Planeta amarillo

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Han descubierto un nuevo planeta, con agua, a 400 años luz. Los astrónomos del Observatorio de Ginebra aseguran que la temperatura media de este «exoplaneta» se ubica presumiblemente entre 0 y 40 grados Celsius, y esto puede significar que existe agua en la superficie, una de las condiciones para albergar la vida tal como la conocemos.

Escucho la noticia por la radio, mientras pasan por mi lado, a cien kilómetros por hora, los carros que van y vienen por la Autopista Nacional. He recorrido tantas veces esta carretera que ahora, cuando avanzo rumbo a Sancti Spíritus para ver a mi padre, tengo la sensación de llevar 20 años sobre este ómnibus y remontar un camino que, en realidad, no termina nunca. Podría incluso pensar que ni siquiera me muevo de sitio o que voy rodando sobre un anillo perfecto, con lados que se miran como en un espejo donde están las mismas vacas flacas, las mismas cercas y yerbajos, idénticos vendedores de queso y turrones de maní, el guajiro en andas sobre su caballo, el monótono bosquecito de arecas que separa ambos lados de la vía y las palmas por todas partes, asomándose a ratos, caprichosas, entre las ramas de la ceiba.

Nada ha cambiado y todo ha cambiado. Son los mismos lugares, pero no el mismo color. Mi memoria de hace dos décadas recuerda haber partido de un lugar donde los árboles eran verdes y la tierra no estaba cuarteada por la sequía, donde las piedras se cubrían de musgo y olía a lluvia, a hierba recién cortada y se reconocía en la atmósfera una especie de lozanía inocente.

Melancolías aparte —dice Gabriel García Márquez que «la nostalgia pinta de otro color los momentos amargos y los pone allí donde ya no duelen»—, no es difícil advertir que a lo largo de la Autopista Nacional el verde ha sido sustituido ostensiblemente por el amarillo oscuro y a veces por el negro, en tramos donde el fuego ha dejado a duras penas unos troncos calcinados y unas raíces secas, barridas por el viento. Cerca de la rotonda que lleva a Santa Clara, las llamas han hecho pasto en la hierba seca y un pequeño monte junto a la carretera parece la fumarola de un volcán.

Zoila Martínez, la bisabuela de mi hija, que ha vivido sus 96 años en Jagüey Grande y conserva una memoria envidiable, jamás ha visto una sequía tan devastadora. «En todo este año solo ha llovido una tarde, con unos goterones fuertes que encharcaron la calle, pero no más. Apenas hay mangos y algunas naranjas esmirriadas en las matas del patio», y se queja del polvo y de que tampoco habrá mucho aguacate, porque el árbol no ha echado flores. «Jamás he visto cosa igual», me dice con fastidio.

Y tiene razón. Nunca el ser humano ha visto un cambio tan dramático, ni atentó tanto contra sí mismo. Nunca envenenó tanto el aire y los ríos, ni depredó de tal modo sus reservas naturales, y quizá por eso nunca como ahora soñó tanto con la posibilidad de mudarse de planeta.

Entre el verde y el amarillo de la Isla, están los efectos del calentamiento del globo terráqueo, y por más que los científicos se entusiasmen con el agua que existe fuera del sistema solar, más vale que no perdamos la que está en la Tierra, que es aún la única manera de no perder todo lo demás que está fuera de ella. Nuestra más cercana posibilidad de vida está a un lado y al otro de la Autopista Nacional, a un lado y al otro del cinturón ecuatorial, donde solo estamos nosotros y el agua que nos quede y podamos conservar.

A duras penas el ser humano ha llegado a la luna, un satélite de yeso, insoportablemente inhóspito. Antes de ese pozo distante a 400 años luz —un lugar adonde no se podrá viajar antes del próximo siglo—, solo están Júpiter, Marte, Neptuno, Venus y los demás planetas, que es lo mismo que decir polvaredas, hornos incandescentes y hielo a montones. Lo triste es que aquí, donde la vida todavía es posible, no hacemos otra cosa que inventar maneras de igualar, en cuanto a aridez, desolación y abandono, a los planetas compañeros.

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