El cielo se va a caer

El cronista cubano, que se fue de Maracaibo con el deseo insatisfecho de que le premiara un rayo, sueña con volver a la gran ciudad que mira el lago a esperar que, ante el peso de la luz sobre las grietas, el cielo se caiga de una vez 

Autor:

Enrique Milanés León

MARACAIBO.— Tristemente para mí, me fui de Zulia sin cumplirme un sueño: apreciar ese ramo nocturno llamado «el relámpago» del Catatumbo, fenómeno mágico del planeta que no queda en la bella estampa sino que ha determinado —¿quién dice que, a veces, el cielo no decide?— el desenlace de eventos históricos. Según las crónicas, en 1595 el temible Francis Drake quedó en el deseo de saquear Maracaibo porque, en el lago, sus naves fueron expuestas bajo inoportunos chorros de luz. En 1823, similares destellos permitieron a marinos patriotas ubicar y vencer la amenaza de navíos españoles.

Estaban ahí antes que cualquiera de nosotros, así que siempre indago qué dicen los pueblos originarios. La etnia de los wari sostiene que el fenómeno no es más que la reunión de millones de cocuyos que en las noches rinden homenaje a los padres creadores, mientras que los yukpas y los wayúu afirman que los espíritus de ancestros de La Guajira nos dejan en el firmamento un mensaje que interpretar. Yo quería darle al «texto» una lectura cubana. Otra noche será.

Lo cierto es que el relámpago del Catatumbo es como un enorme árbol de Navidad que se quedó prendido todo el año encima de la cuenca del lago, en el estado de Zulia. Incluso desde la colombiana ciudad de Cúcuta y otros puntos distantes puede verse lo que también se conoce como faro de Maracaibo, en tanto ha permitido, de la Colonia a la fecha, navegar esas aguas cual si fueran una clara calle citadina.

El naturalista y explorador alemán Alejandro de Humboldt, que aun desde el pasado parece mostrarnos excelsas zonas de Nuestra América, habló en su momento de estas «explosiones eléctricas como fulgores fosforescentes».

Igual que con poéticas estrellas fugaces, resulta harto difícil contar tales chispazos, pero quienes —para su suerte— viven con los pies en el cielo, refieren que el relámpago se manifiesta unas 260 veces al año, especialmente en octubre y noviembre, y que alumbra hasta diez horas por noche.

Sin embargo, como susurra alguna balada de mi lejana mocedad, hasta la belleza cansa. Ciertos zulianos de sueño ligero pudieran tener problemas para dormir: en los pueblos de Ologá y Congo Mirador, puntos donde la linterna del Catatumbo se hace más intensa, la gente se queja de que es casi imposible tener una «noche noche».

A tal punto Zulia lleva en su pecho esa centella con raíces, que la colocó en la bandera, en el escudo y hasta en el himno compuesto por el escritor, dramaturgo y poeta Udón Pérez, quien no dudó en mencionar, en la marcha solemne, «La luz con que el relámpago/ tenaz del Catatumbo/ del nauta fija el rumbo/ cual límpido farol».

Al cubano curioso le emociona que este pueblo quiera a un abanico de luz cual si fuera un familiar cercano, que lo busque en el cielo y hasta se preocupe cuando no se presenta: «¿Estará enfermo…?». Porque, por el contrario,  en la fría lógica planetaria, tal vez el relámpago sea el fenómeno que más rápidamente pasa al olvido.

Son los dictámenes de la belleza, más convincentes que ese de la Organización Guinness que estableció, en enero de 2014, que el sudoeste del lago Maracaibo es el sitio de mayor concentración de estos flashazos en el mundo. Dos años después, la celebérrima Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio de Estados Unidos (NASA) reconoció a la zona venezolana como «nueva capital de los relámpagos», pero el pueblo zuliano siempre lo supo.

Hay en el sitio una fábrica natural que produce más de un millón de rayos al año y genera el diez por ciento de todo el ozono mundial. El ambientalista venezolano Erik Quiroga cree que dichas tormentas son el mejor «parche» para zurcir al agujero en la maltratada capa estratosférica, pero la comunidad científica cree bastante improbable que el ozono de Catatumbo llegue, inalterado, tan arriba.

De cualquier modo, este jardín celestial genera, en solo 15 minutos, suficiente energía como para encender los bombillos de toda Sudamérica. Y abajo, en el lago, los pescadores le agradecen que su farol inmenso reúna bancos de peces que les premian la cosecha.

Está visto: un destello puede ser medio de pago, sin calentarlo o quemarlo. En Zulia, el relámpago del Catatumbo es moneda comunal en los sistemas de trueque de Perijá Norte y Perijá Sur, donde las etnias de los barí, los yukpas, los japreria y los wayúu intercambian en sus propias lenguas con una centella en la mano.

El cronista cubano, que se fue de Maracaibo con el deseo insatisfecho de que le premiara un rayo, sueña con volver a la gran ciudad que mira el lago a esperar que, ante el peso de la luz sobre las grietas, el cielo se caiga de una vez y le derrame encima la inigualable noche del Catatumbo.

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