El saco de Anacleto

Autor:

Julio Martínez Molina

El sábado saqué a pasear a mis hijos por algunos sitios de mi ciudad de Cienfuegos. En medio del camino, llegamos a un centro grastronómico donde un grupo —dicen que infantil— hacía chistes supuestamente dirigidos a los niños.

No obstante, su objetivo fundamental parecían ser los adultos, pues, como colofón de una prueba física que solicitó a varios padres del público, uno de los artistas «premiaba» al que la hiciera mal con la frase: «Este papá es un malahoja».

Cuando mi niña de cuatro años me preguntó por el término, no aprendido en las vías no formales, tuve que responderle que se trataba de una oruguita que se había comido una hoja. No creo que le haya quedado claro; pero, en fin, su inquietud rápidamente pasó a segundo plano.

Frente a la unidad, había otra, esta con oferta en CUC, y un auditorio repleto de todos los niños que puede convocar un fin de semana, junto a sus padres. Allí, por altavoces, todo el santo día estuvieron pregonando que el que comprara dos pesos (así les llaman, sin apellidarlos, aunque sean los que valen 25) de productos Toki y Mares podía llevarse a casa una pegatina y un rompecabezas.

A prima tarde, en el mismo local se realizó una suerte de acción infantil —no sabría definir bien en qué consistía, pues la observábamos y oíamos a distancia—, donde los pequeños debían abalanzarse sobre una piñata, presuntamente de productos Toki. La maestra de ceremonias frenó a algún padre en un español de orilla, cortante: «No mayorees a los chamas».

Muchos jugaban y consumían allí, con sus progenitores, al pregón del citado producto y la insistencia para su adquisición. Puro mercado, aunque en bruto y sin sutileza.

Al final lo que cuenta es que estos muchachos, a quienes en la escuela les enseñan conceptos como la igualdad, la nobleza, la sencillez, y otros igualmente bellos, fueron partícipes de una experiencia desafortunada desde el punto de vista formativo, en la cual se le concedió mayor importancia a «lanzar» los productos de una marca que a incentivar cualquiera de aquellos valores.

Como por suerte aún en esta vida existe algo nombrado equilibrio, el mal sabor de estas horas fue atenuado por la llegada a un teatro como el Guiñol, en el que cuatro jóvenes actores representaban Historias de saltimbanquis.

Anacleto, uno de sus personajes centrales, es un campesino que descubre un cofre repleto de tesoros. Pero no decide guardárselo, sino llevarlo ante el rey; mas en el trayecto a palacio se encuentra con una anciana menesterosa, un pobre hombre a quien se le murió su caballo y otros personajes que requieren pronta ayuda.

Él extrae entonces bolsas de oro de su saco y las reparte a todos, para que no mueran de hambre. Se condolió del pesar del prójimo, e hizo favores al por mayor.

Anacleto fue solidario, le concedió a lo material solamente la importancia que tiene, desdeñó la riqueza, acudió diligente a la solicitud de ayuda, unió a los pobres del pueblo.

Solidaridad, humildad, generosidad, unidad..., fijémonos en cuántos valores preconiza Anacleto con sus acciones, y esta hermosa obra con su argumento.

No más llegar a casa, en la misma jornada me llamó la escritora infantil Lourdes Díaz Canto, proverbial defensora de las nobles causas. Ella está enferma, y debe permanecer sentada o acostada buena parte del día en su casa de un barrio cienfueguero con problemáticas sociales y antiguamente marginal llamado Punta Cotica. Debido a su estado, no se dio cuenta de que una llave abierta le había inundado la casa.

Solo atinó a dar un grito, y enseguida seis o siete niños que jugaban fútbol frente a su casa, corrieron hacia allí y le dijeron: «No te preocupes, mi viejita, que te vamos a ayudar». Hicieron un cordón humano y, cubo a cubo, extrajeron el agua de las habitaciones inundadas, y luego las secaron.

Lourdes, agradecida, los quiso premiar al menos con un helado. Los niños de Punta Cotica no lo aceptaron, pues sintieron que cumplían con su deber. Sin saberlo, estaban haciendo aflorar la camaradería, el respeto, la solidaridad..., o sea, los valores que defendemos.

Ciertamente es bastante lamentable que en muchos sitios no se entienda o no se justiprecie el sentido de la sensibilidad, del tacto, y que las personas encargadas de ello no sepan o les importe un rábano que, gracias a los miles de Anacletos que honran nuestra nación, o a los tantos niños cubanos que actúan como los vecinitos de Lourdes, la oruguita no nos ha acabado de roer las hojas del alma ni, por fortuna, nos embotamos todavía el cerebro en una dulce, evanescente e irreal laguna de Toki.

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