«Todo está OK»

Autor:

Luis Luque Álvarez

Un automóvil va en picada por la pendiente. Mientras los pasajeros emiten alaridos de terror, el chofer llama a la calma: «No hay problemas, todo está OK». Aunque ha accionado varias veces el freno y este no responde, «todo está OK».

El vehículo podría ser Iraq o Palestina. O mejor aún: todo Oriente Medio. En buen español criollo, el carro va que chifla hacia el abismo, pero hay choferes que han preferido no darse cuenta. Ahora, al presidente George W. Bush el peligro de choque lo ha asustado, y ha pedido a un grupo de consejeros que le den una mano para tratar de frenar. Entretanto, otro político, el primer ministro israelí Ehud Olmert, prefiere quedarse con la venda puesta.

El informe bipartidista Hamilton-Baker, que le abre los ojos al gobierno norteamericano sobre las causas de sus fracasos en Iraq, dice claramente: «EE.UU. no logrará sus objetivos en Oriente Medio, a menos que se involucre directamente en (la solución del) conflicto árabe-israelí».

Según este punto de vista, la ocupación de los territorios palestinos desde 1967, exacerba la actitud hostil de los pueblos árabes a la presencia de EE.UU., el principal aliado de Tel Aviv. Un detalle: en realidad, aunque no existieran injusticias en Palestina, de todas formas ninguna nación se deja poner yugos fácilmente, como ha intentado hacerle la Casa Blanca a Iraq. Rebelión habrá siempre. La hay en Afganistán hoy y la hubo contra los marines yanquis en el Líbano en 1982.

Ahora bien, en lo que no se equivoca el Grupo de Estudio sobre Iraq —que elaboró el informe— es en que el conflicto palestino-israelí está en el seno de las tensiones con el mundo árabe, que observa desde hace seis décadas cómo sus hermanos de Tierra Santa son pisoteados por Israel con la complicidad de EE.UU. El informe Hamilton-Baker, con sus palabras, reconoce esta realidad innegable: «Todos los puntos clave en el Oriente Medio —el conflicto árabe-israelí, Iraq, Irán, la necesidad de reformas políticas y económicas, el extremismo y el terrorismo— están inextricablemente vinculados».

Es solo Olmert el que no ve al elefante. Al parecer, no ha observado a milicianos sunnitas y chiitas por igual, marchar por sobre banderas israelíes, estadounidenses y británicas dibujadas en las calles de Bagdad o de Basora.

No bien se dio a conocer el documento, el primer ministro sionista se apuró a decir que este reflejaba «una opinión de EE.UU.», no «la postura de EE.UU.», y ordenó a sus subalternos no hacer ningún comentario sobre el asunto, que considera «política interna norteamericana».

Algo que lo ha alarmado particularmente es el llamado a que EE.UU. escuche qué tienen que decirle Siria e Irán, los vecinos de Iraq. El texto apunta: «En diplomacia, un país puede y debe coordinar con sus adversarios y enemigos para tratar de resolver conflictos y diferencias relacionados con sus propios intereses. Según esto, el Grupo de Apoyo debe coordinar activamente con Irán y Siria».

Pero el gobierno de Israel no desea siquiera que EE.UU. se tome un té con ellos. De hecho, la pasada semana Olmert le sonó el silbato al ministro de Exteriores de Alemania, Franz Walter Steinmeier, porque efectuó una visita a Siria para tratar de implicarla en un intento de estabilización regional. Y si la alarma salta así con los europeos, ¿qué dirá si funcionarios de Washington se acercan a Damasco o Teherán en busca de ayuda para salir de la chapucería?

Pero bien, consejos son consejos. Los tomas o los dejas. Nadie debe pensar con renovado optimismo que Bush dará ahora un giro de 180 grados y marchará por la senda correcta. Como ironizó el ex legislador y pacifista israelí Uri Avnery, «este panadero (baker, en inglés) solo puede ofrecer una receta para el cake. La cuestión es si el presidente Bush usará la receta y horneará el cake».

Y como del dicho al hecho hay buen trecho, quizá Olmert no tenga mucho de qué preocuparse. El auto sigue cuesta abajo...

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