Plan de Paz saudita: sin milagros en Tel Aviv

Autor:

Luis Luque Álvarez

Israelíes del Movimiento Paz ahora llamaron a apoyar la propuesta árabe. Foto: AFP

EN junio de 1967, cuando el ex general Moshé Dayán era ministro de Defensa de Israel, el ejército sionista desató una guerra que en apenas seis días despojó de territorios a Egipto y a Siria, y a Jordania le arrebató la Cisjordania palestina.

Han pasado 40 años, y algunas luces en Israel hacen ver que aquello, más que el deseable botín de toda victoria, fue en realidad un problema: «La ocupación se convirtió pronto en un lastre; los gobiernos israelíes debieron prever que lo que parecía una bendición, se convertiría en una maldición. (...) Se equivocaron al permitir los primeros asentamientos, y después perdieron el control», dijo nada menos que el titular de Defensa israelí, Amir Peretz, en una conferencia sobre aquel episodio bélico.

Cualquiera se asombra con esta confesión de quien precisamente ha dado permiso para ampliar las grandes colonias ilegales al este de Jerusalén. Pero la sorpresa crece cuando nos enteramos de que Yael Dayán, la hija del militar arriba mencionado —que en Israel tiene tintes legendarios—, está involucrada en una campaña pacifista para que su gobierno acepte la Iniciativa de Paz saudita, un plan que data de 2002 y que recién ahora despertó cierto interés en el ejecutivo del primer ministro Ehud Olmert.

Convergencia curiosa la de tantos sucesos. Y la salida puede estar a la mano. En la reciente cumbre de la Liga Árabe en Riad, Arabia Saudita, se volvió a validar el proyecto de paz, que, en síntesis, propone a Israel la devolución de todos los territorios ocupados en 1967 a cambio del reconocimiento diplomático y la normalización de relaciones con sus vecinos árabes.

Otros puntos de la propuesta indican que Tel Aviv debe permitir la creación de un Estado palestino en Gaza y Cisjordania (la frontera antes de aquel conflicto), el establecimiento de Jerusalén oriental como la capital de ese Estado, y el retorno de los refugiados palestinos, desplazados desde 1948.

Algo curioso de este asunto es que, en varias ocasiones durante este mes, la canciller israelí, Tzipi Livni, dijo que Israel no podría aceptar ese plan a menos que se enmendara el texto en lo referente al regreso de los refugiados. Muchos de ellos, cuyo número se cifra en unos cuatro millones, están dispersos en países del área, a donde arribaron los más de 700 000 palestinos que huyeron de las armas israelíes cuando se fundó el Estado sionista.

El punto es que buena parte de los expatriados tenían sus hogares y propiedades en lo que hoy constituye Israel. Muchos se marcharon con la llave de la casa, esperando volver cuanto antes, pero los gobiernos israelíes entregaron la tierra y los inmuebles a nuevos dueños, y poca o ninguna huella quedó de aquellos que empacaron sus objetos y sus lágrimas para escapar al Líbano o a Jordania.

Para Israel, en tanto, el retorno de los descendientes multiplicados haría imposible su existencia como Estado y su ansiado predominio demográfico entre el Mediterráneo y el río Jordán.

Sin embargo, en la Cumbre Árabe se habló en términos idénticos a los de 2002, al apuntarse la necesidad de hallar una «solución justa» al drama de los refugiados. En este caso, podría tratarse no necesariamente de volver al Israel actual, sino de algún tipo de compensación económica, según lo estipula la resolución 194 de la Asamblea General de la ONU, de 1948.

¿Respuestas de Tel Aviv? El gobierno dice que se las reserva para después de la reunión del gabinete, el próximo domingo. Lamentablemente, no espero un milagro.

Pensemos, incluso, que algo así ocurra. De todas maneras quedarían otras demandas árabes. Por ejemplo, ¿alguien cree que Israel devolverá la parte oriental de Jerusalén, a la que declaró «capital eterna e indivisible» en 1980, en contra de la voluntad de toda la comunidad internacional?

No, yo tampoco lo creo. Habrá que esperar nuevas cumbres árabes. O nuevos gobiernos israelíes. Por ahora, la autocrítica de Amir Peretz y la campaña de Yael Dayán no son la rutina en la política de Israel...

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