La cantaleta de don Mariano, y el peligro real - Opinión

La cantaleta de don Mariano, y el peligro real

Autor:

Luis Luque Álvarez

Tenían entre 18 y 21 años, y en poco menos de una quincena retornarían a casa. De los seis —todos ciudadanos españoles—, tres eran de origen colombiano.

Justo cuando pasaban junto a un auto a la vera del camino, allá en el sur del Líbano, una bomba accionada por control remoto, escondida en el vehículo, les arrancó los sueños. Para los familiares, un duelo instalado de por vida en el corazón; para el gobierno español, una lamentación; para el derechista Partido Popular, ¡una oportunidad...!

El atentado contra los cascos azules españoles del contingente de Naciones Unidas en el sur del Líbano (FINUL) —donde presumiblemente están para evitar nuevos choques entre el grupo chiita libanés Hizbolá y el ejército israelí— dio pasto para noticias durante la semana. Los despachos hablaron de la pobreza que los lanzó desde atrasadas áreas cafetaleras colombianas hacia Europa, y también del debate legislativo que suscitó su muerte, y aun de detalles técnicos que quizá les hubieran evitado morir.

Entre estos últimos, están los llamados inhibidores de frecuencia, unos dispositivos electrónicos que impiden que una bomba cercana pueda ser activada por control remoto. El jeep en que ellos patrullaban no lo tenía. Y fue ese el clavo ardiente al que se agarró Mariano Rajoy, jefe del PP, para descalificar al gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero.

«Una vergüenza», se apuró a sentenciar, en su impenitente manía de llevarle la contraria a todo lo que se decida en La Moncloa. De seguro, si el actual jefe del gobierno español hubiera optado por no involucrar tropas españolas en la FINUL, la cantaleta de Rajoy hubiera sido porque no lo hizo. Y así por el estilo...

En realidad, pocas veces suele verse una oposición tan majadera como la que está ejerciendo el PP. Y tan olvidadiza. Zapatero ha debido recordarle que, en los ocho años en que la derecha estuvo en el poder, no se preocupó por dotar de esos mecanismos a los vehículos militares. Ello comenzó en el verano de 2005, cuando el actual gobierno quiso instalarlos en los transportes que participaban en la ocupación de Afganistán —sí, porque no están en Iraq, pero después de todo...

Y añado yo que a Rajoy se le resbala también de las mientes que en plena era Aznar, el 26 de mayo de 2003, un Yak-24 ucraniano, alquilado por el Ministerio de Defensa, se estrelló en Turquía con 62 militares españoles que regresaban de Afganistán.

Recuerdo que, en aquel momento, Madrid ordenó que dos aviones Hércules partieran a recoger los restos de sus soldados, y uno de los familiares, indignado, inquirió: «¿Y no podían mejor haber empleado estos aviones para traerlos vivos a casa?»

Pues no. El gobierno del PP dejó el traslado de sus uniformados en manos de compañías intermediarias que lucraron con el contrato, y desoyó quejas sobre la escasa seguridad de esas aeronaves específicas. ¡Y ahora viene don Mariano con aquello de «vergüenza»!

Por otra parte, y para terminar, ojo: los ataques contra las tropas de la FINUL pudieran reeditarse. No todos han quedado conformes con los resultados de la guerra del verano pasado —Israel en primera instancia, pues no venció ni alcanzó sus metas, y en sus ambientes políticos se exige revancha—, por lo que las fuerzas internacionales les son más un estorbo que un muro de contención del contrario.

Y dudo que, aun con las explicaciones correctas a la mano, la sociedad española esté dispuesta a acostumbrarse a la llegada de más ataúdes desde el Levante.

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