Límites sospechados

Autor:

Raiko Martín

 Según las estadísticas, Barry Bonds es como el vino, mientras más viejo... A punto de finalizar la campaña regular de las Grandes Ligas del béisbol estadounidense, las expectativas se centran en los desenlaces de la inminente postemporada, pero no menos interesantes son los análisis en torno al retiro de Barry Bonds, el jardinero de los Gigantes de San Francisco, quien en mayo pasado se convirtió en el segundo mayor jonronero de la «Gran Carpa» y se ubica a solo 22 del récord de 755 cuadrangulares que ostenta el legendario Hank Aaron.

Por ahora los especialistas dividen sus opiniones sobre el futuro del jugador, mientras que el temor acecha a los directivos, pues la supuesta vinculación de Bonds con el consumo de sustancias estimulantes distribuidas por el laboratorio BALCO y las revelaciones que en este sentido aparecen en el libro Game of Shadows, apuntalan las sospechas sobre la «legalidad» de las marcas establecidas por el toletero en su extensa carrera en las Mayores.

Son más los que aseguran que su promedio de un cuadrangular cada 8,3 veces al bate —más del doble que el de sus primeros 13 campeonatos—, logrado después de cumplir los 35 años, la astronómica marca de 73 vuelacercas en una temporada acuñada con 37 años de edad, así como la conexión de más de un tercio de sus batazos en las últimas seis campañas, son hechos estrechamente ligados a la ingestión de sustancias prohibidas.

Mas nadie ha podido probarlo, y todos se preguntan si será algún dictamen de la «Organización» o la fragilidad de sus rodillas lo que pondrán tope a la trayectoria de este pelotero, quien inicialmente se puso por meta superar los 714 estacazos del mítico Babe Ruth, y que aún no descarta adueñarse del récord absoluto de Aaron.

Si lo logra, la polémica se pondrá al rojo vivo y aumentará el dolor de cabeza para el comisionado Bud Selig, quien aguarda el informe de un comité investigador para tomar cartas en el asunto. Pero, además del récord, Bonds tendrá el indeseado mérito de ingresar a un reducido grupo, cuyos límites deportivos han ido más allá de la lógica y lo humanamente posible, y sin embargo perduran a pesar del recelo de la opinión pública.

VELOCIDAD

 La repentina musculatura de Florence siempre levantó sospechas. ¿Cuál es la velocidad máxima que puede alcanzar el ser humano? Es esta una pregunta recurrente, cuya respuesta se modifica con la caída de cada récord mundial de los 100 metros planos en el atletismo.

La condición de hombre o mujer más veloz del planeta ha sido una de las más codiciadas en el ámbito deportivo y una de las más «contaminadas» desde que en los Juegos Olímpicos de Seúl (1988) la marca de 9,88 segundos, impuesta por el canadiense Ben Johnson, fuera anulada tras comprobarse su segundo consumo de anabolizantes.

Meses antes, en la ciudad de Indianápolis, la norteamericana Florence Griffith-Joyner sorprendió a todos con impresionantes registros en la distancia, entre estos el de 10,49 segundos que permanece aún en los libros de plusmarcas universales, y que le hubiesen alcanzado para ganar la prueba masculina en las Olimpiadas de Melbourne 1956.

FloJo —como se le conocía en las pistas— prosiguió en Seúl su «desenfrenada» carrera con tres cetros olímpicos, una medalla de plata y un récord mundial —el todavía vigente 21,34 segundos en los 200 metros—, pero el anuncio de su retirada a principios de 1989 conmocionó tanto como su increíble velocidad, y resultó inevitable que la decisión se considerara como un intento de escapar a la caza de «tramposos» que se intensificaba en el seno del Comité Olímpico Internacional y sus federaciones.

Nadie podía creer que aquella hermosa morena, submonarca en el Mundial de Roma 1987, se convirtiera en pocos meses en una mujer con aspecto de fisiculturista, y las sospechas se dispararon cuando con apenas 38 años falleciera víctima de un accidente cerebro-vascular, asociado desde el primer momento a un posible abuso de estimulantes.

Desde entonces no han faltado aspirantes a ser la más rápida del orbe, y algunas han visto en el doping la única forma de romper los límites impuestos por Florence. La alemana Katrin Krabbe y la estadounidense Kelly White fueron las más notables que se diluyeron en esa ruta, en tanto la también norteña Marion Jones —la que más se ha acercado a los tiempos de Griffith-Joyner— ha desarrollado su carrera bajo constante sospecha.

Pasará algún tiempo antes de que, por alguna determinación federativa o por la difícil hazaña de otra competidora, los récords de Florence Griffith-Joyner dejen de tener protagonismo en el deporte mundial.

FUERZA

 Halil Mutlu, el «Hércules de bolsillo», niega su culpabilidad y ha anunciado que regresará a las plataformas. Los límites de la fuerza humana también han interesado sobremanera a los mortales, y el honor de poseer el máximo poder ha estado entre las aspiraciones de muchos practicantes de la halterofilia.

Los récords mundiales en esta disciplina cambiaron año tras año hasta que la lucha contra el dopaje puso freno a la carrera, convirtiendo a sus atletas en los más sancionados por estas fraudulentas prácticas.

Desde entonces, pocos han logrado marcar una época como el turco Halil Mutlu.

Nacido en una pequeña localidad búlgara, Mutlu se trasladó hacía Turquía. Su trayectoria comenzó con un quinto lugar en la división de 52 kilogramos en los Juegos de Barcelona 1992, y después ha reinado en tres Olimpiadas sucesivas.

Hasta hoy es el cuarto pesista que ha levantado un peso tres veces superior a su anatomía, de apenas metro y medio de altura, y desde hace una década es imbatible, aventajando a sus rivales por 15 ó 20 kilos, en competencias al máximo nivel.

Mutlu ha impuesto cerca de 25 cotas universales en el arranque y envión de las tres divisiones por las que ha transitado, ganado cinco veces el Campeonato Mundial, y en nueve ocasiones las citas del Viejo Continente.

Tales desempeños despertaron tanta admiración como suspicacia, más aún tras ceñirse sin apenas rivalidad su tercera corona olímpica en Atenas a la desacostumbrada edad de 31 años.

Pero el mito se vino abajo durante el certamen europeo de 2005. En su muestra de orina se encontraron restos de una sustancia prohibida, lo cual le costó dos años de suspensión, que purga en espera de una oportunidad para recuperar su prestigio.

Aunque ha negado su culpabilidad, sobre sus hazañas reposa ahora el manto de las dudas, y pocos acompañan las esperanzas de su triunfo en los Juegos de Beijing.

RESISTENCIA

   Con el doping muchos se explican cómo Armstrong logró subir el  L’Alpe d’ Huez a 25 km/h. En el ciclismo es imprescindible un alto poder de resistencia para acceder a la gloria, y —además de gran sentido de la estrategia— fue esta virtud la que llevó a pedalistas como el belga Eddy Merckx y el español Miguel Indurain a convertirse en verdaderos íconos sobre bicicletas, y dueños de hazañas inalcanzables antes de los siete triunfos del estadounidense Lance Armstrong en el Tour de Francia, la carrera por etapas más prestigiosa del mundo.

Como un milagro pudiera calificarse la proeza de este ciclista, sobre todo después de recuperarse en 1996 de un cáncer de testículo con metástasis cerebral, que pudo superar gracias a una delicada operación y a una agresiva quimioterapia que amenazaba con dejar sus pulmones inservibles para el ciclismo de máximo nivel.

Tres años más tarde Armstrong ganó su primer Tour. Desde ese momento su liderazgo fue total en esta prueba y estuvo perseguido por las acusaciones de doping. Las sospechas crecieron a partir de revelaciones de sus ex ayudantes aparecidas en el libro La Confidential, de acusaciones de ex compañeros de equipo, y por su estrecha relación con el médico italiano Michel Ferrari, condenado en su país por distribuir sustancias ilegales a deportistas.

Las pruebas nunca aparecieron hasta que el diario especializado francés L’Equipe divulgó después del retiro del corredor los resultados de análisis a supuestas muestras tomadas a Armstrong en la edición del Tour de 1999. Estas señalaban al norteamericano como consumidor de EPO, una hormona producida naturalmente por el riñón que aumenta la conservación de glóbulos rojos en la sangre —y por tanto de oxígeno—, pero que también se produce en laboratorios para mejorar la resistencia de los deportistas.

A pesar del clima que ello creó, la prensa solo pudo relacionar a Armstrong con los frascos estudiados a través de códigos que aparecían en los documentos, una información que ni el laboratorio francés involucrado se aventuró a confirmar. Sin opciones de defensa —no existía un frasco B para la contraprueba— nadie pudo privar a Lance de sus títulos, pero el caso empañó la imagen de un triunfador, que luchó primero por su vida y se entregó luego a la conquista de la gloria deportiva.

Para los libros seguirá siendo el ganador de siete Tour de Francia y 25 de sus etapas, dueño de un título mundial de ruta, y ganador de varias carreras importantes, pero después de semejante escándalo, nadie puede afirmar que ese palmarés esté completamente libre de «pecado».

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