La matriz de la ternura - Opinión

La matriz de la ternura

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Vilma Espín Guilloys se fue por uno de esos delicados senderos de la plenitud que ella desbrozó para las cubanas, desde aquellos años montaraces. Y las mujeres le deben una lágrima infinita a esa bella santiaguera que sacudió los hogares, y abrió a los vientos huracanados de la redención las puertas y ventanas, los fogones y hasta los armarios perfumados de la intimidad.

Vilma vistió de falda la Revolución Cubana, y le confirió la matriz de la ternura que necesitan procesos tan telúricos, para no arreciar en maximalismos viriles. Desde los cruentos años de la montaña y el llano, aquella muchacha desafió con suma feminidad las pretericiones de género y familia que subyacían, y aún subyacen, en la gran liberación del ser humano.

Toda la obra social de la Revolución, puertas adentro de la fachada hogareña, de la comunidad, lleva la impronta de esta mujer, una dama que no confundió el socialismo con la ramplonería y el desaliño, y siempre trató al país como una familia que debe vencer sus propios atavismos y lucir la mejor muda en la conducta social. Una madre inmensa, democrática, que no durmió nunca tranquila y cómoda ante los peligros y travesuras de los trasnochadores hijos de la nación.

Vilma será siempre la lúcida «sinrazón» ante la lógica de clase. No se acomodó bajo el edredón de su acolchado origen, ni acaparó la cultura de su familia en vanidades personales. Guerrillera, combatiente, novia entre pólvoras y fogonazos, depositó toda la urdimbre de sus sueños libertarios en el canastillero de una insólita vida con los humildes y por los humildes.

Y en el largo y complejo proceso de formación de esa gran familia llamada Cuba, Vilma no escatimó esfuerzos por los derechos de la mujer, los niños y los jóvenes; por la protección de los desvalidos y el encaminamiento de los descarriados. Y entre montañas de prejuicios y suspicacias, defendió para la unidad de la nación, el respeto y la tolerancia hacia la individualidad y la diferencia.

Vilma nos deja, entre muchos tesoros, ese espíritu ecuménico que tanto necesita Cuba hoy para fortalecerse sin perder la ternura. Al pie de sus faldas verde olivo, mecidos por el balance de su vida, seguiremos creciendo como niños enfebrecidos, que buscan siempre el amor de la madre insomne.

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