«Eurojuntos»…, pero no revueltos

Autor:

Luis Luque Álvarez

 Foto: AFP «Si nunca hubieran existido los Tratados de Roma, no existiría la Unión Europea como potencia comercial mundial». Y sin Europa, comenta en la revista Deutschland el profesor Josef Jannings, de la Universidad de Munich, no habría ni euro, ni libre circulación de personas, ni milagros económicos en España e Irlanda, ni una voz común ante los problemas mundiales.

Es buena hora para hablar de la UE, que ha escogido el lema Together since 1957 (juntos desde 1957) para festejar las cinco décadas de los Tratados de Roma, firmados el 25 de marzo de ese año y considerados como la «partida de nacimiento» del bloque.

Según su propia definición, la UE es «una familia de países europeos democráticos que se han comprometido a trabajar juntos en aras de la paz y la prosperidad», y según otra, un conjunto de 27 Estados con un objetivo: la integración económica y política.

Revisando un poco de historia, hallamos que mediante los mencionados Tratados, los seis países miembros de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero —Alemania, Francia, Italia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo— acordaron una unión aduanera, la supresión progresiva de los aranceles y una Política Agrícola Común que blindara a los agricultores contra la competencia exterior, y que es un verdadero escándalo por el efecto empobrecedor que tiene en las economías de los países subdesarrollados.

En el presente, la UE, con 480 millones de consumidores, es el mayor mercado común del planeta. Una maquinaria dirigida por varias instituciones: el Consejo Europeo (formado por los jefes de Estado y de gobierno), el Consejo de la UE (integrado por los ministros de los países miembros), la Comisión (un órgano supranacional que constituye su brazo ejecutivo), el Banco Central Europeo (que dicta la política monetaria) y el Parlamento Europeo, entre otros.

A simple vista, alguien no entendido pudiera pensar que tanta variedad de órganos es, automáticamente, la realización del ideal democrático. Sin embargo, a un lado las palabras y a otro los hechos. De todos los cargos en esas instancias, solo los del Parlamento se someten a un proceso electoral cada cinco años. En el resto de las alturas, los burócratas se escogen entre sí.

Y bueno, se dirá, el Parlamento hace oír la voz de la gente. Nones. En 2004, cuando el Legislativo pidió que se exigieran cuentas a EE.UU. por sus desmanes en Guantánamo, las delegaciones de la UE en la Comisión de Derechos Humanos amenazaron con una moción de No Acción ante un proyecto de Cuba para establecer un relator que visitara ese infierno.

En realidad, hubiera pecado de iluso quien creyera que los europeos aprobarían algo como eso. Si fuera en tiempos del general De Gaulle, quizá, pero el rampante seguidismo que exhibe hoy ese bloque respecto a los dictados de EE.UU., le impide formularse políticas que cuestionen la moralidad de los actos de su partner (socio) atlántico.

Así, el Parlamento Europeo, único órgano elegido por los ciudadanos, quedó en ridículo, y Washington a salvo. De modo que «no son todos ruiseñores, los que cantan entre las flores».

¿QUIÉN HABLA POR EUROPA?

Otro de los ideales de la UE es el de poder hablar «con una sola voz», algo que puede dificultarse cuando son 27 los comensales. Con la Política Exterior y de Seguridad Común se pretende lograr esta unidad, que a veces se trueca en verdadera decepción. Cuando EE.UU. quiso lanzarle sus Tomahawks a Bagdad para librarse de Saddam Hussein, algunos europeos «nuevos» se fueron con Mambrú, y otros, los menos, menearon la cabeza en desaprobación.

Más acá, mientras Alemania y Gran Bretaña aplaudían la aventura libanesa de Israel; Francia y España pedían cesar los ataques. ¿Y qué pasó con la «voz común»? A la clásica hora de los mameyes, ¿quién hablaba por la «Europa unida»?

Ese es uno de los «europroblemas». En lo económico tiene otros, como su fuerte dependencia del petróleo y el gas de Rusia; o el auge de China y su masiva atracción de empresas que huyen de los salarios europeos; o la mala cara que los ciudadanos de Francia y Holanda le pusieron a un proyecto de Constitución Europea que simplificaría los procesos burocráticos y crearía la figura de un presidente y un ministro de Exteriores, pero que consagraría prácticas neoliberales. Al menos los galos y los holandeses pudieron pronunciarse. En otros casos, los Parlamentos nacionales sentenciaron, ¡y basta!

Para la ciudadanía, el progresivo desmantelamiento de los modelos de bienestar social, la aplicación de dolorosas medidas de ajuste económico en los ex socialistas recién llegados, o la tacañería exhibida por los más pudientes durante el debate sobre el presupuesto comunitario para 2007-2013, cada cual viendo quién aportaba menos, no tiene nada que ver con la beethoveniana Oda a la Alegría, que Bruselas ha escogido como himno.

¿«Together»? Sí, pero cada cual con su cancioncilla.

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