Derecho a réplica

El periodista dejó reposar el tema del terremoto porque en Cuba las familias se preocupan, pero ahora quiere escribir que estamos bien, con las piernas firmes en un país de hondas raíces

Autor:

Enrique Milanés León

CARACAS.— Un amigo con ingenio me preguntaba a cada rato si de verdad no iba a escribir «del día del terremoto». Aunque en Venezuela los días del terremoto se cuentan por centenares, yo entendí perfectamente que él se refería al del pasado 21 de agosto, la fecha del sacudón percibido por miles de cubanos que, en la emergencia atlética de ese martes, nos veíamos llevando nuestra asistencia solidaria a otro nivel.

Casi un mes después de aquel campanazo salido de la tierra, pasado el sobresalto mayor, lo primero que quiero apuntar en mi derecho a réplica al discurso del cataclismo es que hasta ahora no han funcionado los «sofisticados» sistemas de aviso colocados a la vera de las camas por varios compatriotas para dormir relajados: una botella sobre otra, pico con pico, que, en caso de temblor, caerían al suelo y darían el «¡centinela, alerta!» que todos aprendimos de memoria en esa hermosa enciclopedia llamada Elpidio Valdés.

Yo, que por razones de naturaleza mayor no tengo botellas en mi cuarto, confío en el aviso de mi agrietada columna. Por cierto, el día del corre-corre estaba cuidando de ella, en plena crisis de lumbago, cuando a las 5:31 p.m. sentí que una fuerza inesperada estremeció el sofá con este servidor encima. Incrédulo, subí la cabeza, y solo cuando vi que el ventilador de pie se tomó demasiado en serio su nombre y comenzó a caminar, me di cuenta de que había que movilizarse. Tenía ante mí un problema interesante: vivo en el piso 14 y apenas podía caminar.

Aquella jornada me remitió a una noche de la segunda mitad de los 80, en la querida Becas Quintero santiaguera donde estudié periodismo. Mientras algunos amigos apuñalábamos sin misericordia una lata de leche condensada —¿recuerdan?, así era entonces—, otro que estaba dormido no solo sintió un temblor, sino que se lanzó cuatro pisos abajo, en paños menores, empleando como «pértiga» una de esas luengas palmitas que embellecen miles de escuelas en Cuba. Por suerte, solo por ella, aquel condiscípulo no se convirtió en la única víctima del sismo.

El terremoto que me ocupa tampoco mordió aquí alguna piel ni segó una sola vida, pero fue agradable comprobar que alrededor del edificio donde vivo no se sembraron palmitas.

Sobre este país no hay nada inocente, de modo que hasta en asuntos de temblores las cosas se manipulan. Mientras la mayor parte de la prensa repitió sin dudar la magnitud de 7,3 grados en la escala de Richter establecida por el muy distante Servicio Geológico de Estados Unidos, este cubano se queda con los 6,9 que dio la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas. ¡Es el colmo que los yanquis nos quieran robar hasta nuestros terremotos!

Claro, de todas formas, 6,9 grados es el «acabose» para cualquier cubano. De hecho, los santiagueros, que son algo así como nuestras principales autoridades en la materia, tuvieron que admitir —salvo algún alardoso bonachón que no dio su brazo a torcer— que los temblores en la tierra caliente son perritos satos comparados con el subterráneo Rottweiler que esta vez estremeció de un ladrido varios países del norte de Sudamérica.

A decir verdad, la de los terremotos no era una de mis preocupaciones. Solo desde ese movido agosto, ocho meses después de arribar a Maiquetía, comencé a estudiar el problema y a enterarme de que ya los colonizadores escucharon hablar a los indígenas de una gran sacudida que se había llevado al mar un trozo de tierra entre Araya y Cabo Codera. El primero de septiembre de 1530 —¿no querían descubrir…?— los invasores blancos vivieron en Cumaná el sismo inaugural en el registro de América, que tuvo el «terror agregado» de un maremoto.

Se estima que el más fuerte evento de este tipo aquí fue el del 21 de octubre de 1766, que zarandearía el país con una magnitud de entre 7,9 y 8,3 grados. Mucho susto después, el año 2009, con 14 terremotos por encima de 4 grados y más de 1 300 de menor intensidad, se considera el más activo, pero más allá de la intensidad y la frecuencia hay detalles curiosos de la Historia y los temblores.

El más letal de todos fue el terremoto del 26 de marzo de 1812, que se cree pudo haber dejado hasta 26 000 muertos. Simón Bolívar, que a la sazón tenía 28 años, lo pasó en su casa, y cuando supo que en las calles pregonaban que ese Jueves Santo el Cielo había castigado la separación de Venezuela de la autoridad del rey español, salió en mangas de camisa, apartó a un predicador y sobre un montículo de ruinas pronunció su célebre frase: «¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!».

Con particular fe en estremecimientos especiales, no cejo en mi convicción de que el sismo de 4,1 grados ocurrido el 6 de marzo de 2013, en la zona de Barlovento, no fue más que la emoción profunda del lecho patriótico tras la muerte, un día antes, del presidente Hugo Chávez.

¿Por qué esta reflexión tardía? El periodista dejó reposar el tema porque en Cuba las familias se preocupan, pero ahora quiere escribir que estamos bien, con las piernas firmes en un país de hondas raíces.

Como dice un refrán, la palabra es plata; el silencio, oro. Este cronista cree, a menudo a contracorriente, que el reportero no debe ser un florido hablador sino un escuchador profundo. Echemos agenda a un recurso bastante socorrido: si un colega indaga aquí por el día del terremoto y se interesa por el enviado de prensa Enrique Milanés, seguramente no cosechará respuesta. ¡Ah!, pero si aclara que se trata del flaco que, con faja puesta, tuvo que volver a aprender a caminar y bajar de un tirón 14 pisos por las escaleras, seguramente sonreirá frente a los relatos y tendrá el probable inicio de una estampa con que alumbrar la serena hidalguía de todos los cubanos.

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