Más rápido que las epidemias

Autor:

Julio Martínez Molina

Escuché: «¡Decir que la dirección está muy satisfecha con su trabajo, pues cumplieron el plan de envase del mes de paquetes de papas fritas!».

Aunque lo correcto hubiera sido afirmar: «¡Los compañeros de la dirección de la empresa queremos decirles que...», el auditorio entendió sin problemas, por costumbre, lo que el orador balbuceara en el podio.

Sucede que en la variante cubana del español «laboral» el empleo erróneo del infinitivo en expresiones similares, donde se elimina al sujeto, constituye una corrupción lingüística entronizada, la cual en los últimos años cobró absoluta dimensión nacional.

Vino a unirse a la utilización hasta el cansancio de verbos como «potenciar» y otros, en un universo repleto de frases hechas, tantas veces repetidas que perdieron toda traza del zumo que alguna vez tuvieron. Pero en el lenguaje «reunionil» continúan las innovaciones idiomáticas al paso de los años.

Los dos desaguisados más recurrentes en fechas recientes se producen como parte de una evidente confusión con el significado de un par de giros propios más que del español coloquial, del literario.

Se trata de «dar al traste» y «amén de». Durante varias semanas cubrí un proceso asambleario, y perdí la cuenta de las veces en que repetían el yerro sistemático de trastocar la esencia de su acepción.

En frases como: «El trabajo hombre a hombre dio al traste con el buen desempeño de Francisco», aquí, sin saberlo, están afirmando exactamente lo contrario a lo pretendido, pues dar al traste con una cosa significa «destruirla, malbaratarla» (habla el diccionario). De manera que el trabajo hombre a hombre destruyó a Francisco, según lo verbalizado por los defensores del válido método de acercamiento humano.

La otra corrupción lingüística —ya instaurada como muletilla colectiva—, que no da tregua en las reuniones, es el vaciado de sentido «amén de».

De su acepción certera, original, de «además de», pasó a erigirse, por obra y gracia del mal uso, en «al margen de», según su uso vulgar.

Lo curioso de todo esto estriba en la manera gustosa con que el orador tiende a complicarse. Una técnica de la expresión oral consiste en hablar de un modo directo, sencillo y breve, para evitar cualquier tipo de errores.

¿Qué necesidad tienen entonces de adentrarse en terrenos donde abundan giros cuyos significados en verdad desconocen. ¿Para qué repetir la «frase bonita» que dijo el otro, descontextualizada, si a la larga incurrirán en un gazapo?

El problema fundamental de estas confusiones generalizadas es su amplificación vertiginosa en el espectro social, al punto de que se les ha escuchado incluso a intelectuales.

Si en tales personas el fenómeno puede operar en algún momento de forma negativa, ¿de qué manera impedir su extensión al resto?

Cuando pienso en estos asuntos no olvido lo sucedido con el término «obstinado», que a la altura de determinado momento histórico cambió radicalmente, aquí, su sentido castellano de terco, porfiado y tenaz, por el de «chiva’o, desesperado, harto».

Los gazapos tienen, después de todo, mayor nivel de propagación que cualquier epidemia.

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