Utopía del hombre cansado

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Duele encontrar un ser humano cansado. No de ese cansancio físico nacido del trabajo, sino de ese del alma, que los hace andar tristes, como velas que se apagan. Duele más si ese ser humano es joven, y más aún si en vez de uno te encuentras en muy corto tiempo, en un espacio reducido geográficamente, también a otros.

Mientras escuchaba cada una de estas historias recordaba aquel cuento de Jorge Luis Borges, en el que el escritor nos traslada al futuro; a un mundo y una época donde viven seres solitarios, aislados, que terminan por escoger «placenteramente» un final trágico.

Pero la narración borgiana, aunque dura, deja una salida salvadora. Lo único que milagrosamente se salva es la utopía, porque al salvarse esta también salva al ser humano y en consecuencia lo mejor de él. Entonces cualquiera anhela que las frustraciones de estas personas tengan parecido final.

La primera de las historias es la de un joven minusválido, que vive con su padre alcohólico y su madre jubilada, en una casa a punto de derrumbarse, donde radicara un antiguo almacén, en el poblado de El Jamal, en Baracoa.

Leoeldis Silot Leiva tiene 30 años y trabaja en el Joven Club de la comunidad. Ya no sabe a quién acudir para resolver su entuerto.

Todo comenzó cuando su padre, al que le cedieron el almacén como vivienda hace más de 30 años, obvió legalizar ese traspaso, en una época en que no existían los rigores actuales en ese aspecto.

Ahora Leoeldis sufre al ver que el hogar se le viene encima con los viejos adentro, y no puede hacer nada, porque los especialistas de Vivienda le plantean que es imposible legalizar el inmueble donde nacieron y se criaron él y sus hermanos... Y al ser una casa «ilegal», tampoco se le pueden asignar materiales... Solo le va quedando la ilegalidad como camino...

La otra que llora al contar su situación familiar es Blanca Rosa Romero, una señora de El Güirito, también en Baracoa, que tiene cinco hijos, uno con retardo mental, un marido alcohólico y su pobre bohío deshecho, donde no puede proteger a sus pequeños de la lluvia.

Blanca ha pedido ayuda a muchas instancias, pero sigue allí sin que nadie se «apiade» de su situación, ni le venda un clavo siquiera —como casi ha implorado.

Algo parecido sufre Maricela Ricardo López, en la cercana comunidad de Rosa de Mata, divorciada, ama de casa con un hijo asmático, en su bohío de tablas, yagua y piso de tierra.

Nos mueve hacer públicas estas historias no solo el ansia de que se levanten tres casas y con ello se restauren muchas vidas, pues ya sabemos que de casas está empedrada una de las mayores insatisfacciones sociales de la Revolución, empeñada actualmente en resolverla.

En realidad estos casos claman mejor por seguir levantando o restableciendo en no pocos espacios de Cuba la sensibilidad social y la responsabilidad institucional y comunitaria, para que ninguna persona se sienta sola, sin salida, aislada, derramando su dolor sin compañía, como atrapada en el guión del famoso cuento de Borges. Porque si bien la burocracia tiende a homogeneizarlo todo, hasta las soluciones, siempre hay tramas diferentes, merecedoras de una mirada singular.

Lo inadmisible es permitir que una Revolución tremenda, que bajó de las montañas realizando utopías, ensanchándolas, tenga hoy en su seno algunos que anden por ahí provocando cansancios.

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