¿Medio básico de quién?

Autor:

José Aurelio Paz

Tengo un amigo médico que reunió, y reunió, para el par de zapatos que quería y terminó comprándose una contestadora electrónica. Su casa parece una central de ETECSA. Si cobrara por las consultas telefónicas sería millonario. Y es que no seríamos cubanos si tomáramos, como dice un programa televisivo de orientación para la salud, la dosis exacta.

No hablo de mejunjes de pastillas que conducen a más de un enjuague de estómago de urgencia, ni a esa automedicamentación que ya debería inscribirse como otro rasgo identitario en la personalidad de los «criollos» de esta Isla.

Me refiero a las actitudes comunes que, como pacientes, asumimos... ¿Pacientes dije? Palabra impropia en este caso, cuando la impaciencia ante el más noble catarrito nos trasmuta en Kingkones, queriendo derribar la puerta de cualquier consulta.

Cierto es que la impuntualidad parece formar parte ya del Areté de algunos médicos, aquel atributo de linaje que distinguía a los griegos, que justifica siempre su llegada tarde con oraciones lapidarias: «Anoche estuve de guardia», «Tenía que pasar visita a la sala antes de venir» o «Yo no tengo la culpa de que la administración y el sindicato den un mitin relámpago a esta hora». Pretextos en ocasiones ciertos, pero que como excusa permanente ponen en tela de juicio el buen prestigio.

No falta razón tampoco a quienes desesperan ante una consulta que compite, a veces, con la parsimonia de las babosas si el galeno, como en el teatro, hace mutis sin que nadie logre desentrañar dónde rayos se ha metido. Y aparece, luego, como bañado en «quimbombó» para que le resbale la crítica, justa o no.

Lo cierto es que los im-pacientes asumimos actitudes como para una antología de desmanes y creemos que el médico no es un ser humano que tiene que hacer colas en las bodegas, como todo mortal, y se estresa cuando la esposa le dice que no se puede hacer un fricasé de Meprobamato y tiene que salir a «luchar» un pedacito de carne, al precio que sea.

Lo hemos intuido, y ya instituido por la práctica común: la gente cree que el médico es un medio básico que Salud Pública ha puesto a nuestra disposición y que no tiene familia, ni problemas, ni deseos de «desconectar» un rato en cualquier Rapidito, sin que alguien venga a calentarle la cerveza, y el hígado, con la solicitud de una receta.

La prescripción facultativa no falla —nos creemos con todas las facultades emocionales y legales para juzgarles. A diario le hacemos la disección como si estuviésemos ante otro terrible capítulo de la serie Forense. Es casi ya una clasificación clínica:

Doctor que me receta lo que quiero, aunque no lo necesite: como los hoteles cinco estrellas... Doctor que se niega a hacerlo: extremista que seguro quiere los medicamentos para él y ¡Dios sabe lo que hace con ellos!... Doctor que me escucha, pero no me manda la placa que le pido: mediocre, incompetente. Seguro le regalaron el título... Doctor que para no contradecirme me ordena un chequeo completo por el dolor en un juanete: ¡Lo máximo! ¡Diploma de Oro!... Doctor que me atiende como a rey en el policlínico, mas si le toco en su casa me sugiere que vaya a consulta: insensible, inepto para una profesión que demanda tanto espíritu de sacrificio y de entrega...

Es entonces el momento exacto, en que, tras una sonrisa de comisuras, apresas tu deseo de Olla Reina que quiere ablandarle los huesos al inoportuno insistente, mientras mascullas la expresión que marca, con más justeza, el Punto G de nuestra conducta social en estos casos: ¿Qué código me obliga...?

Estoy convencido de que el más críptico y frío de los profesionales cubanos de la salud, ante una verdadera urgencia, deja la cena en la mesa, a la familia plantada y se va a auxiliar un corazón que agoniza porque cree perder la vida. Pero, como dijera Bernabé, ¡le zumba la berenjena! Muchas veces tocan a la puerta por una nimiedad y hacen añicos la poca, o casi nula, intimidad de los galenos.

¿A qué arquitecto le persiguen y le montan guardia en su casa porque la vivienda tenga una pared rajada, a menos que amenace un derrumbe? ¿A quién se le ocurriría despertar, de madrugada, a un ponchero para que le coja el pinchazo a la goma de su bicicleta?

La comparación puede resultar ridícula. Verdad de Perogrullo: La vida no tiene precio... ni piezas de repuesto. Pero, como ha acuñado la sabiduría popular, una cosa es la gimnasia y otra la magnesia. Hay que aprender a respetar los espacios privados, esos mínimos que nos deja una vida tan convulsa y queremos emplear, cada quien, en lo que nos venga en gana.

Y aclaro: no escribo estas líneas para que los doctores me dejen colar en mi próxima consulta. Tampoco para que la gente me deje tranquilo, como obrero de la palabra que soy, en cualquier lugar público y a cualquier hora, cuando piden que escriba sobre el bache de la esquina. Mi amigo médico no tendrá, tampoco, que pagarme por esta catarsis colectiva aunque, pensándolo bien, le voy a pedir me retribuya, desde su propia casa, con una recetita de tintura de Pino Macho que necesita un amigo mío para el hongo en las uñas...

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