San Ernesto de La Higuera y la eternidad

Autor:

Arleen Rodríguez Derivet

EN uno de los costados de la entrada a la escuelita de La Higuera, donde fue asesinado el Che el 9 de octubre de 1967, alguien escribió: «Por esta puerta salió un hombre a la eternidad».

El pasado viernes, en la sala de 23 y 12, se estrenó una singular crónica cinematográfica de ese viaje a la eternidad: San Ernesto nace en La Higuera, ópera prima como directora de la excelente actriz Isabel Santos, junto a su compañero, Rafael Solís, probado director de fotografía del cine cubano y uno de los creadores de ese monumento a la colaboración internacionalista médica que es Montaña de luz.

Como no conozco la ruta de exhibición que tendrá el documental y no entendí la escasez de comentarios en la prensa que padeció su premiere, me atrevo a compartir con lectores de JR, las palabras que me provocaron sus imágenes, su música, su sorprendente belleza, su indudable valor testimonial, su capacidad para llevarnos de las reflexiones a las emociones y finalmente a la plenitud que suponen todos los descubrimientos duros o sublimes, de tan propios o humanos.

Mientras vivía inmersa en el intenso y emotivo proceso de su creación, Isabel me dijo varias veces que en su documental no estaba «el Che de los cubanos». No la entendí hasta verlo terminado.

Efectivamente, allí nadie verá al Che guerrillero, ni al Che ministro, ni al Che compañero, ni siquiera a ese Che «gente llana y difícil» del cada día, que describió magistralmente el poeta para que el afán perfeccionista del hombre no nos distanciara demasiado del ser humano que en definitiva fue Ernesto Guevara para sus más cercanos contemporáneos.

Ahora comprendo que Isabel quería prevenirme para el desgarramiento insoslayable que puede provocar en cualquiera de nosotros, tan hijos del Che como los que él engendró, enfrentarnos no solo a las más duras imágenes de su muerte física, sino a una versión mística de su sobrevida.

Ese Che alimentado por el pan, los dulces, las bebidas locales y las velas de los más pobres habitantes de Vallegrande y de La Higuera, no es el rostro más fotogénico y fotografiado del planeta, es una imagen sagrada, un ícono; no es un símbolo de ideas terrenales, es un alma: «el almita del Che».

Y es un gran desafío a la dimensión exacta, concreta del héroe visto, oído, leído por todos los privilegiados compatriotas cubanos del Che que, desde niños, seguimos los rastros de su paso por la vida para cumplir aquella promesa de ser como él.

Claro, que el más grande de los desafíos lo deben haber enfrentado sus realizadores, al escoger la opción de darle voz e imagen a uno de sus captores y quién sabe a cuál de los que contribuyeron al rapto de sus guerrilleros huesos, mintiendo o callando durante 30 años la verdad del lugar donde los escondieron.

El paso a la eternidad tiene esos riesgos y en todo caso, nada como la eternidad misma para abofetear a los cobardes, no ahora, a propósito del documental, sino desde hace 39 años, los mismos que tenía el Che cuando ellos creyeron que era posible desaparecerlo. Nada menos.

Por el respeto, la admiración y el profundo amor que sé que unió a todos los que hicieron posible este documental —desde la idea y las preguntas de Isabel, el ojo experto de Solís y del resto del equipo de filmación, hasta la música conmovedora y conmovida que nos trae de vuelta a la nunca ida Ada Elba de la mano de Lucía Huergo y Liuba María Hevia— cuando los autores me preguntaron qué me parecía San Ernesto nace en La Higuera, les dije que era un poema cinematográfico.

Y eso es lo que quiero repetir ahora a los lectores de JR. No se pierdan la oportunidad de la emoción, la reflexión y hasta las sorpresas que puede depararles esta obra si están dispuestos a recibirla con los ojos, los oídos y el alma abiertos a esta versión tan humilde, tan boliviana, pero sin dudas tan legítima como todas las versiones del tránsito permanente del Che hacia la eternidad.

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