Los émulos del Daddy - Opinión

Los émulos del Daddy

Autor:

Julio Martínez Molina

Hace pocos días la página web de la BBC publicó una extensa entrevista con el reguetonero número uno del planeta, Daddy Yankee, en la cual el hombre recitó de carretilla su monserga ultramachista, demagógica y manipuladora sobre la calle, el dinero, las mujeres, la «autenticidad»...

En su antología de sandeces, el de la Gasolina opinó, por ejemplo, que quienes no aceptan el género es porque se quedaron estancados en el pasado; que sus canciones son una guía para la juventud; que los no devotos del reguetón son aliens desnortados, que si patatín y patatán...

En el diálogo interactivo, una joven le preguntó desde Ciego de Ávila, en Cuba: «¿Es saludable para los jóvenes legitimar estereotipos visuales de un hombre rico, en un auto de lujo, asediado por mujeres bellas de movimientos casi pornográficos?».

Lean la respuesta del «papito yanqui»: «Nosotros no les estamos poniendo una pistola a las mujeres para que salgan en los videos.

«Las mujeres son las consumidoras más grandes del género (...), porque cuando sale la música del reguetón es sensual para las mujeres. Las mujeres son sensuales, son sexy ¿me entiendes?

«Y cuando yo enseño mis carros, enseño mis cadenas, es como señal de progreso. Yo estuve “ventipico” de años siendo una persona pobre toda la vida (sic), así que estoy contento y orgulloso del progreso que he podido conseguir».

Sin comentarios. El mes pasado, Don Omar, otro ídolo del género, expresó sin cortapisas a los medios que su patrón de referencia eran los mafiosos.

Me ahorro toda la moralina barata en cuanto a la cacareada función de «espejo del barrio» de sus canciones, también esgrimida por sus colegas de fama internacional.

Por desgracia, tienen algunos homólogos nacionales, pese a la diferencia de contextos entre Harlem y La Habana, o una zona de guerra de Los Ángeles (así llaman allí a los espacios de lucha de las pandillas juveniles) y Camagüey.

El hecho imperdible de vista es que las variantes más soeces del género, se entronizaron en el panorama insular; y las barreras no alcanzan a contener el alud.

En Cienfuegos, la ciudad donde vivo, los dos estribillos más tarareados por niños desde preescolar hasta noveno, jóvenes y otras personas son:

«No; ella no es loca. Lo que pasa es que le metieron el Di Tú por la boca». Y el otro: «Se me parte la tuba en dos, ay en dos..., se me parte la tuba en tres...».

Respeto el derecho de los autores de estos textos, y de muchos otros que a diario se escuchan, de componer la música que entiendan; pero sí creo debemos discrepar en torno a algunos de sus espacios de difusión.

Por fortuna, existen cultores del género con otro tipo de propuestas, y las más «fuertes» de estas canciones no las transmite ni la radio ni la televisión, lo cual deviene un elemento de indudable peso a favor, mas no basta.

Obviamente, nada puede hacerse contra las discotecas ambulantes que tenemos en todos los malecones, Rápidos y cuadras de Cuba. Mucho menos en las reales.

Pero escuchar el «Di tú por la boca a la loca» en instituciones culturales, raya no solo lo imperdonable, sino lo incomprensible.

A esas casas de Cultura, a esos centros, acuden niños y adolescentes. Si reciben esto en los sitios que deben operar como sus referentes, ¿cómo impedir que lo legitimen?

Pero no solo lo escucha el público que va allí, sino el vecindario, donde moran personas formadas en otros valores. Ellos no tienen por qué compartir a la fuerza semejante propuesta.

Me parece que ya es hora, como de alguna forma se pedía en este periódico semanas atrás, de que se seleccione con mayor cuidado lo que va a difundirse en cada espacio. Si no, estaríamos haciéndole el juego, a altavoz limpio, a los «monstricos» de la reproductora.

Nadie le niega el derecho de existir a los émulos del Daddy, simplemente abogamos por que se expresen en los lugares y ante los receptores que lo deseen; y no por decisión inconsulta ni contra el consentimiento de nadie.

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