntar si tendrá opción de ver la nieve desde el teleférico más alto y largo del mundo, una maravilla ingenieril solo comparable con el prodigio natural que deja ver a su paso.

Aquí, en la urbe ubicada a mayor altitud en Venezuela, se concluyó en marzo de 1960 este teleférico que batió los récords del asombro y la belleza. A fines de 2008 fue cerrado, por exigencias de seguridad y actualizaciones tecnológicas, hasta que en octubre de 2016 el Gobierno Bolivariano reabrió para el pueblo los pétalos de su flor.

Tras las mejoras, el teleférico fue rebautizado como de Mukumbarí, que en la lengua aborigen de la región significa «lugar donde duerme el sol», toda vez que en su tiempo los ancestros de las hermosas venezolanas de hoy habían visto, un tanto indiscretamente, cómo el sol se acostaba en los atardeceres con las lomas de la Sierra Nevada para concedernos, de esa unión, toda la chispa del mundo.

Es la historia que llevaba en la cabeza el cronista cuando subía, de cabina en cabina, las cinco estaciones de esta obra que alcanza la altura de 4 765 metros sobre el nivel del mar en su andadura de 12 kilómetros y medio colgada de cables que, por momentos, le recordaban al cubano la frase de cierto animado: «¡No mires hacia abajo!».

Pero abajo estaba lo mejor: el tránsito inicial desde Barinitas, a 1 577 metros sobre el nivel del mar, pasando por La Montaña, a 2 436; La Aguada, a 3 452; Loma Redonda, a 4 045; hasta Pico Espejo, a 4 765, muestra bajo las cabinas varias áreas de acampada como el refugio de Domingo Peña, el baquiano que el 5 de enero de 1935 subió al pico Bolívar —dicen que en alpargatas, con solo manta y sombrero— el busto de El Libertador. Actualmente, Pedro, el nieto de Domingo, continúa allí su estirpe de montañés.    

Por algunos senderos se llega al mirador de los parques nacionales andinos, platea de privilegiados que pueden aplaudir con la mirada la estampa de Mérida, servida como pastel sobre meseta alta y serena. Una enorme roca semeja a lo lejos una anciana rezando y, al fondo, la vista se pierde —¿o se cae?— en el Parque Nacional Sierra de la Culata.

Entre la vegetación de coloraditos, cafecitos y frailejones pueden adivinarse perdidas aves del Paraíso y nadie queda indiferente ante el hilo brillante de la cascada del Sol.

La cabina sube. Por momentos, ciertos giros provocan suspiros de avión, de manera que al llegar a la parada de rigor uno quisiera aplaudir, como suele hacerse en los grandes aeropuertos del mundo para premiar la pericia del piloto. El de Mukumbarí es un avión sin alas.

Vivimos en cámara lenta: el guía recomienda salir despacio de las cabinas para evadir el mal de altura o mal del páramo: aceleración cardíaca, fatiga, dolor de cabeza, náuseas… El corazón del cronista, hijo de la provincia más llana de Cuba, se agita sin embargo por otras razones. 

Finalmente llegamos a Pico Espejo. Pese al atractivo de la estación en sí misma, nos apuramos en salir a desafiar la ventisquera en el Sendero de la Virgen, patrona de los andinistas y alpinistas. Todos decimos «¡Ave María purísima!»; unos llenos de fe, otros de frío, y muchas fotos salen mal, saboteadas por el apuro, los temblores y las manos vestidas con gruesos guantes de estambre comprados abajo, junto con gorro y bufanda, a precio de alhaja real.

La escultura, de tres toneladas y tres secciones que suman tres metros de altura, fue traída de Carrara en 1965 y lleva en su mármol la marca bendita de esa ciudad italiana. La Virgen está rodeada de mica moscovita, mineral que, alumbrado por el sol, concede al pico el peculiar azogue de un espejo. Algún tiempo atrás, los aborígenes intercambiaban esas piedras como joyas. 

Pese a la holgura de la montaña brillante, esa no fue la prenda más hermosa de la mañana: dos jóvenes venezolanos, de cuyos nombres no pude enterarme, hicieron un aparte en el frío, frente a la Virgen. El muchacho se arrodilló, sacó del bolsillo un anillo y le pidió matrimonio; ella le destapó con un Sí, quiero todos los verbos de la ventura y, de las manos de él al dedo anular de ella, se conjuraron los temblores de la altitud.

Mientras los novios desconocidos se proponían otra cima: la de la felicidad, el cronista temblaba… y no era precisamente por la emoción de la escena. Antes de buscar bajo tres pulóveres y un abrigo el calorcito interior de la estación y dejar para otro día su anhelo de ver la nieve, este cubano solo atinó a escuchar decir al guía: «Hoy no hace nada de frío. Apenas estamos a cuatro grados».

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