Egos hipertrofiados

Autor:

Julio Martínez Molina

No se dice por gusto que la historia enseña. Aunque a veces canse escucharlo, detrás de la aseveración se encierra una rotunda verdad que, de ser asimilada en la práctica, permite a la persona una visión más panorámica sobre asuntos de hoy y de mañana.

La historia nos ha mostrado, entre tantísimas cosas en este país, que la grandeza de nuestros patriotas, figuras del arte e intelectuales cimeros ha estado aparejada, por norma general, a la sencillez.

Sobre los pilares de la sencillez estos grandes construyeron sus edificios morales, a cuyo amparo creció, pensó y gozó una nación.

Si efectuamos un pase de hoja somero a la genealogía cultural cubana, es prudente apreciar cómo la templanza y clarividencia de los abanderados del pensamiento del siglo XIX Martí a la vanguardia— los hizo desdeñar siempre la petulancia, la jactancia y el egocentrismo.

No se olvida que Céspedes, el Padre de la Patria, actuó en un teatro, sin creer por ello que se rebajaría o lastimaría en algo su linaje.

El «ombliguismo» tampoco fue esgrimido por personalidades que definieron el escenario artístico del siglo ulterior. Bola de Nieve, Barbarito Diez, Carlos Puebla, Compay Segundo..., constituyen, junto a no pocos que vivieron y viven, la antítesis de la altanería.

Preclaros faros intelectuales de los dos últimos siglos —desde Manuel Sanguily, aquel poeta del verbo y «tigre del Senado» quien a trancas y barrancas arremetiera contra los yankis y lacayos en la seudorrepública temprana, hasta Fidel, máxima expresión del pensamiento nacional— igualmente se distinguen por sus ejemplos de sencillez.

Tanto más curioso entonces, si somos herederos de estos genes, es que en el escenario artístico e intelectual de hoy cohabiten con los auténticos seguidores de aquellos —la mayoría, por suerte—, un segmento que, aunque minoritario, enrarece ambientes con su «Síndrome del Pavo Real».

Se pavonean tanto en sus Olimpos personales estos Narcisos trasnochados, que no se les puede tocar ni con el pétalo de una flor, so pena de que salten, y desde la picota de medios de comunicación, que nunca les faltan, descarguen su prepotencia contra el «agresor».

No hay crítica posible que hacerles, ni incluso la formulada a través de las permisivas licencias del humor. Atrincherados, responden con metralla a mansalva, ni siquiera a discreción. Como hijos de felino que son, están marcando territorio; así que pobre del que se atreva.

Lo que más sorprende de ellos es ver cómo su cultura no les impide obrar así contra sus semejantes.

Te hablan bien de la frugalidad de Epictecto, Henry David Thoreau, el Panchatantra y dan su receta contra los críticos: «Sé como el sándalo, que perfuma el hacha que lo hiere», pero de boca para fuera.

No han interiorizado el sentido de humildad preconizado por sus vidas y letras. Mucho menos sus congéneres de escenario que se autoproclaman los «elegidos». Estos falsos mecías de la lentejuela no tienen la más remota idea de que los títulos nobiliarios en el arte los confiere el pueblo.

Los méritos autopropuestos de «el más querido», «el preferido», «el divo», están desasidos del cordón umbilical que los conecta con la palabra «popular».

Puede que en verdad sean queridos, incluso notables artistas, y hasta preferidos en algún momento de la zigzagueante simpatía del respetable, pero ¿por qué no tener la paciencia para que, algún día, la gente sea la que los elija para portar tales epítetos?

Los éxitos, las ascendentes cuotas de poder y el halago sin freno obnubilan a algunos. Sería conveniente pues, para estas personas aludidas aquí, que entre su cohorte de ayudantes, representantes o allegados del tipo que fuera, alguien los pudiera aconsejar.

Nada resulta más cargante e incluso repelente, desde la platea o desde la sala de la casa, que apreciar derroches de jactancia y autosuficiencia.

Aquí no se le ha brindado cultura al pueblo por pura mecánica, sino a efectos de un fin. Los cubanos piensan, disciernen y, sobre todo, tienen un soberbio patrimonio histórico en el mundo intelectual y artístico. Por ende, rechazan las impostadas poses de los autoencandilados.

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