Un rato en el desierto

Cuando uno creía que ríos, llanos, selvas y hasta picos nevados le habían mostrado todo, se entera de que Venezuela cuenta también con una sucursal del gran Sahara

Autor:

Enrique Milanés León

Coro, Falcón.— Me preguntaron para qué recogía y echaba cuatro piedras en mi carpeta y no atiné a enderezar una respuesta. Supongo fuera porque la arena, finísima, se me hubiera escapado como evidencia y, al final, igual que a los héroes de ficción que van a otro mundo y al reingresar al nuestro han perdido las pruebas que traían de su hazaña, nadie hubiera creído mi viaje a los médanos y mucho menos esta crónica. Así que los cuatro dados deformes, humilde trofeo geológico, han andado conmigo por buena parte de este país asombroso, exigiéndome que escriba.

Como las matrioskas rusas, se trata de una maravilla dentro de otra: los médanos de Coro, declarados Parque Nacional en 1974, están próximos a la ciudad fundada el 26 de julio de 1527, ella misma Patrimonio Cultural de la Humanidad de la Unesco desde 1993 y con otra nota interesante en su currículo: Santa Ana de Coro fue capital de la entonces «española» provincia de Venezuela hasta 1576.

No dejemos que el encanto de la urbe tuerza el sendero de estas letras. Hablemos de los médanos, el más grande desierto litoral de todo el Caribe. Cuando uno creía que los ríos rugientes, los llanos vastísimos, las selvas profundas, los pájaros de El Dorado y hasta los picos nevados le habían mostrado todo, se entera de que Venezuela cuenta también con una sucursal del gran Sahara. 

Son unos 40 kilómetros de largo y siete de ancho, por tierra y mar, pero obviamente lo que más impacta al visitante es cuanto palpa en superficie, en las dunas del istmo de la península de Paraguaná, nutridas por arena que las corrientes marinas, las olas y los vientos alisios empujan desde el este a la playa y a tierra adentro hasta dejarla allí, un sitio especial porque las raíces de plantas como el cují retienen parte del aluvión y levantan, grano a grano, médanos de hasta 40 metros de altura.

Repasemos el relato hasta aquí: ya tenemos un desierto en el estado de Coro. ¿Atónito? Pues hay más: ¡el desierto camina! El viento lo mueve, siempre al oeste, de modo que, así como el arenal cubre a su paso los escasos árboles y los seca, integrándolos al paisaje de la aridez, también la carretera que enlaza Coro con Punto Fijo, en la península de Paraguaná, es cotidiana testigo —víctima, dicen algunos— del avance y ocupación, repliegue y alivio, de la arena.

A este cubano de pueblo costero le encantó contemplar cómo el día de su periplo la duna tomaba la vía, pero los lugareños que deben pasar por allí a horas precisas tienen una visión menos romántica del fenómeno, protagonizado por las muy bien llamadas «arenas nómadas».

Las escasas lluvias se producen en los últimos meses del año y la temperatura media oscila entre los 27 y los 30 grados Celsius, con picos de calor de hasta 40 grados y benignas «treguas» térmicas en ratos de 16 grados. No está mal, como tibia evocación de los contrastes del Sahara.

Los anuncios turísticos dicen la verdad: en media hora vi en los médanos de Coro las tunas, los cardones, cactus, pitahayas, lagartos e iguanas que había leído; y en un serpentario móvil aprecié tras un cristal varias de esas especies que no quisiera toparme a solas en la libertad de la naturaleza. De quedarme, quizá mi paciencia hubiera sido premiada con alguna de las moderadas tormentas de arena que ocurren en el singularísimo Parque Nacional.

No solo el periodista que recoge piedras; todo el mundo hace algo «loco» frente a los montículos. Los más tímidos se limitan a una fotografía, pero la escala de audacias pasa por correr, deslizarse, frotar la arena, armar guerras a puñado limpio y pasear en cuatrimotos, hasta quien se atreve al llamado sandboard —tabla de arena—, un deporte trasladado de sus similares en el mar y la nieve para adaptarlo a ecosistemas como el de Coro.

En los médanos se puede visitar el cementerio indígena, una cultura vigente. En 1527, Juan de Ampíes, el fundador de la ciudad, tuvo el cuidado de respetar la autoridad del cacique Manaure, líder al que obedecían no solo la tribu Caquetía, sino también los rayos, los truenos y la lluvia. 

Cuando dos años más tarde otro conquistador rompió el acuerdo y comenzó a reprimir a los reales dueños de estas tierras, Manaure se fue a las montañas y los espíritus de su martirizado pueblo comenzaron a vagar sin paz en manos del viento. Es el origen —sostienen muchos— de los lamentos que suelen escucharse en las noches de los médanos. Inocente de esa historia, cada vez que hice una cobertura periodística o una entrevista en estos meses, traía un desierto en la carpeta.

Porque vida y muerte no son más que los dos extremos del mismo reloj de arena, me conmueven tales pasajes. ¿Será por eso que aquella tarde recogí cuatro guijarros? No lo sé. Dice aquí otra leyenda que a inicios del siglo XX, ante las muchas ánimas que merodeaban los caminos de Paraguaná, la gente llevaba piedras, para espantar las apariciones. Esa pudiera ser otra razón, aunque, dado el caso, este valiente cronista no renunciaría jamás a la idea de correr.

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