Acércate sin temor, torero

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

El señor entró a la librería y, después de pasear su mirada por los atestados estantes, la fijó en la portada de un libro color orquídea en cuyo centro revolotea una bala con alas de mariposa. Tomó en sus manos el volumen publicado recientemente por el Fondo Editorial Casa de las Américas y leyó: «Transcurren días de barbarie cuando el maripozuelo, la Loca del Frente, la loca-máter, protagonista de la novela, conoce a Carlos, que es bellísimo de cara y torso, que es agraciadísimo de muslos y entrepierna, que es tierno y además viril. Y es tan inteligente y bizarro que este solitario gay de un barrio del sur no puede resistirse...». No pudo seguir. Ni siquiera logró llegar al espacio de la contraportada destinado a la ficha literaria de Pedro Lemebel. Lo soltó como quien tiene un carbón encendido en sus manos, y partió.

Lástima, aunque, claro, es su elección. Se «perdió» la posibilidad de encontrarse con una de las novelas de este escritor, periodista, artista de performance y activista, invitado recientemente por Casa de las Américas, cuando protagonizó la Semana de Autor que anualmente celebra dicha institución. Tengo miedo torero, es la primera obra de este género que escribió Lemebel, después de haber obtenido reconocimiento internacional por las crónicas Loco afán y De perlas y cicatrices, y quien es un defensor a ultranza de su condición homosexual, además de un crítico acérrimo de las rígidas costumbres sociales de su tierra natal.

En la primavera del Chile de 1986 se desarrolla Tengo miedo torero, justo cuando el gobierno el General Augusto Pinochet organiza los festejos por aquel fatídico 11 de septiembre de 1973 en que llevó a cabo el golpe de Estado contra Salvador Allende, democráticamente elegido por su pueblo. Tenía Chile en ese entonces una vida azarosa: abundaban los disturbios en las calles, las protestas estudiantiles, la represión, los gases lacrimógenos, los asesinatos, que la radio Cooperativa no paraba de informar.

Es en ese contexto en que se desenvuelve la trama después que la Loca del Frente conoce al universitario Carlos, sin saber que él forma parte del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y este se aprovecha de su encanto para utilizar su «casa palomar» para guardar unas cajas que supuestamente contienen libros censurados y de paso tener un espacio donde poder «estudiar», cuando en verdad él y sus amigos preparan el fallido atentado contra la caravana presidencial, que tuvo lugar por esos días en el Cajón del Maipo.

En un principio, a la Loca del Frente no le interesa la política. Lo de ella, ya sin dientes ni cabellos, fan casi hasta el delirio de las canciones melosas, cansada de las juergas callejeras, es bordar manteles y ropas de cama para las señoras burguesonas amparadas por el régimen. En lo adelante tendrá lugar el despertar político de la Loca, mientras Carlos va descontando la distancia, y ve crecer la amistad.

Coexisten en esta divertida e irreverente novela otros personajes —sin que falte la voz del narrador— como Doña Catita, esposa del coronel Abarzúa; la Rana, el propio Pinochet y Lucy, una primera dama frívola, cotorrona y exasperante —los diálogos entre ellos dos están entre lo mejor. Sin embargo, no se empeña Pedro Lemebel en que el lector se crea a estos seres caricaturescos. Y es que su principal objetivo es poner en ridículo, sobre todo a la cúpula mayor, hacer que sus poderes mermen ante la opinión pública.

Su mayor prioridad está en La Loca del Frente a quien le confiere una muy bien estructurada personalidad. Ella es humana hasta los tuétanos, creíble, puede ser grotesca pero realista. Lo consigue, entre otras cosas, haciéndola que suelte frases súper adjetivadas, ocurrentes, pero que dan en la diana. La pone a hablar lo que el autor llama lengua marucha (palabras tomadas de la jerga popular). Su intención es provocar y dejar clara su diferencia; retar la moral burguesa y sus estereotipos. Y es que conoce al dedillo el mundo de la homosexualidad marginal y no desea travestirlo. Quiere que quien se enfrente a Tengo miedo torero sienta la violencia, así como los miedos, los sueños, odios y esperanzas de estos personajes.

Tengo miedo torero es una de esas novelas que funcionan, porque su autor muestra otro ángulo del contexto sociopolítico del Chile de 1986 que, por supuesto, se desentiende de la «versión oficial». Se burla, ironiza, critica al poder, al tiempo que seduce y divierte por el buen manejo del humor, gracias al arte de narrar que manifiesta. Lemebel es capaz aquí de reflejar con acierto la heterogeneidad de su país, pues en esta novela aparecen tanto las voces de una cultura subterránea, la del bajo mundo, como la más «elevada». Reconozco que el final es un poco previsible. Siento como si se me desinflara. No obstante, no debería ser Tengo miedo torero de esos libros para tirar a un lado ni para que recojan polvo en los anaqueles.

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