Pobre Paolo

Autor:

Julio Martínez Molina

Paolo Virzi es un niño milanés de nueve años, empeñado en que sus padres le compren la agenda escolar que tienen sus compañeritos de colegio como el objeto más preciado del momento.

En el artículo que está en el boom de los niños italianos ahora, reza en la portada: «Engaña el tiempo y estafa al profesor». En su interior, como dudosa regalía, contiene 20 frases para insultar a los colegas del aula: «Te saco la carótida y la uso como látigo» es una de ellas.

A las chicas que desean conquistar a algún colegial, les recomienda el método del celo en una variante muy peculiar. La agenda propone: «Para ponerlo celoso siéntate en las rodillas del custodio más viejo de la escuela».

Gioia Minuti, del servicio italiano de Granma Internacional, luego de leer nuestro reciente trabajo Hijos del kitsch —publicado en esta página de opinión—, tuvo a bien enviarnos un interesante material aparecido en la prensa peninsular que da cuenta de lo anterior.

Dicho texto afirma que «los padres compran esta basura porque los hijos insisten, pero algunos no están satisfechos y denuncian la vulgaridad en la Procuraduría de la República y escriben a los periódicos..., dicen que si los hijos no tienen estas agendas se sienten marginados».

La nota recuerda que alguna vez los contenidos de la agenda los ponían los estudiantes, que escribían los textos de las canciones preferidas, poemas, la vida de los campeones..., ahora toda la agenda ya está escrita, no hace pensar, no permite crear y utiliza un lenguaje insano.

«Pobre escuela y pobre educación», concluye el texto, en son de réquiem por una cosmovisión que oblitera lo que nutre al ser humano, a favor de la ligereza y el mal gusto, como parte de esa cultura en decadencia que el pensador Michel Serres llama «el desastre educativo global».

La mediocridad domina los «últimos gritos» de la moda en distintas parcelas, plantea el ensayista español Vicente Verdú, quien asegura que el disfrute de lo grosero, la delectación con lo siniestro campea hoy.

Este vacío provocado por la pérdida de referencias y la absoluta desorientación ensancha su abertura en tanto, sostiene Verdú, tiene su concreción más nefasta al obnubilar a las masas y enamorar a las audiencias.

Las agenditas italianas son solo uno de los centenares de productos que hacen furia momentánea, al son de un mercado que tiene en los niños un objeto de atención publicitario clave, en el que invierten millones y años para explorar las formas de expugnar tal franja etárea.

Se estima que en los países desarrollados un individuo recibe diariamente 2 500 impactos publicitarios, la mayor parte recabando su atención en líneas de promoción anodinas o cuando menos accesorias. Baste pensar que, en gran medida merced a los anuncios, cada año las norteamericanas gastan 8 000 millones de dólares en cosméticos.

Muy mal andarán modelos educativos, ya sean públicos o privados, que introduzcan en sus escuelas las agendas de marras —con su menú de pura violencia, sexo y engaño al prójimo— u otros aditamentos que solo contribuirán al fomento de un estudiante zafio, desnortado y de impredecible mañana.

Concordará el lector entonces con el crítico español Gabriel Albiac cuando, al referirse a la educación en las sociedades desarrolladas modernas, considera que «la indocta ignorancia acumulada por nuestras facultades ha traspasado ampliamente el umbral de lo soportable. La inutilidad impera sin corrector académico alguno».

El sociólogo francés Pierre Bordieu solía impugnar a artículos como estas agendillas de escuela y similares, a los cuales denominaba «productos kitsch de la mundialización comercial».

Las agendas que quiere el niño milanés llevan por título: «De puta madre 69», y «Ama con todo el cuerpo, también con la cabeza», en cada uno de sus dos modelos.

Pobre Paolo si sus padres acceden a su petición.

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