Estatuas que no caen

Autor:

Juventud Rebelde

Hace quince años los medios y ciertas audiencias internacionales se refocilaban de júbilo con el derribo de estatuas como si con ello pudieran sepultarse los hechos y la historia.

Aquellos enterradores de ayer, más preocupados por la simbología que por los hechos, olvidaban que al demoler monumentos, desenterrar muertos y quitar lápidas, destruían su propio pasado y sus raíces —lo positivo y también lo negativo que jalona la historia humana y permite plantearse el futuro.

La epidemia se extendió desde las repúblicas bálticas ex soviéticas hasta Bagdad, cobrando toneladas de granito, bronce y mármol asociadas a veces con errores de individuos, sin percatarse de que las ideas —no los mortales y falibles hombres— no podían ser derrotadas tan fácilmente, y sin advertir que, incluso por encima de las ideologías y la política, hay algo superior, que es la ética humanista.

En Cuba, donde también algunos padecieron en cierto momento de aquella tonta enfermedad de tumbar estatuas, hace años superada, permaneció, a la vera de la Autopista del Mediodía, el cementerio memorial del soldado soviético internacionalista, silencioso y vivo, sembrado en un paisaje donde la naturaleza nos recuerda la función de semilla que todos portamos ante las futuras generaciones.

La llama que arde en el pebetero, y que no se extinguió ni siquiera cuando colapsaron las relaciones con la Unión Soviética y se paralizaron los envíos de combustible, simbolizaba algo más que una factura comercial: la sangre y el sudor vertidos en nombre de la libertad y el desarrollo. Otros podrán morder la mano donde comieron. Otros darán portazos en el rostro del amigo leal que alguna vez se equivocó. En Cuba, donde fuimos educados en ver la luz y no solo las manchas del sol, la gratitud no tiene precio, como tampoco el honor.

Ni siquiera en la situación más desesperada de aquellos años 90, a ningún cubano le pasó por la cabeza tocar aquel fuego sagrado. Nuestro mundo aún está poblado de sus chispas y negarlo habría sido renunciarnos. Tampoco habríamos aceptado que otros lo hubieran hecho, si los huesos que allí reposaran fueran los de nuestros propios compatriotas. No lo hicimos siquiera antes con los restos de los soldados coloniales españoles ni con los de los interventores yanquis que quedaron sembrados también en nuestra tierra. A los caídos, además, se les debe respeto.

Y no se trata solo de símbolos. La memoria siempre debe preservarse al margen de las veleidades y zigzagueos de la historia. Los cubanos, pueblo joven, que hace apenas medio siglo adquirimos nuestra propia soberanía y construimos desde entonces por primera vez nuestra verdadera independencia, debemos también este presente a quienes hace 62 años vencieron al fascismo en Europa. A sus hijos, que nos ayudaron a derrotar a los nuevos aspirantes a Reich americano, y a quienes hoy, curtidos por la gran lección del tiempo, ven en la pequeña Isla que se alza frente al nuevo imperio fascista, la alegoría de la fortaleza heroica de Brest.

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