El libro que acompañó a Fernando

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

En la primavera de 2003 entrevisté a Rafael Anglada, el abogado puertorriqueño del equipo de la defensa de los Cinco, que recién llegaba de una gira maratónica que lo llevó de un extremo a otro de los Estados Unidos. En seis días siguió un itinerario en zigzag de South Carolina a Texas, de ahí a Wisconsin y luego a California, para terminar en Colorado. Basta mirar un momento el mapa de ese país para darse cuenta de que es una trayectoria de vértigo, que debió ser aún más estresante en pleno zafarrancho de guerra. La razón de la premura del abogado era verificar el estado físico y anímico de nuestros compañeros, que acababan de pasar, nuevamente, la horrorosa experiencia del «hueco» —el encarcelamiento en celdas de castigo donde jamás se ve la luz del sol y donde se despoja al reo de todas sus pertenencias y se le impide el contacto con seres de rasgos incuestionablemente humanos.

Se iniciaba la aventura sin fin de Iraq y los carceleros de Antonio, Fernando, René, Ramón y Gerardo habían tenido el cuidado de aumentarles la dosis de sufrimiento. Justo a ellos, presos en virtud de flagrantes violaciones de la ley norteamericana, en un país de insufrible retórica antiterrorista que se lanzaba en prácticas de terrorismo de Estado y protegía a su camada de Miami, alegremente desmelenada en las únicas manifestaciones que se produjeron en el mundo a favor de la guerra, con gritos de «Iraq ahora; Cuba, después».

Anglada llevó un diario personal de los encuentros con los cinco muchachos, apuntando en letra menuda en una libretita los mensajes que ellos querían transmitirles a sus familiares en Cuba, con quienes casi ninguno había podido comunicarse en los días de aquel agravado encierro. Uno de ellos, Fernando González Llort, le contó que poco antes de que fuera llevado al hueco, un preso común le prestó dos libros: la novela de Dostoievski Los hermanos Karamazov, y otro, al que le faltaban algunas páginas. Aquellos dos ejemplares, leídos antes por quién sabe cuántos seres tras las rejas, fueron el único lujo que le permitieron al cubano en la fría celda de castigo de Oxford, Wisconsin. Anglada apuntó en su diario que gracias a aquellos dos ejemplares Fernando no se sintió ni solo ni abatido: «Mira lo importante que es tener libros como esos», escribió Anglada el 28 de marzo de 2003, y aunque no lo dice el abogado, es fácil imaginar que esas palabras estaban acompañadas de una nota de alegría. El libro compañero, aquel de las páginas extraviadas, era nada menos que Lincoln, la extraordinaria biografía escrita por Gore Vidal.

Probablemente no habría recordado esta historia, si no hubiese llegado a Cuba en la noche del sábado Eugene Luther Vidal, el Gore Vidal que conocemos y que adoptó hace más de medio siglo como nombre propio el apellido de su abuelo senador por Oklahoma. Pero llegó a la Isla, anda dando vueltas por esta Habana invernal, y tiene sentido admitir que a la extraordinaria obra que acompaña su nombre y lo convierte en el escritor norteamericano más importante de esta época, a su indeclinable honestidad intelectual y a su coraje cívico, habrá que añadir la fiesta que sus palabras reservan a los lectores de sus libros, en particular a los olvidados, a los perseguidos, a los rebeldes con causa y a los injustamente encarcelados de este mundo. Como Fernando, que en aquel «hueco» desolado de Wisconsin fue más libre que sus carceleros, yendo y viniendo de la mano de Vidal y de Dostoievski. Nada menos.

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