De divos, maestros y durofríos

Autor:

Luis Luque Álvarez

Quizá sería saludable, en ciertas ocasiones, perder la capacidad de asombrarse, esa disposición del intelecto de saltar ante lo que le resulta inexplicable en primera instancia. Solo mirar, encogerse de hombros y seguir de camino…

Si un programa como De la gran escena presenta con bombo y platillo a un «cantante» como Enrique Iglesias, debería tenerme sin cuidado. Hace muchos años, suponía yo que dicho espacio era un verdadero oasis musical, en medio de otros muchos dedicados al «dale la patá a la lata, mulata, y que siga la bachata».

Pero por lo visto, el sentido de lo que es arte perdurable está en Belén con los pastores, si un muchacho que entona las canciones más insulsas también toma lugar junto a Plácido Domingo o Montserrat Caballé. Recordando el dicho popular: ¿qué relación hay entre la gimnasia y la magnesia?

Se trata de un contraste que escandaliza. Sin embargo, no es la primera vez que un mercachifle hace entrada como ilustre figura en la «gran escena» Yo sencillamente sonrío y continúo. Es irremediable.

Y ya que hablo de la diva barcelonesa, me ha llamado la atención hace un tiempo la fertilidad de la canción cubana, donde de un ¡fuácata! han aparecido divas y divas y divas. Ah, también abundan los divos, e incluso los «maestros». De hecho he visto que en un insufrible programa, la conductora se encanta de llamarle «¡maestro, maestro!» o «Don X» al primero que asoma la nariz al estudio televisivo.

Con esta prodigalidad de títulos y honores inmerecidos, al lado de verdaderos virtuosos como Chucho Valdés, o del extinto y renovado Benny, cualquier voz de plástico aparece como buena, y cualquiera que toque simple y correctamente un instrumento musical, es toda una eminencia.

¿Y qué hay entonces de la Caballé, de María Callas y Teresa Berganza, cuyas dotes vocales sí les han ganado justos trofeos y méritos? «¿Pero quiénes son esas? Que hagan la colita y esperen…».

La excelencia artística, esa fruta que no se da en cualquier árbol, incluso en esta isla-cantera de buenos músicos, a veces queda al nivel de las coles y los rábanos.

Pero no se asombre usted tampoco. «Siga la corrieeeente…».

En definitiva, quien sepa distinguir lo que es excepcional y duradero, no se dejará arrastrar por la avalancha de calificativos. Y nadie me venga con que ciertos críticos los avalan. En el París de finales del siglo XIX, muchos artistas —entre ellos el compositor Charles Gounod, el escritor Guy de Maupassant, el poeta Paul Verlaine y un ramo de escultores y arquitectos— pensaban que aquella torre metálica que ascendía al cielo por arte y magia del ingeniero Gustave Eiffel, era poco menos que una horrible chatarra —«inútil y monstruosa», dijeron en su protesta—, y que mientras más temprano se desmantelara, mejor para la ciudad.

Pero ahí está la mole de hierro colado, inspirando a poetas, pintores y enamorados, y desafiando las estimaciones de quienes se convirtieron en polvo hace más de un siglo. El grupo de censores desaprobó, pero el tiempo redimió.

¿Podremos decir así de algunos a quienes hoy las opiniones salvan? ¿El futuro les hará espacio? ¿Soportarán —como Mozart, los Beatles, el Bárbaro del Ritmo y otros talentos de lo clásico y lo popular— la cruda ventisca del tiempo, sin perecer?

No lo creo. Sin embargo, mientras los años hacen justicia, debo dejarme de asombros y mejor admitir que De la Gran Escena y otros programas sigan anunciando «estrellas rutilantes» en serie. Como quien vende durofríos.

Yo seguiré bostezando frente al televisor.

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