Una lista para mí...¿y los otros?

Autor:

Luis Luque Álvarez

«Dejar de fumar. Bajar esta barriga tan antiestética. No darme un trago más. ¡Lo juro!...».

Esta clásica lista de propósitos puede ser aun más extensa. Algunos le añadirán: «Empezar a ahorrar para los quince, ahora que a la niña le salió su primer dientecito». Son, por cierto, metas muy saludables —la última es, además, imperiosa—, todas formuladas al calor de la despedida del año, y esperanzadas en dejar atrás los fracasos y asegurarse una travesía más próspera en el año que empieza.

Así, honrando la tradición, a más de uno se le ocurre arrojar un cubo de agua desde el portal, en el más puro estilo de «no me importa quién pase por la acera»; y otros, conscientes de que es el último día de sus vicios, se lanzan a una juerga monumental. «Desde el 1ro. de enero, soy un hombre nuevo». Claro, amigo, desde el 1ro. de enero. Si llegas...

No obstante, si nos fijamos bien, por lo general los «hombres nuevos del nuevo año» que somos, hacemos suficientes planes buenos para nosotros mismos, y no muchos para los que nos rodean.

Por ejemplo, sería de gran satisfacción que algunos buenos vecinos de los altos se propusieran dejar de arrojar basura hacia el pasillo lateral del edificio. Cuando digo «basura», el lector se puede figurar lo mismo tubos fluorescentes que toronjas podridas. Por favor, ¿podrían incluir entre sus propósitos ejercitar un poco las piernas y caminar diariamente 20 metros hasta los tanques de la esquina? ¿Sí? Pues mi felicitación. Será un año menos sucio para quienes vivimos en los bajos.

También espero que las empresas encargadas de abrir huecos en las calles, incluyan en sus manuales de año nuevo la instrucción: «Cerrarlos después de colocadas las tuberías». Los choferes, definitivamente, también tienen derecho a la felicidad.

Mis mejores deseos, de igual modo, a ciertos intermediarios que desbancan al comprador, y que se atreven a vendernos un discretísimo puñado de zanahorias por siete pesos —¡siete pesos!—, lo mismo si hubo mala cosecha por efecto de los vientos huracanados y los torrentes, que si llovió moderadamente y hubo un sol resplandeciente. ¿Qué tal si este año se acuerdan de que quienes visitan la tarima son sus semejantes, personas de carne y hueso, y no merecen que se les time en el peso ni en el precio?

De igual modo, mantengo la esperanza de que aquellos que se la pasan predicando «primero, amor; segundo, amor, y tercero, amor», le den un repasito a la palabra, hoy tan agujereada y vaciada de su contenido, tan obligada a significar «primero yo, después yo y siempre yo». Amor no son vitrinas llenas de estrellitas y corazoncitos fulgurantes, sino arrimar el hombro para que el otro se sienta tan a gusto como a mí me gustaría sentirme. Hacer con los demás como desearíamos que estos hicieran con nosotros.

Es quizá proponerse menos frasecitas huecas en 2007, y derramar más sudor junto al prójimo. Es «aterrizar», ir más «a la concreta», y ayudar a desbaratar la torcida dinámica de egoísmo que algunos quieren inyectar en nuestra sociedad, tan fraternal en sus raíces.

De manera que perder unas libras o abandonar costumbres inútiles, será de provecho en el año nuevo. Pero también se nos agradecerá que fastidiemos menos al vecino, o que al menos, reparemos que está ahí, con la aspiración —tan válida como cualquiera de las nuestras— de que los próximos 365 días no le sean un agrio peregrinaje por el tiempo.

Sus buenos deseos, y su grato paso a través de los meses, también dependen de la lista que hagamos.

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