¿Una costurita?

Autor:

Juventud Rebelde
«La final soñada», «superclásico», «verdadero choque de trenes» y otros epítetos similares escuché decir a entusiastas colegas y furibundos aficionados desde que Industriales dejó en la cuneta a Sancti Spíritus y ganó el derecho a discutir con Santiago de Cuba el título de la pasada Serie Nacional de Béisbol, cuyos ecos ya comienzan a apagarse.

 Y no sé a ustedes, pero a mí la serie final, que en definitiva concluyó en seis partidos con un sonado triunfo de los azules de la capital, no me supo tan sabrosa. Quizá haya sido la obstinada presencia de la lluvia que pospuso o dilató los juegos una y otra vez; o tal vez las lesiones de algunos jugadores clave en cada bando —Ormari, Navas, Yadel— que atentaron contra el espectáculo; no sé, pero les confieso que me quedé con ganas...

Mas no es ese el motivo que inspira estas líneas, sino una reflexión a propósito de la manera de organizar el campeonato: si algo no me gusta de nuestra Serie Nacional es la división Oriente-Occidente que rige su estructura.

No entiendo por qué, si todos los equipos juegan seis partidos contra los demás contendientes, hay que dividir el torneo en grupos y zonas. Sinceramente, prefiero que clasifiquen a los play-off los ocho conjuntos que más juegos hayan ganado, sean de la zona que sean, ubicándolos del uno al ocho por orden descendente.

No me convence el argumento de que los duelos oriente-occidente son más atractivos porque una vez eliminado el equipo de su provincia, uno se identifica entonces con otro elenco de su zona, mientras que de otra manera muchos aficionados pudieran perder el interés por el torneo. ¿Acaso no sería excitante una final entre Industriales y Pinar del Río o entre Santiago de Cuba y Villa Clara, por mencionar solo a los territorios de mayor tradición?

Si se eliminan las barreras de los grupos y las zonas, nunca clasificarían equipos con menos victorias que otros que no avanzaron (ha sucedido varias veces) y algunas novenas encontrarían más motivación para competir si su clasificación dependiera solamente de ganar juegos y no mediaran otros vericuetos matemáticos.

Además, así aunque algún conjunto logre «escaparse», apenas podría especular con su posible rival en la llamada «muerte súbita», pues este se conocería bien cerquita del final. Y un argumento de más fuerza: convirtiendo el torneo en un verdadero «todos contra todos» podría eliminarse de una vez y por todas la incómoda situación de que una provincia, en este caso Ciudad de La Habana, tenga el privilegio de inscribir a dos equipos en la serie.

Así ya no tendría Metropolitanos «un hueco que llenar». Sé que los Metros no son siempre el equipo sotanero de la serie, pero aunque otros pueden quedar detrás, ellos son los únicos que no tienen una afición definida, que sienta y padezca por su causa, y ni siquiera tienen estadio propio.

En fin, sé que lo que propongo pudiera atentar contra la gran rivalidad existente entre el este y el oeste del país, pero me preocupa que en nombre del espectáculo contribuyamos a acrecentar el regionalismo en nuestra afición, ese que a veces nos ciega y no nos deja ni aplaudir las virtudes del contrario.

De buenas intenciones, dice un añejo refrán, está minado el camino del infierno

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