El profesor y su alumno cabeciduro

Autor:

Luis Luque Álvarez

Un soldado británico inspecciona los destrozos tras el asalto de sus tropas a la comisaría Iraquí. Foto: AP Una y otra vez, un profesor repite la lección a su discípulo: «Dos más dos es igual a cuatro». Y así durante más de tres años. Pasado ese tiempo, el muchacho escribe en su examen: «Dos más dos es igual a nueve». El maestro, entonces, se deprime, pide vacaciones y va a tratarse con un psicoanalista.

Es lo que pudiera hacer el alto mando militar británico en Iraq, luego de que el lunes, mil de sus soldados tomaran por asalto una comisaría policial iraquí en la sureña Basora y la demolieran. El motivo, según Londres, es que en el recinto, sede de la Unidad contra Crímenes Graves, se torturaba sin piedad a los presos, y que de los 127 que había allí, muchos estaban a punto de ser ejecutados extrajudicialmente.

La pasada semana, los soldados británicos detuvieron a varios jefes de la unidad, implicada en asesinatos, secuestros y ataques contra las propias fuerzas británicas. «¿Unidad contra Crímenes? Eso es precisamente lo que impulsaba», explicó un capitán inglés.

Convencidos de eso, soldados de la 19 Brigada Liviana atacaron el sitio, secundados por tanques, mientras que los Royal Engineers se encargaron de la demolición. Pero no fue esta la primera embestida contra el edificio: en septiembre de 2005, los británicos lo asaltaron para liberar a dos de sus agentes, que andaban por la ciudad vestidos como árabes y apertrechados de explosivos. ¿Qué se disponían a hacer? Seguramente no era asistir a una fiesta de disfraces...

Gran Bretaña, como principal aliado de EE.UU., tiene emplazados en el sur de Iraq unos 8 000 efectivos, y acumula hasta el presente 126 bajas mortales y más de 300 heridos. Realmente un alto precio para tan poca compra.

Han transcurrido tres años y medio de la ilegal invasión, y la promesa era que los iraquíes navegarían a sus anchas en un mar de democracia y justicia post Saddam, para lo que Washington y Londres los entrenarían. Pero todo ese tiempo, empleado en desplegar tropas, en capacitar al «nuevo» ejército y la «nueva» policía, parece no haber servido de nada, cuando los británicos deben irrumpir en una comisaría y destruirla, porque las fuerzas del orden no se conducen de la manera que se espera.

O sea, por mucho que el profesor se esfuerza, el alumno es cabeciduro y no entiende de números. Incluso, quizá no quiere entender...

En el mapa actual, nada hay que se parezca más a un irrefrenable torbellino que el país mesopotámico. Las palabras precisas son caos, descontrol, y ni la policía ni el ejército escapan al fenómeno. Mientras EE.UU. y Gran Bretaña convocan a los iraquíes a alistarse, mientras inyectan sumas millonarias y dotan de armas a los cuerpos represivos, los reclutados pueden tomar dos direcciones: o se dedican a saldar sus cuentas personales y a ejercer la autoridad despóticamente, o desertan, muy agradecidos por el armamento que se les dio, se unen a los insurgentes y se van guerrear contra los ocupantes.

Ahora que se habla de «escuchar consejos» y de «replantear estrategias» por las sonoras pifias de Londres y Washington en Iraq, ¿acaso alguien puede apostar que dentro de un año la situación será notablemente mejor? ¿Se puede suponer que en un tiempito adelante los policías iraquíes no seguirán torturando —¡tal como han visto hacer a los propios británicos!— y que los soldados no continuarán su metamorfosis en temidos rebeldes?

Tres años y medio, y ningún adelanto. Tal vez sea el profesor quien tiene problemas...

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