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Guerras, chantaje económico y falsas promesas de paz

En lugar de una tradicional Navidad y Año Nuevo de villancicos de paz y amor, en Oriente Medio circulan amenazantes cánticos de una nueva guerra imperial de impacto planetario

Autor:

Leonel Nodal

A pesar de los controversiales acuerdos de normalización de relaciones de Israel con cuatro países árabes, 2020 termina tal como empezó, bajo el signo de graves actos criminales contra Irán que alarman al mundo.

Las peligrosas tendencias predominantes en el convulso espacio geopolítico de Levante a lo largo del año responden a la política emprendida por Estados Unidos e Israel, bajo la íntima colaboración de los radicales de derecha Donald Trump y Benjamín Netanyahu.

Al uso del asesinato como instrumento de provocación, se suman las políticas de «máxima presión económica», el chantaje político, con el uso a su antojo de bloqueos, aislamiento, sanciones comerciales y financieras. Y a ellas se añade deslegitimar cualquier otra forma de organización social de los Estados; empleo de mentiras y falsedades para desacreditar gobiernos independientes.

El año comenzó alterado por el brutal asesinato del general Qasem Soleimani, considerado en Occidente la figura militar más poderosa de Irán. 

El jefe de la Fuerza Quds de los Guardianes de la Revolución fue despedazado en un «ataque de precisión» —según lo definió el Pentágono— mediante un cohete disparado por un dron teleguiado desde una base militar norteamericana en el Golfo Pérsico, cuando salía en un auto del aeropuerto de Bagdad, en compañía de su anfitrión, Abu Mahdi al Muhandis, jefe adjunto de las Fuerzas de Movilización Popular de Irak, milicias encuadradas en el ejército, opuestas a  la presencia de tropas de Washington en su país, apoyadas por la República Islámica.

La ejecución del general Soleiman se realizó el 3 de enero. Para más ofensa, un viernes, día de ocio y plegarias de la comunidad musulmana, por orden expresa de Trump, en una suerte de bautismo de sangre y fuego, que ventilara en público su falta de escrúpulos para impulsar su anunciada política de rendir mediante cualquier medio al Gobierno de la República Islámica.

«Lo detuvimos rápido y en frío… bajo mis órdenes», dijo entonces el mandatario estadounidense.

Mucho antes, durante la campaña presidencial de 2016, Trump hizo suyo el pretexto utilizado por Netanyahu, quien acusa a Irán de ser el «mayor patrocinador mundial del terrorismo», lo que justificaría cualquier acto criminal y provocador, capaz de desatar una conflagración de alcance mundial.

Porque es de sobra conocido que una guerra en Oriente Medio o en el Golfo afectaría de inmediato el comercio mundial de combustibles y alimentos; puede provocar distorsiones de rutas de comunicaciones, precios y abastecimiento, así como bruscos movimientos en bolsas y, sobre todo, graves repercusiones para las naciones vulnerables.

La relatora para ejecuciones extrajudiciales de Naciones Unidas, Agnes Callamard, determinó que «las muertes selectivas de Qasem Soleiman y Abu Mahdi al Muhandis son ilegales y violan el derecho internacional humanitario».

Casi un año después, el 27 de noviembre —otro viernes de plegarias—, a pocas semanas de la debacle electoral que puso fin a las aspiraciones de Trump a un segundo mandato, lo que podría frustrar el deseo expreso compartido con Netanyahu de destruir o desbancar del poder a la República Islámica, un estudiado y bien pertrechado atentado terrorista puso fin a la vida de Mohsen Fakhrizadeh, jefe de la Organización de Investigación e Innovación del Ministerio de Defensa de Irán.

Fakhrizadeh, considerado el científico nuclear más importante de Irán, fue atacado en su automóvil con explosivos y disparos, mediante un dispositivo de uso exclusivo por el bloque militar de la Organización del Atlántico Norte (OTAN), según reportes de fuentes estatales iraníes.

El presidente de Irán, Hassan Rouhani, acusó a Israel del asesinato y dijo que su muerte no interrumpiría el programa nuclear del país; aunque también advirtió que Irán tomaría represalias por el asesinato de Mohsen Fakhrizadeh cuando lo estimara  conveniente.

Israel se abstuvo de comentar el atentado, pero ya en 2018 Netanyahu acusó en público —por su nombre y apellido— al científico de ser el jefe del Proyecto Amad, un presunto programa de armas nucleares encubierto, una suposición compartida por las agencias de inteligencia de occidente, que lo llamaban —sin evidencia alguna—  «el padre de la bomba iraní».

Analistas se apresuraron a señalar dos posibles motivos: en primer lugar, poner en peligro una posible mejora de las relaciones entre Irán y Estados Unidos con el nuevo Gobierno de Joe Biden.

En segundo lugar, provocar a Irán, instigarlo a cometer un acto de venganza. No hay que ser muy experto. Las semejanzas con el asesinato del general Soleimani son evidentes y los móviles y posibles protagonistas no podrían ser más parecidos.

La muerte de Fakhrizadeh se sumó a las de otros cuatro científicos nucleares iraníes que fueron asesinados entre 2010 y 2012, acciones denunciadas por Teherán como un complot urdido por Israel.

El diario The New York Times citó a tres funcionarios de EE. UU., incluyendo dos de inteligencia, quienes afirmaron que Israel estaba detrás del ataque.

Durante la carrera electoral de 2016, Trump hizo suyo el rechazo total al acuerdo nuclear con Irán negociado por el Gobierno del presidente Barack Obama, que proseguían levantando políticos conservadores republicanos en el Congreso.

Estados Unidos y los otros integrantes del Consejo de Seguridad de la ONU (Rusia, China, Francia y  Gran Bretaña), más Alemania, habían acordado levantar el duro régimen de sanciones económicas impuestas a Irán, a cambio del compromiso iraní, debidamente supervisado, de eliminar todo vestigio de investigación nuclear o desarrollo con fines bélicos.

Trump puso en riesgo la credibilidad de Estados Unidos y las relaciones con sus aliados europeos a cambio de un entendimiento carnal con el estado judío-sionista y los grupos de poder asociados a la industria militar norteamericana, evidentes beneficiarios del riesgoso giro político diplomático del magnate neoyorkino, que pretendía guiar la política exterior como un centro de negocios.

En su primer viaje al exterior después de asumir la presidencia, en mayo de 2017, Trump se dirigió a Arabia Saudita, donde proclamó su prioridad de forjar un eje antiraní, que juntaría a esa y otras monarquías del Golfo, a Estados Unidos y… a Israel.

Luego vendría su reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, donde el parlamento consagró el carácter judío del estado en una legislación de valor constitucional. Trump abandonó la condena a los asentamientos judíos en tierras palestinas y los consideró legales, del mismo modo que la anexión de la ocupada meseta del Golán sirio.

Por otra parte, su yerno y asesor principal, el inversionista inmobiliario judío Yared Kushner, presentó el llamado «Tratado del Siglo» ideado por Trump para —según él— resolver de una vez el llamado «problema palestino».

En un planteo de lo toma o lo deja, Trump puso a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) ante la opción de aceptar la pérdida de otro 30 por ciento de su territorio en el Valle del Jordán, olvidarse del reclamo de los refugiados al retorno y tener una entidad «estatal» fraccionada, rodeada por Israel, sin frontera propia, a cambio de la oferta de una inversión multimillonaria, sobre todo de capitales árabes. En fin, la conclusión del despojo iniciado en 1948.

Ante el inmediato rechazo de la ANP y de todas las fuerzas políticas y populares palestinas, Trump decidió empujar a todos los posibles socios árabes por la senda de la «normalización» de relaciones con Israel.

Abrió la ruta Emiratos Árabes Unidos, un país receloso de Irán, que podrá adquirir decenas de miles de millones de dólares en armamento estadounidense, incluyendo los sofisticados aviones de combate F-35  que solo tiene Israel. Luego siguieron Bahrein, un íntimo aliado de los Emiratos y Arabia Saudita. Sudán, que a cambio fue sacado de la lista de «países promotores del terrorismo», y por último Marruecos, que recibe un espaldarazo a su ocupación del Sahara Occidental.

 Ninguno ha estado en guerra con Israel. No son tratados de paz. Solo abandonan la regla acordada por la Liga Árabe de no entablar relaciones con Israel hasta que se proclame un Estado palestino independiente en Gaza y Cisjordania.

A una semana exacta del nuevo año, cuando escribo estas líneas, Trump sigue negado a aceptar su derrota electoral y acumula todos los detonantes de un estallido bélico que pudiera paralizar su relevo.

Sin ánimos para entonar una esperanzadora «Noche de Paz» en este volátil Oriente Medio, muy por el contrario con la puesta en marcha a paso doble de un turbio eje de guerra contra Irán, el año termina sujeto a un compás de espera en el que todo puede ocurrir.

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