Cerrado por cualquier cosa

Autor:

Juventud Rebelde

Hace varios años, en otro de esos estíos asfixiantes y nerviosos, una colega hiló párrafos de asombro en estas páginas, cuyo título pudo haber sido «Cerrado por vacaciones».

Era la alerta sobre cierta inclinación al cerrojo y a la relajación (para no escribir otra palabra) de algunas dependencias institucionales en la época de verano.

Relataba ella entonces, más o menos, que salió a realizar un mínimo trámite vespertino en su ciudad y tras caminar en demasía no lo concretó por ningún lado porque, «casualmente», todos los encargados de los establecimientos visitados estaban o «vacacionando» o volcados a las Aguas Mansas de un novelón homónimo.

Y agregaba en broma que por esas causas ni siquiera pudo ingerir en su maratón un jugo de naranja para engañar al calor.

Aquellas líneas tal vez no se ensamblen con absoluta exactitud a la realidad del presente, pero guardan la esencia de su mensaje. Porque estos dos meses de sofocaciones, sobre todo agosto, siguen siendo bastante espinosos para hacer determinadas diligencias.

No es problema fácil de examinar de un porrazo periodístico, pues plantea en el fondo una gran dicotomía: por un lado, el deseo de muchas personas de dependencias públicas de disfrutar el asueto consustancial al verano y, por otro —en consecuencia—, la crecida proporcional de ciudadanos en la calle, ansiosos de resolver lo que les fue imposible en la etapa «normal».

De tal cruce comprendo que, al menos en el octavo mes, la vida no puede ser del mismo color de siempre. Aunque quisiéramos.

Sin embargo, no comulgo con las interpretaciones de libertinaje que han hecho algunos sobre este período del año. Esos que colocan un cartelito a la puerta de la entidad como edicto real para la fuga aparente hacia el Sol.

«Cerrado desde el mediodía», reza el rótulo irregular adherido a una vidriera pública. Y cuando un ciudadano común escruta orígenes alguien, de rumor, le comenta: «Se fueron porque están preparando el viaje que tienen mañana a la playa».

Mas ese es una simpleza al lado de un anuncio tan original como este, dejado a un custodio en la puerta de un taller estatal: «No están atendiendo, están a media máquina».

Así mismo. En eras de ocio los mensajes de interrupción, verbales o escritos, engordan en demasía a la entrada de muchas instituciones.

Si en tiempos ordinarios tienen, ocasionalmente, el corte de: «Cerrado por fumigación», «Cerrado por inventario», «Cerrado por día de la técnica», «Cerrado por higiene»; en fechas vacacionales pueden poseer —los he visto o escuchado— estos estigmas, más constantes: «Cerrado todo el día», «Estamos de franco, disculpe las molestias», «Hasta septiembre no abrimos por la tarde», «La especialista está de vacaciones».

Hay, diríamos filosofando, tres métodos fundamentales de clausura: uno, cuando alguien inventó una directiva empresarial de suspensión; otro, cuando se ha inventado ex profeso un pretexto para poner la aldaba al público; el tercero, cuando ha muerto explícitamente la disposición para el trabajo.

Los tres conducen a lo mismo, aunque tienen diferentes significaciones.

¿Disminuirán alguna vez esas corrientes? Quizá. Ya, en definitiva, este verano se nos esfumó de un brochazo. Malo que, en el siguiente, el mar, el río o la piscina se aparezcan avisándonos: «Nos secamos, discúlpenos, estamos de pase hasta septiembre».

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