Los límites de la accidentalidad

Autor:

Juventud Rebelde

Puede que el 2006 sea el año de más bajos índices de siniestros viales en los últimos tres lustros. De enero a agosto hubo 465 accidentes, 77 muertos y 214 lesionados menos que en igual etapa del año anterior. Si en lo que queda se sigue la flecha de los primeros ocho meses, las estadísticas quedarían por debajo del «duro» y «buen» año 2003.

«Duro», por el drástico —y muy necesario— apretón de clavijas que se le dio al Código de Vialidad y Tránsito. «Bueno», porque entonces la gente se llamó a capítulo, puso atención al volante y los accidentes cayeron estrepitosamente.

En el bienio posterior, sin embargo, el susto inicial cedió y las estadísticas carecieron de la fuerte tendencia bajista que debieron mantener por el bien de las personas y la sociedad.

Desde su propia colocación en la Gaceta Oficial, este articulista defendió la tesis de que las modificaciones a la Ley 60 (2003) eran imprescindibles, pero no significarían por sí mismas un cambio rotundo —inmediato— en la mentalidad de los usuarios de la vía, ni un esfuerzo individual y empresarial por elevar la cultura al respecto.

A lo sumo, se lograría imponer —especialmente entre los choferes— una mayor cautela en las calles. Sin duda, ya era algo, quizá mucho, pero no bastante... Aunque tampoco seamos absolutos: será un criterio feudal, pero es innegable que, a veces, «la letra, con sangre entra».

Tres años después, mantengo una posición negativa respecto a la cultura vial de los cubanos, incluyendo la propia.

En un primer momento, la caída en los índices de accidentalidad se debió a la adecuación de la ley. Y los actuales números son un resultado de la sistematicidad en la aplicación de esta (las miles de licencias suspendidas o canceladas en el trienio así lo confirmarán), a través de un sustancial incremento de técnicas y efectivos policiales en las calles.

Ojalá yerre, pero la disciplina vial que se ha ido imponiendo —muy lejos aún de lo deseable— tiene su principal baluarte en el incremento de los niveles de enfrentamiento a las conductas impropias de conductores, ciclistas y peatones.

Un ejemplo clásico es Ciudad de La Habana. Por su alta demografía vehicular y humana, es la meca del tránsito y, también, de sus barbaridades. Es un laboratorio para aplicar todo lo bueno y saber de todo lo malo que acontece en la vía.

Desde hace varios años, la ciudad lidera la reducción de la accidentalidad. El período de enero a agosto siguió ese curso: hubo 99 hechos menos que en el período anterior, cayó en 49 el número de lesionados y la cifra de muertos se redujo en 40.

Es en Ciudad de La Habana donde más se ha hecho patente la presencia de los efectivos de la División Nacional de Tránsito y del resto de los cuerpos de la PNR y el Ministerio del Interior en el control de la disciplina vial.

Hay que aplaudir el esfuerzo del país por incrementar esas fuerzas. Era algo imperioso, aunque no ha sido un proceso exento de contradicciones, donde los agentes del orden, la mayoría muy jóvenes y de otras provincias, están obligados a aprender sobre la marcha cómo manejarse de la forma más óptima en un entramado vial y social extraordinariamente complejo.

La respuesta a la accidentalidad desde una perspectiva policial, empero, tiene límites. Como mismo una ley para de golpe —y solo por un período— conductas censurables, la acción policial tiene un punto en el que no puede irse más allá.

Los accidentes del tránsito, considerados a nivel mundial como una pandemia, tienen su solución definitiva —es decir, su reducción al mínimo posible— en la conducta civilizada de los usuarios de las vías. Y los cubanos carecemos de disciplina vial, sensibilidad, cortesía, protección al más débil... Estamos ante un asunto complejo, que supera la legalidad y se asienta en la psicología social y el escenario histórico contemporáneo.

Es imprescindible que otros actores sociales: públicos, educacionales y empresariales trabajen para elevar la disciplina vial, conducta que alcanza su concreción únicamente cuando está verdaderamente asentada en la cultura de un país.

Durante la presentación a la prensa de la Jornada Nacional de Tránsito, que comienza este domingo y durará tres semanas, el coronel Francisco Buzón, jefe de la División Nacional de Tránsito, informaba sobre un interesante tópico que sirve de ejemplo a la afirmación del párrafo anterior.

De su análisis estadístico se deduce que en el 65,4 por ciento de los accidentes del tránsito intervinieron vehículos de propiedad estatal. Es algo para tomar muy en serio, más cuando gran parte del parque automotor del país es privado.

La afirmación lleva a la pregunta, ¿qué hacen las empresas a favor de la cultura vial de sus choferes profesionales?

Una empresa en Cuba no es un ente para producir bienes o servicios y ya. Más que en ningún otro país, es parte esencial del entramado social, y está comprometida y obligada a preservar lo más importante de una nación: la vida y la calidad de vida de su gente. Mientras, sus autos, camiones, motocicletas, siguen estrellándose a montones.

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