España/ETA: Una bomba que sirve a algunos

Autor:

Luis Luque Álvarez

Foto: AP Bajo unas 40 000 toneladas de escombros quedaron atrapados los cuerpos de dos inmigrantes ecuatorianos en la Terminal 4 del aeropuerto madrileño de Barajas, tras el atentado del 30 de diciembre. También sepultado con ellos, yace el proceso para el final de la violencia en el País Vasco, que comenzó en marzo de 2006 con el anuncio de una tregua permanente por parte de la organización armada ETA.

Hacia este grupo —que desde sus inicios en 1959 ha buscado, por la vía de las armas, la separación del País Vasco de España— se han dirigido las miradas acusatorias, a pesar de que en marzo hizo saber su opción por el diálogo para alcanzar sus objetivos.

Las circunstancias que han rodeado el injustificado incidente del 30 de diciembre, son algo confusas. En primer lugar, si la responsabilidad es de ETA, sería de ver qué «ganancias» le rendiría, como no sea aparecer como un interlocutor no fiable para momentos futuros.

El departamento vasco de Interior informó que el atentado fue reivindicado «en nombre de ETA» por una llamada anónima. Antes había habido otra, por la que las fuerzas del orden evacuaron la zona.

Ahora bien, no se puede afirmar que una llamada sea evidencia suficiente. Cualquiera, si lo desea, puede tomar el teléfono y adjudicarse la autoría de un atentado en nombre de Michael Jackson o de Bill Gates.

De igual modo, incluso a representantes del ilegalizado partido Batasuna (izquierda independentista vasca), sindicado como el brazo político de ETA, les ha resultado extraño este modus operandi, pues siempre, antes de romper una tregua y proceder con un ataque (como en 1999), la organización emitía un comunicado para anunciar su decisión de ruptura. ¿Acaso un cambio de tácticas, o en realidad fueron otros los que encendieron la mecha?

Última «prueba»: un joven, apresado por desconocidos en Francia, al que se le robó la camioneta donde se colocaron los más de 500 kilos de explosivos, aseguró que sus captores se identificaron como «miembros de ETA». El caso es parecido al anterior, pues lo mismo podrían ser activistas contra la caza de ballenas. ¿Quién puede asegurar que se tratara realmente de militantes de la organización armada, más aún con el oscuro precedente de agentes del gobierno español involucrados en los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), verdaderos escuadrones de la muerte que en los años 80 jugaron cualquier carta contra ETA en el país galo?

Hasta aquí una parte de los argumentos. Hay otros, que interpelan a la organización separatista, y el más preocupante es su silencio. No se entiende que hasta ahora no haya expresado su repudio hacia un hecho que la inculpa y la aleja del cauce abierto con la tregua de marzo pasado.

En segundo término, están las declaraciones de Joseba Álvarez, portavoz de Batasuna. El miércoles, al habla con Radio Euskadi, el político independentista vasco apuntó que «le corresponde a ETA explicar por qué lo ha hecho así o qué ha querido dar a entender con eso». La afirmación da por sentada la implicación del grupo armado en el estallido de Barajas, y no favorece mucho las expectativas de paz.

No hay, pues, gran claridad en cuanto a autores. Sí la hay en cuanto a beneficiarios, y ahí está la derecha, que ha conminado al gobierno socialista a decir lo que ella quiere que diga. No conforme con la decisión del presidente Zapatero de «suspender todas las iniciativas para desarrollar el diálogo», el jefe del Partido Popular, Mariano Rajoy, ha advertido que eso no basta: «La respuesta de verdad es “rompo con ETA, aplico la ley”», exigió el titular del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, fue por el trillo que aquel le abrió, a decir más que el jefe del gabinete: «Quiere que diga que el proceso está roto, pues evidentemente está roto; quiere que diga que el proceso está liquidado, evidentemente está liquidado; quiere que diga que está acabado, evidentemente está acabado...».

Goles que se anota la derecha, ahora más esperanzada en que el nulo avance hacia la paz, reste crédito al gobierno socialista, y que Zapatero no pueda mostrar en las urnas, en 2008, el silencio de las armas en el País Vasco.

Como se ve, la bomba de Barajas no entristece a todos en España.

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