Mujeres

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

No, no es la solución tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoi ni apurar el arsénico de Madame Bovary ni aguardar en los páramos de Ávila la visita del ángel con venablo antes de liarse el manto a la cabeza y comenzar a actuar. Ni concluir las leyes geométricas contando las vigas de la celda de castigo como lo hizo Sor Juana. No es la solución escribir, mientras llegan las visitas, en la sala de estar de la familia Austen ni encerrarse en el ático de alguna residencia de la Nueva Inglaterra y soñar, con la Biblia de los Dickinson, debajo de una almohada de soltera. Debe haber otro modo que no se llame Safo ni Mesalina ni María Egipciaca ni Magdalena ni Clemencia Isaura. Otro modo de ser humano y libre. Otro modo de ser.

El texto es de Rosario Castellanos, la gran escritora y diplomática mexicana, que murió a los 49 años en un absurdo accidente en Israel. Salí a buscarlo, después de escuchar fascinada a Elena Poniatowska, en la Feria del Libro, este sábado, mientras presentaba Tinísima para un público de todas las edades que repletó la Sala Nicolás Guillén, que se sentó en el piso cuando ya no hubo lugar y que se resistía a dejarla ir. Una presentación inusual, además, porque junto a Elena estuvo, en el papel de Tina, Jesusa Rodríguez, actriz y luchadora social que parece ella misma un personaje de la Poniatowska y a quien hemos visto en primera línea con las valientes mujeres que encabezaron los plantones y están en todas las batallas civiles escoltando a Andrés Manuel López Obrador.

Hay otro modo de decir, por supuesto. Es el modo en que Elena ve y retrata a la mujer mexicana, donde la «dignidad es la única proeza posible», como ha escrito Carlos Monsivais. De modo que ahí tenemos a Tina Modotti, que fue de todas partes, aunque su obra fotográfica basta para darle la nacionalidad de ese país; a la desgarrada Angelina Beloff, de Querido Diego te abraza Quiela; a Jesusa Palancares, la extraordinaria protagonista de Hasta no verte Jesús mío; a las anónimas vendedoras y sirvientas que habitan en el ensayo Juchitán de las mujeres; a las bordadoras tlaxcaltecas de Las señoras de Humantla; a Las siete cabritas, el libro que dedicó a aquellas que desafiaron la tradición machista y sin cuyos nombres no se puede hablar de la cultura mexicana: Frida Kahlo, Nahui Olín, Pita Amor, Rosario Castellanos, María Izquierdo, Elena Garro y Nellie Campobello; y claro está, a sus entrevistadas de lujo: María Félix, Dolores del Río, Lupe Marín, Lola Álvarez Bravo e Irma Serrano, con quien conversaba mientras le ayudaba a ponerse las inmensas pestañas postizas que la convertían en La Tigresa.

Estaban todas este sábado en la Sala Nicolás Guillén, sentaditas junto a una Elena sonriente y vestida con huipil colorido y una flor roja apretando el pelo en la nuca. Solo por Tinísima, la novela-biografía que comienza con el trazo maestro de la muerte de Julio Antonio Mella y el escarnio para su compañera, y cuyas páginas es imposible abandonar hasta el final; solo por Tinísima, digo, los cubanos tendríamos que quererla de aquí a la eternidad. Pero eso sería como llegar a la cima de una montaña y no explorar qué hay del otro lado. No existe literatura en América Latina como la de la Poniatowska que haya sabido rescatar ese «otro modo de ser humano y libre», esa voz coral de la resistencia y del cuestionamiento de los sistemas que regulan las situaciones de injusticia y represión de las mujeres.

Poniatowska es Tinísima y muchas, muchísimas más. «La literatura de las mujeres en América Latina es parte de la voz de los oprimidos. Lo creo tan profundamente que estoy dispuesta a convertirlo en leitmotiv, en un ritornelo, en ideología», ha dicho Elena. Y para suerte de todos nosotras, en eso anda.

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