Letalidad a toda costa

Autor:

Juana Carrasco Martín

Otros amenazan con hacer sus propias matanzas al estilo Cho Seng Hui. Las escalofriantes imágenes de Cho, consideradas indignantes por los familiares de sus víctimas. Casi una sola noticia permea los medios estadounidenses ahora: la revelación de que Cho Seng Hui, el joven que ultimó a 32 personas en la Universidad Virginia Tech antes de suicidarse, había enviado un paquete con videos, fotos y un manifiesto a la cadena NBC, para los que se utiliza el calificativo de «perturbadores». En ellos, Cho anunciaba la matanza que cometería de inmediato y culpaba a la sociedad de haberle colocado en un callejón sin salida del que solo la muerte lo podía sacar.

Entre los pormenores que surgen a la luz pública destaca el hecho de que en el año 2005, el estudiante de lengua inglesa transformado en asesino estuvo recluido por problemas psiquiátricos, y resulta esto incongruente con el hecho de que pocas semanas antes de cometer la masacre, tranquilamente compró por 571 dólares la pistola semiautomática que utilizó. Plácida y abiertamente fue al mercado, porque hacía uso de lo dispuesto por la legislación estadounidense.

Así es, hasta lo establece la Constitución, y con ello validan la violencia. EE.UU. es un país dispuesto a disparar a diestra y siniestra. También se «autoacribilla». Lo estipula la segunda enmienda escrita hace más de 200 años, en 1787, destinada supuestamente a «mantener la seguridad de un estado libre» mediante «una milicia bien regulada, en caso de ser necesaria»: «el derecho de la gente a tener y portar armas, no debe ser infringido». El mismo Bush ratificó ese «derecho» cuando el país entero, y hasta el mundo, se estremecía por los hechos.

Por eso es tan fácil conseguir un arma en EE.UU.; también por eso han debido establecer leyes que intentan controlar su posesión y uso, además de que establecen normas sobre su fabricación, comercio e importación. Tan dañinas son, que la regulación se realiza mediante la Oficina para el Control de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos, más conocida por sus siglas en inglés, ATF, la que decide estas normas: poseer 18 años de edad para tener en su arsenal rifles y armas largas, típicos de caza; si se quieren armas ofensivas de mano como pistolas, revólveres y automáticas, se exige haber cumplido los 21, llenar los formularios, dar sus huellas dactilares, entregar una foto, pagar la licencia, ser ciudadano «legal», nacido allí o naturalizado y, por supuesto, pagar por el artefacto el precio pedido en el mercado.

LAS MODAS DE LA MUERTE

La tragedia de Columbine, ocurrida en 1999, llevó al entonces presidente William Clinton a prohibir las armas de asalto, pero esa ordenanza caducaba en 2004, y con la Casa Blanca, Cámara y Senado en las manos de los bushianos republicanos, no se renovó la legislación y calibre mayor y más letalidad volvieron a ser legales...

Así, cerca de 60 millones de estadounidenses poseen su arsenal privado: 200 millones de armas a su disposición.

¿Y cuáles prefieren? Hace rato que pasaron de moda los revólveres de seis tiros y los fusiles de repetición que caracterizaron a los cowboys que despoblaron el Medio Oeste y el Oeste de sioux, comanches y otras tribus, así como de mexicanos. Las preferidas de hoy son las pistolas semiautomáticas del tipo Glock 19, de 9 mm, que el joven Cho Seng Hui se ufanó en exhibir y usar contra profesores y condiscípulos de la Universidad Virginia Tech, u otras de mayor eficacia y potencialidad.

Según el Centro de Política sobre la Violencia, un grupo preocupado por esa condición de EE.UU. de país armado hasta los dientes, «la combinación de capacidad de fuego rápido y de cargadores de alta capacidad y rápido recambio hacen de las pistolas semiautomáticas eficientes máquinas de matar».

Otros datos se añaden a ese panorama y son también verdaderamente perturbadores: el 66 por ciento de los adolescentes presos en correccionales tuvieron su primera pistola a los 14 años, y la tendencia es que el 65 por ciento de los delincuentes juveniles posean tres o más armas, que adquieren de la familia, amigos, traficantes de drogas o contactos en la calle.

Pero esas son cifras de las legalmente adquiridas, pues solo entre el 60 y el 70 por ciento de las transacciones de compraventa se hacen al amparo de las licencias federales otorgadas a los comerciantes. Las otras llegan a través del «mercado secundario», además de que medio millón son robadas anualmente y entran en ese tráfico subterráneo.

Desde este punto tan preocupante, volvamos al caso de la Universidad de Virginia. Se afirma que las escalofriantes imágenes que Cho entregó a la NBC y le han dado la vuelta al mundo, «han causado tristeza y, sobre todo, indignación» entre los familiares de las víctimas. No es para menos, y ahí mismo saltan los émulos.

Este jueves, escuelas de Yuba City, California, fueron cerradas, después de que el alguacil del condado alertara que un hombre llamado Jeffery Thomas Carney había amenazado con una matanza inspirada por la masacre del lunes en la Universidad Tecnológica de Virginia y estaba armado con un rifle AK-47, explosivos improvisados y veneno.

También las autoridades de un colegio del estado de Michigan decidieron cerrar sus puertas tras haber encontrado una amenaza en un blog de la comunidad estudiantil...

Esa peligrosa combinación de leyes absurdas, arsenales privados, una población en la que abundan individuos psicóticos e irresponsabilidad de los medios de difusión, dan nuevas señales de incitación a la violencia y la posibilidad de otras tragedias.

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