El casco tiene su cosa

Autor:

Lisván Lescaille Durand

Ni siquiera en la mecánica los apretones de tuercas son recomendables. Una, porque se puede ir de rosca el tornillo; otra, porque demasiado apretada alguna pieza podría hasta partirse. La cuestión es de técnica y no de fuerza, diríase, incluso, hasta de artes marciales.

Pero de ninguna de esas especialidades pretenden disertar estas líneas. La disquisición nace de la fórmula que un colega define como «el apretón de tuercas» del tránsito en Cuba: o usas el casco protector mientras conduces una moto, o te expones a las multas o el retiro de la licencia de conducción.

No le falta ni un ápice de razón al columnista que en este mismo espacio dijo que más vale ver «marcianos en la vía», que el sufrimiento de las familias ante el difunto, cuya metedura de pata consistió en no usar el aditamento protector contra golpes en esa sensible región del cuerpo.

Ningún mortal sobre la tierra desaprobaría esa medida de las autoridades del tránsito, que muchas vidas debe andar prolongando ya. Pero el asunto tiene lados conflictivos…

A mi juicio, el primero viene con la desesperación por cumplir lo orientado, y si no… prepárate. De tal manera, se puede ver en nuestras calles no solo marcianos rodantes, sino la más insólita colección de cascos, tan raros como inservibles para el propósito de proteger contra accidentes.

Lo mismo te topas a quien usa uno diseñado para el béisbol, más eficaz para evitar dolores en la cabeza causados por un lanzamiento de un pitcher sin control; que a otro, con un artefacto concebido para si, en afanes de constructor, te cae un ladrillo en la cabeza.

Algunos echaron mano a los gorros de ciclistas, y aparecen también los disfrazados de bomberos, mientras los más imaginativos lucen viseras, o simplemente gorras, en un concierto que trata, a toda costa, de aparentar sintonía con la ley.

En un derroche de fino humor criollo, a una periodista de este diario le contaron que cierto motociclista traía sobre su «chola», nada menos que un tibor u orinal, utensilio cuya original función no necesito detallar.

Si no fuera porque suena difícil de asimilar el cuento de marras, no pocos diríamos que algo así podría observarse en cualquier calle de Cuba, más ahora que está a la vista el segundo apretón de tuercas: cascos para todos en la moto. Y este se va de rosca con los de a pie.

El asunto despierta la polémica y lanza a la calle una interrogante: ¿Se establecerán mecanismos para comercializar los cascos, al margen de la red en divisas donde —nadie lo discute—, el precio de ese medio está por las nubes?

Tal vez ahora a ningún empresario se le ocurra asignar un vehículo de este tipo sin los cascos correspondientes y las entidades destinen recursos para tan urgente medio de protección.

En mi opinión, el asunto no debe dejarse «concluso para sentencia» como quien carece de escapatoria, sino estudiarse mejor con el sentido justo de aplicar la medida más sabia, humana y agenciosa.

Mientras tanto, dicen que la colega portadora de la curiosa anécdota, empedernida «botellera», tal vez se compre un casco original para que, cuando salga a la calle, ningún motorista le pase casco por liebre.

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