Al dorso de las hojas

Autor:

Yelanys Hernández Fusté

Alejandro Dumas, padre, escribió El conde de Montecristo matizado por la historia y la descripción del encontronazo entre la burguesía francesa y los seguidores de Napoleón.

El personaje protagónico de la novela ha removido a cuantos lo han leído. Odio, envidia, prisión, política y amor, son mezclados para marcar referencias del comportamiento humano.

El Enrique de Corazón muestra su vida a través de un diario el tercer grado en una escuela municipal de Italia. Edmundo de Ámicis, su autor, grafica en voz de un niño el amor patrio, la solidaridad y la camaradería.

Para Cirilo Villaverde estaba claro que con Cecilia Valdés se evidenciaban las diferencias raciales entre criollos burgueses y mestizos. Una visión realista de la Cuba de la primera mitad del siglo XIX es recogida en ese volumen, considerado uno de los más importantes de la Isla en esa centuria.

Lo anterior demuestra que la literatura y la realidad se entrelazan en un hilo muy fino. El filtro de muchas obras ha estado enraizado en las vivencias cotidianas, las historias simples o en el mero acto de observar el comportamiento de nuestros semejantes.

Así se constató en una consulta realizada a los españoles sobre los hábitos de lectura, la cual arrojó que «cuatro de cada diez nacionales mayores de 14 años leyeron libros diaria o semanalmente durante el 2004».

La encuesta de la Federación de Gremios de Editores del país ibérico publicada en Internet, precisa que entre los textos de literatura más leídos ese año se encuentran: el clásico Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, el polémico Código Da Vinci, de Dan Brown, la Biblia, y los llevados al cine Memorias de una geisha, de Arthur Golden, y La casa de los espíritus, de Isabel Allende.

El señor de los anillos, la historia fantástica de J. R. R. Tolkien; junto al éxito editorial y popular de Harry Potter, de J. K. Rowling, y a La Isla del tesoro, de R. L. Stevenson, constituyeron algunos de los títulos de la literatura infanto-juvenil que los españoles prefirieron.

No faltó el autobiográfico Vivir para contarla, del Premio Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez. Tampoco el volumen de autoayuda de Allen Carr, Es fácil dejar de fumar si sabes cómo, y los dedicados a las humanidades y las ciencias sociales como El año que trafiqué con mujeres, de Alberto Salas.

La encuesta es una prueba del alcance de los libros. Un éxito que exhibe Cuba desde hace mucho tiempo y que propicia la ampliación de bibliotecas personales con la celebración anual de la Feria Internacional del Libro.

«En los textos solo encuentro el regocijo de la palabra», confesaba un inexperto lector mientras sostenía su primera obra de Shakespeare. «Aquí encuentro vocablos que todavía no están maltratados por el hablante común».

«El idioma es instrumento, canal y ejercicio, no puede descontextualizarse, tampoco debe hacerlo la literatura», aseguraba otro fiel amante de las letras impresas.

Mas, lo cierto es que en los libros, el idioma y la cotidianidad encuentran cauce. Y las narraciones, descripciones y diálogos, suelen vivirse en nuestra misma dimensión.

Lo importante es desterrar el hábito de exhibir el número de títulos leídos o presumir en determinados círculos del conocimiento adquirido en los textos.

La lectura no lleva la etiqueta del precio de la presunción, sino el monto de las lecciones que sobre la vida allí se aprehenden.

Por eso un libro debe disfrutarse, esa es mi razón para volver a los textos, a aquellos que han marcado momentos importantes de mi realidad.

Quizá entonces mi resistencia a la desmemoria radique en las enseñanzas de una vieja bibliotecaria: «Cada libro tiene moralejas, como las fábulas de Esopo, lo que debemos es buscarlas al dorso de las hojas».

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