Knoche y misterio

Cierta historia de muertos, experimentos y de una fórmula de momificación perdida para siempre, teje un manto tenebroso sobre las hermosas lomas de Galipán

Autor:

Enrique Milanés León

CARACAS.— Aquella mañana, en Galipán, no sabía que rondaba la zona de operaciones del doctor Gottfried Knoche. Al bajar del teleférico, absorto en la singularidad del pueblito y en el paisaje de tierra y mar que mostraba el balcón de las lomas, embriagado por el olor de las numerosas parrilladas para los turistas, llenaba mi cabeza con disímiles imágenes distantes de la muerte. Sin embargo, viajera mucho más experta que yo, la muerte caminaba cerca.

En Palmar del Picacho de Galipán, en el célebre Parque Nacional Waraira Repano, un cartel anuncia la llegada al Museo Doctor Knoche. El estado ruinoso del sitio sugiere más la bienvenida a una historia que a un inmueble, pero ya se sabe que una historia vale más que mil inmuebles.

La finca Buena Vista acogió la casa y el laboratorio de este médico alemán que en principio llegó a La Guaira, alrededor de 1845, para atender la floreciente comunidad germana, y luego, seducido por las lomas y su clima, se mudó a Galipán, mil metros encima de la llanura del mar.

Graduado de la Universidad de Halle, Knoche era cirujano, laboratorista y químico, de modo que cuando comenzó en Venezuela sus trabajos contra la descomposición de los cuerpos, tenía a favor un relevante adelanto académico.

El médico experimentaba con cadáveres no reclamados en días de la Guerra Federal y, para evitar habladurías, los subía en las noches a lomo de mula, mas la sombra informe creó la leyenda de que a las personas perdidas se las llevaba «un hombre a caballo». Consiguió su primer éxito con el cuerpo del soldado José Pérez, que colocó uniformado, «de guardia» a la entrada de la casa. Más que disciplinado, en adelante Pérez custodiaría a las momias que fueron incorporándose.

A lo largo del tiempo, el doctor conformó con su hija Anna, su yerno Heinrich, su hermano Wilhelm y su enfermera Josephine un mausoleo en urnas de mármol que incluiría su propio cadáver, preparado, bajo su instrucción previa, por la otra enfermera, Amalie, quien al morir terminó recibiendo, dicen que contra su voluntad, el producto dejado por Herr Knoche para eternizarla.

El médico creó un líquido que conservaba el cadáver sin necesidad de extraer los órganos. Le decían «el Vampiro de Galipán» porque, según las malas lenguas, al principio llegó a aplicar el producto, también, a moribundos.

Cierta o no la estampa a lo Bram Stoker, se dice que halló la fórmula. Incluso, a la muerte de Tomás Lander sus deudos  le pidieron que momificara el cuerpo del periodista y político venezolano. Satisfecho el encargo, el cadáver de Lander fue colocado tras un escritorio en su casa, donde estuvo 39 años hasta que el Gobierno de Guzmán Blanco exigió a los descendientes que, por favor, lo enterrasen.

Knoche momificó a sus perros y los sumó, como refuerzos del incansable soldado Pérez, a la custodia de la propiedad.

En la antesala de la muerte cesó los experimentos, no sin antes dejar a la enfermera Amalie —última sobreviviente en la casona— el encargo ya citado. Tras el deceso del médico con 87 años, en 1901, su asistente vivió 20 años más, en solitario diálogo con las momias en la lengua de Goethe. Se cree que Amalie había comentado al cónsul alemán el deseo de ser cremada, pero al ocurrir su fallecimiento este inyectó al cadáver la dosis que el muy previsor doctor había dejado. Cerró la cripta y echó la llave al mar.

Las momias originales fueron destruidas y/o sustraídas, por lo cual hoy pueden verse en el lugar solo réplicas. Pese a la implacable acción de saqueadores y buscadores de la perdida fórmula a base de cloruro de aluminio, Knoche se llevó el secreto. La creencia sostiene que un hombre que sorbió un líquido que creía bebida alcohólica terminó momificado, como trabajo del alemán desde el más allá.  

No, el cronista no escuchó en Galipán el trote del caballo del médico y mucho menos vio el paso de las momias que siguen dando rumores. La historia más mencionada es la de «el muerto que se negaba a morir»: cadáver llevado sobre la bestia que, de repente, se zafó las amarras y voló montaña abajo para no ser vuelto a ver. Confío en que no sea ninguno de los transeúntes con que me crucé aquella mañana porque, si así fuera, este cubano se quedaría eternamente paralizado… sin requerir el líquido de Gottfried Knoche.

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